31.3.26

DP [12]

A continuación, les comunico que ninguno permanecerá solo en esta empresa: ellos mismos formarán lo que se denomina «grupo de apoyo»; se reunirán como mínimo una vez por semana para conversar acerca de esta dieta crudivegana, inconvenientes, ventajas, errores que más vale evitar y astucias para facilitar la tarea, las cuales sólo procura la experiencia. Por último, insisto en el hecho de que todo este esfuerzo no sirve prácticamente para nada si no viene acompañado de la práctica regular de deporte. Deben caminar, ¿por qué no en el parque que está a su disposición?, una hora diaria, realizar flexiones y abdominales, ejercicios de respiración, estiramientos… La meditación y el yoga también son bienvenidos, añado sonriente. Todos asienten con movimiento enérgico de cabeza. Los rayos solares penetran por entre las cortinas a lo largo de los ventanales, en la pared sur.

No queda gran cosa que añadir, doy la sesión por concluida. Nos levantamos de nuestros respectivos asientos y nos disponemos a abandonar la sala sin llamar la atención de los otros huéspedes de la clínica.

24.3.26

DP [11]

La mayoría de vosotros, reunidos aquí conmigo, os preguntaréis si esta dieta está hecha para vosotros, si seréis capaces de resistir tantas tribulaciones como se anuncian. Muchas personas están dispuestas a cambiar no pocas facetas de sus vidas: cambiarían de moda, de novia, de trabajo, de coche…, de ciudad incluso, si acaso se dan las circunstancias que tales cambios exigen. Pero hay dos aspectos, quizá tres, a los que uno no está dispuesto a renunciar: se mantendrá siempre fiel a su religión, a sus tendencias políticas y a sus hábitos alimentarios. Puede haber una evolución, pero básicamente comerá igual desde la cuna hasta la sepultura. La diferencia más importante estribará en las cantidades. Parece ser, asimismo, que el joven rechaza con bastante ímpetu las frutas y hortalizas, mientras que conforme va creciendo y pasa a la edad adulta tolera mejor estos productos; incluye en su dieta ensaladas, aunque por lo general esto sucede de forma anecdótica. La base, tal y como nos han enseñado erróneamente en las escuelas, la constituyen los cereales, los tubérculos como la patata, ricos en almidón, los derivados de la leche y las carnes y pescados. Las frutas y hortalizas, que deberían constituir la base de todos nuestros regímenes, quedan relegadas a un segundo o tercer plano, prácticamente irrelevante. Pues bien, en aras de recobrar una salud óptima, es hora de corregir semejantes desaciertos. Todos estamos capacitados para lograrlo. En primer lugar, se requiere una información de qué estamos haciendo, por qué lo hacemos y hacia dónde nos dirigimos. En segundo lugar, contamos con apoyos o muletillas, entre las cuales quizá la más importante sea la llamada «dieta de transición», durante el transcurso de la cual acostumbramos al cuerpo a este nuevo régimen y damos tiempo para que la microbiota alojada en los intestinos se restablezca. También reducimos el número de las «bacterias de putrefacción» y un hongo, muy peligroso, llamado Cándida. La candidiasis no es más que una infección provocada por este parásito, que se alimenta con los excesos de azúcares complejos.

Por supuesto, aparecerán efectos secundarios bastante desagradables, sobre todo durante los primeros meses, puesto que se trata de suprimir una adicción y de reducir la hinchazón generalizada. El cuerpo, en cuanto recibe un extra de energía, aprovecha para realizar labores de limpieza. Acontecen entonces las diarreas, los dolores intensos de cabeza, las fiebres, los temblores en manos y piernas, los vómitos y los resfriados interminables. No hay que alarmarse por todos esos síntomas, los cuales nos indican que nuestro metabolismo, efectivamente, ha iniciado un proceso de desintoxicación. En todo caso, no hay que interrumpir nunca esa dieta tan especial, ni acudir tampoco al subterfugio de los medicamentos. Dejemos al cuerpo expresarse libremente. Él sabe mejor que cualquier médico de cabecera cuáles son los pasos que debemos seguir, dónde radica lo accesorio y dónde lo de vital importancia.

