14.4.26

DP [17]

Hacia las tres de la tarde del mismo día, un miércoles muy caluroso.— Don Francisco me convoca en su despacho. Me pregunta al principio por las vacaciones y mi esposa; si las hemos aprovechado; si ella se encuentra bien. Le respondo a todo de forma lacónica, con monosílabos. Intento disimular la tensión, pero no lo consigo. El recuerdo nefasto de la última conversación mantenida con él pesa por el momento demasiado sobre la mesa. Me mantengo a la expectativa, ansioso por conocer su postura frente a la reapertura del proyecto de la dieta amucosa.

Finalmente, me anuncia que Virginia, en calidad de representante de otras cuatro huéspedes, se ha reunido con él en este mismo despacho para comunicarle su intención de volver a contar con el proyecto gastronómico-sanador del doctor Piqueras. Se había apresurado en decir que estaba dispuesta a firmar, ella y sus compañeras, el documento que exoneraba de responsabilidad a la institución, así como la del doctor encargado del experimento. El director se ha interesado por el cambio repentino de opinión, entonces Virginia ha dicho que no se perdía nada con probar una nueva fórmula para sanar y que en caso de experimentar graves dificultades siempre estaban a tiempo de retroceder o de rectificar una dieta no conforme a sus expectativas.

Mudo de espanto, aguardo la respuesta del señor Francisco Pérez García. Les ha comunicado, me dice, que por él pueden seguir adelante, si así lo creen conveniente, en ese loco proyecto; aunque, personalmente, él no lo apoye ni cree que posea milagroso poder sanador alguno. Al contrario, teme un deterioro de la salud de las implicadas. Pero esto último, reconoce, es algo que aún está por ver.

Aliviado, consigo respirar al fin hondamente. Mis pulmones se sienten más ligeros que treinta segundos atrás. Sonrío, esperanzado. El director me despide advirtiéndome que no se me ocurra cantar victoria; a la mínima contrariedad, no vacilará en detenerlo todo, dieta, régimen o como se me antoje llamarlo. Salgo de allí con una sonrisa apenas perceptible de triunfo en los labios. Procuro que al cerrarse la puerta, ésta no emita ruido alguno. Mis pasos en el pasillo rebotan en mi cabeza como pelotas de tenis que chocaran contra un muro de cemento verde.

No hay comentarios:

Publicar un comentario