22.3.26

DP [10]

Empiezo esta charla hablándoles de mi maestro, el profesor Arnold Ehret. Su curso sobre el sistema de la dieta amucosa, en la segunda década de este siglo, se convirtió en un libro de 25 lecciones para sus alumnos. Posteriormente fue publicado y obtuvo un éxito notable. Numerosos son los seguidores que han ido surgiendo al concluir la Segunda Guerra Mundial. De ninguno de ellos se habla, curiosamente, en los medios de comunicación.

Él mismo estaba aquejado de una dolencia en el corazón y de una infección crónica en los riñones, diagnosticada por los médicos como incurable. Pero se autoaplicó la dieta amucosa y logró sanar, por lo que pudo viajar por muchos países, incluso en bicicleta. Creó sanatorios en California y contó con numerosos pacientes, los cuales nos han dejado asombrosos testimonios de curación.

La idea base es simple: todos los productos que crean mucus en el organismo son perjudiciales; a la larga terminan obturando el sistema linfático, las vías respiratorias y de evacuación. Crean con los años una capa compuesta de moco, pegamento (procedente del gluten y de los productos con almidón) y proteínas mal digeridas (las de la carne y los productos lácteos). Las paredes internas del intestino se taponan con esta sustancia, que impide la asimilación de alimentos, a la vez que aparecen agujeros por donde proteínas a medio digerir y otros compuestos, como las grasas y los hidratos de carbono, van a parar al flujo sanguíneo, suscitando la alarma del sistema inmunológico, que ha de combatir lo que para él representa un exceso de toxicidad. Si esta situación se prolonga en el tiempo, sin haber hecho caso de las señales de alarma: resfriados, dolores de cabeza, malestar, insomnio, fatiga, cambios inopinados de humor…, se produce una congestión de moco en muchas partes del cuerpo, con la generación de cualquier enfermedad, según la predisposición genética y las circunstancias ambientales.

Para sanar, simplemente hay que suprimir los alimentos mucoproductores, practicar un ayuno diario de 16 horas, realizar una actividad física y abolir en la medida de lo posible las situaciones de estrés. Los problemas, tomados a pecho, desencadenan serios desgastes en la salud, por lo que conviene tomarse las cosas con calma, una sonrisa a tiempo obra como una pócima mágica que disuelve las situaciones embarazosas, o esos disgustos que tanto encogen y se ceban con el alma. Sobre estos aspectos, vale la pena consultar los trabajos de la naturópata higienista Irene Bueno. Vive en España y trabaja activamente por la remediación de la salud de multitud de dolientes que acuden a ella en busca de ayuda y consuelo.

21.3.26

DP [09]

26 de mayo—. En esta semana lo he preparado todo para poner en práctica el ensayo que trata de demostrar la estrecha relación existente entre la salud y la alimentación, de modo que aquélla depende de ésta.

El martes por la mañana he convocado en mi despacho al señor Juanjo Olivares, proveedor de productos de la huerta: frutas y hortalizas. Le he explicado a grandes rasgos el proyecto y le he manifestado mi deseo de que los vegetales que llegan a la clínica sean de máxima calidad, a fin de garantizar el éxito de nuestro experimento. El buen hombre, que es además amigo de confianza, me ha dado su palabra de que se esmerará en la selección, con supervisión personal por su parte, de todos los productos enviados al sanatorio de Santa Ágata. Juanjo Olivares ha abandonado la sala satisfecho de mi demanda, como si considerase requisito imprescindible para la buena gestión de un centro hospitalario el cerciorarse de la calidad de los productos alimenticios. Lo despedí con un toque amistoso en el hombro.

27 de mayo, a las doce—. Convoco en mi despacho a las seis personas seleccionadas, convalecientes todas ellas en la clínica Santa Ágata. Por este orden, de izquierda a derecha, se han sentado a la mesa: Celedonio Corrales, de cincuenta y seis años, soltero, comercial; Enrique Severo, de cuarenta y dos años, casado y con dos hijos de corta edad, camarero de bar con terraza y restaurante, en pleno Paseo Marítimo; Amelia García, de treinta y siete años, casada y con tres hijos, secretaria en un almacén de calzados de estilo mallorquín; Paulina Soto, de cincuenta y nueve años, divorciada con dos hijos mayores, ama de casa; Virginia Sevillano, de quien ya me he ocupado en las páginas precedentes, viuda de cuarenta y ocho años, dada de baja por depresión en su empleo de dependienta en una tienda de modas del paseo del Borne; Francisco Soler, robusto hombre de cincuenta y cuatro años, separado de su esposa y con un único hijo, ya mayor, alistado en el ejército; ha sido repartidor con furgoneta.

Estas personas tienen en común varios aspectos. En primer lugar, siguen un tratamiento de desintoxicación en nuestra clínica de Santa Ágata. En segundo lugar, han decidido colaborar en este ensayo nutricional por propia iniciativa, ellos mismos se habían apuntado en la lista de voluntarios. Yo sólo tuve que seleccionar a seis de entre la lista de candidatos, quienes constituían al principio un número de quince sujetos. Les hice firmar, a continuación, un documento por el que exoneraban de toda responsabilidad al centro donde estaban siendo alojados, así como a mí mismo, en calidad de médico director general, en el caso de que surgieran complicaciones de cualquier índole durante el transcurso del ensayo, cuya duración estimaba que sería de unos seis meses. Los participantes tenían el derecho de abandonar las pruebas en cualquier momento, sin previo aviso y sin necesidad de justificarse. Serían reemplazados entonces por el siguiente en la lista elaborada por mí. Todos asintieron, pues los más padecían de problemas de sobrepeso, migrañas, molestias en el vientre y en la espalda, así como niveles sospechosos de azúcar en sangre, que permitían presagiar la fase de prediabetes, antecedente nefasto del desarrollo de esta terrible enfermedad declarada por los especialistas autoinmune. Esto sucede cuando el sistema inmunológico no parece cumplir adecuadamente con esa función importantísima, mediante la cual el cuerpo queda protegido de los ataques externos y de la acción perniciosa de los agentes químicos, volátiles.

18.3.26

DP [08]

Considero que no hay más tiempo que perder. Preparamos un menú semanal, basado principalmente en frutas y ensaladas. En dos ocasiones tomará verduras al vapor y un puñado diario de almendras , por las mañanas. Por las tardes, medio litro de zumo de naranja natural. A las cinco de la tarde será su última comida hasta el día siguiente, a las nueve de la mañana: siempre inaugurará las jornadas con manzanas u otra fruta similar; podrá comer cuantas le apetezca; de hecho, le aconsejo que sacie su apetito, pues la ingesta de frutas carece de contraindicaciones, a no ser que el paciente haya desarrollado cierta intolerancia hacia ellas, fenómeno que sólo ocurre cuando el grado de inflamación por acumulación de toxinas y desechos ya es crónico, y se requiere entonces mucha paciencia y zumos verdes (a base de clorofila) para restablecer un equilibrio corporal.

Insisto sobre este punto: tiene que masticar despacio y saborear al máximo los alimentos. El bolo alimenticio no descenderá por la garganta hasta que no haya extraído el máximo de jugo dentro de la propia boca, donde procederá a una trituración meticulosa. Sólo así conseguirá elevar el porcentaje de asimilación digestiva. En efecto, este porcentaje varía en función de la rapidez con que se traga, la mezcla de alimentos y las condiciones molares y salivares de la persona. Cuanto más rápido coma, cuanto más mezcle las sustancias en un mismo bocado, y cuanto más se aleje de la relajación, menos aprovechará los beneficios de los ingredientes. Para hacerse una idea, si uno se come un plato de lentejas sin carne en menos de diez minutos aprovechará el 25% de los nutrientes (minerales, proteínas, hidratos de carbono), mientras que si ese mismo plato lo ingiere en el doble de tiempo podrá asimilar un 50% de esos mismos nutrientes. El tiempo de permanencia en la boca constituye un factor decisivo en el aprovechamiento real de los alimentos. Otro ejemplo interesante: comer una zanahoria cruda, a bocados, en menos de cinco minutos supone un beneficio aproximado del 30% de los macro y micronutrientes, mientras que conseguiremos doblar esa cifra si también multiplicamos el tiempo de masticación. Vale la pena, pues, comer con calma, integrados en el entorno. Sin distracciones, sin prisas. Insisto sobre este aspecto. Virginia señala que me ha entendido perfectamente. Otro punto crucial: las pastillas. Suele tomar una quincena diaria. No se puede sanar con semejante dosis de medicación, así que le propongo que cada semana suprima una de esas pastillas, la que ella elija, hasta reducirlas a cero. Si hubiera contraindicaciones, eso es algo que abordaríamos en el momento adecuado. Para concluir, le anuncio que los aspectos psicológicos (los traumas que atesora) irán menguando conforme su cuerpo restablezca el equilibrio a base del plan generalizado de desintoxicación que hemos puesto en marcha. Declaro que ella forma parte de un ensayo en el que se incluyen a otros cinco individuos, quienes comerán en mesa aparte, puesto que su régimen alimentario presenta grandes diferencias en comparación con el del resto de inquilinos.

14.3.26

DP [07]

Virginia me refiere a continuación episodios de su infancia y adolescencia. Es cierto que ha habido en su vida alguien, o incluso más de una persona, que se ha empecinado en romper su equilibrio emocional, a fuerza de hacerle creer que «no valía para nada». La dejo hablar sin apenas interrupciones. Más tarde, no tiene tampoco suerte en su matrimonio y el marido releva al pariente que la había estado destrozando anímicamente. Hasta que un funesto día se queda viuda, le acometen sentimientos de culpabilidad, extraños remordimientos en absoluto justificados, y es arrastrada por los malos consejos de un médico de familia, quien, para combatir los frecuentes cuadros de depresión, no vacila en recetar pastillas, jarabes y drogas de elevada potencia. Virginia, víctima de tanto trajín químico, roza con las puntas de los dedos el abismo, siente en la cara el soplo sulfuroso y caldeado de los infiernos.

12.3.26

DP [06]

La señora Virginia me mira con ese arrobo de niño a quien cogen con las manos en la masa.

—Yo…

Enseguida reacciono:

—Se me ocurre algo para ayudarla en el esclarecimiento de sus dudas. Verá, no se eche demasiado las culpas por haber caído en esa diabólica tentación. Otros caen en el alcohol, en el tabaco, en las tabletas de chocolate, en los juegos de azar… Son trampas que tiende el sistema a los incautos. La mayoría, si no en esto, en aquello, se deja atrapar. El más inocente pasa cuatro horas diarias delante del televisor, lo que, bien mirado, representa una de las peores trampas: te hipnotiza, te idiotiza, te usurpa la capacidad de autogestión. Por consiguiente, nada de autoculparse; el sistema, en gran medida, tal y como está montado, es el verdadero culpable.

—Si hubiera escuchado a quienes procuraban mi bien, tal vez no estaría aquí ahora, sino en mi casa: contenta y satisfecha de poder disponer de mi tiempo.

—Insisto en que no deben recaer todas las culpas en uno mismo. Le contaré cómo, en líneas generales, funciona esto: Cuando éramos pequeños alguien, un familiar, el maestro de la escuela, un compañero de juegos se encargó de minar nuestra confianza y autoestima. Nos repetía sin cesar que éramos unos «borricos», que «no servíamos para nada», que «todo cuanto tocábamos lo estropeábamos». Estas frases pueden quebrar la frágil confianza acumulada en la mente de un niño. Crean las bases del complejo de inferioridad, transformado más tarde en complejo de superioridad. Y con este odioso «legado» también nosotros minaremos la confianza de algún pariente. Hay algo que se transmite de padres a hijos, además de los genes: el boicoteo de la autoestima. Usted, como tantos otros, es víctima de una herencia envenenada: durante el período de crecimiento le robaron esa dosis necesaria de confianza y estima. Esta malquerencia es la causa principal de las desdichas que acosan en la etapa adulta.

10.3.26

DP [05]

[05]—Reconozco que no tomo muchas ensaladas por culpa del vinagre. Su olor me resulta extremadamente desagradable, y esto me obliga a renunciar a ellas.

—El limón es un excelente sustituto del vinagre. Con él se pueden aderezar las ensaladas. Si le gustan picantes, añada un poco de mostaza.

—Seguiré su consejo; todo sea por incluir un poco de verde en mis platos. Mi punto débil son los hidratos de carbono: las patatas, el arroz, las pastas son mis acompañantes predilectos.

—¿Acompañantes de qué? ¿De la carne, del pescado, de los huevos…?

—Opto por la carne de pollo. También me chiflan las tortillas, las lasañas de carne triturada con salsa de tomate, los espaguetis a la boloñesa… En fin, cada una de esas delicias que aparecen en los menús de los restaurantes.

—Lo cual explica, en gran medida, su estado deplorable de salud. Me consuela pensar —añado con gesto explícito— que al menos vigila las cantidades: acostumbra a comer moderadamente.

—¿Usted cree?

—A juzgar por su peso, no parece que se atiborre a comer.

—Como bastante.

—¿De veras?

—Adoro los bocadillos de sardinas en aceite. Las ensaladas de atún, arroz y maíz también me apasionan.

—En tal caso, y según deduzco de sus palabras, se impone un cambio radical, urgente, en su modo de alimentación. Ese será uno de los dos flancos de ataque. El otro lo constituirá la raíz del mal: ¿Por qué ha terminado cediendo a la tentación de las pastillas? ¿Qué circunstancias la incitaron a volverse drogodependiente?

9.3.26

DP [04]

Virginia realiza un mohín de desaprobación, breve, explícito.

—No le falta razón en lo que dice —alega—; pero yo no estoy aquí por motivos de sobrepeso, de bulimia o de anorexia, sino por mi adicción a las pastillas. Como le conté la vez pasada, no acabo de salir de una depresión bastante gorda cuando me meto en otra aún peor. Yo lo que quiero es sanar de la mente, aunque, por supuesto, no voy a descuidar lo demás. Sé que lo físico y lo psíquico guardan una relación estrecha.

—No está mal encaminada —sugiero—; sin embargo, creo que aún no ha entendido lo fundamental: para curar la mente hay que curar también el cuerpo, y viceversa. La salud es un todo en el que las partes se relacionan entre sí. Tanto los aspectos físicos como los emocionales interactúan de tal manera que cabe la duda de si un trastorno patológico posee origen físico o psicológico. Lo cierto es que ambos factores juegan un papel determinante.

—Sé que las pastillas me hacen daño; en lugar de sanarme, agravan mi situación, pues crean una dependencia que antes no padecía. Pero, doctor, ¿piensa que si me pongo a comer lechugas, manzanas y zanahorias a todas horas conseguiré liberarme de este peso que me agobia en forma de medicamentos, jarabes y comprimidos? ¡Muchos médicos me advierten que de interrumpir el suministro diario sufriré efectos perniciosos!

—Claro… Los efectos del principio de la sanación. Voy a ser franco desde el primer minuto. Trataré de explicarle por qué hay, en efecto, una relación entre esa hoja de lechuga de más que usted ingiere y ese comprimido de menos que deja intacto en su maletín de primeros auxilios.

—Explíquese, por favor.

—Habrá oído hablar de los efectos colaterales de todo medicamento, incluida una simple aspirina. Entre éstos no es de menor importancia el provocar una acidificación del organismo. Nuestro ph tiene que ser alcalino, en torno al 7,4. La más ligera variación en la alcalinidad de la sangre obliga al metabolismo a buscar minerales con poderoso efecto alcalinizante: el calcio, el fósforo y el potasio. Esto acontece en detrimento de los huesos y los dientes. Cuanta más acidez, más desgaste de calcio y otros minerales se produce en los huesos y cartílagos. Si esta situación se prolonga durante años, degenera en artrosis, mal de espalda, descalcificación generalizada de los huesos, estragos en los dientes y caída del cabello. ¿Entiende ahora por qué le digo que todo está relacionado? La hoja de lechuga, como todo producto vegetal no cocinado, posee un alto poder alcalinizante. Esto supone un alivio para el organismo, y tal vez nos permita ahorrar cantidades notables de calcio y de otros minerales depositados, a modo de reserva, en los huesos.

7.3.26

DP [03]

—Supongo que le han llegado rumores sobre el método que utilizo para procurar la curación de las enfermedades —me esmero por que mi voz suene sin carraspeos—. Siempre asocio cualquier dolencia con la alimentación y el estilo de vida. Las personas nacemos para llevar una existencia saludable, no para caer enfermos a la primera ocasión. Considero a la enfermedad un rara avis, un caso extraño, ajeno a los individuos de una especie. Los chimpancés, por poner un ejemplo que se aproxima al nuestro, nunca caen enfermos. Hasta el último momento sacan partido de la fuerza vital que los anima. Se alimentan de frutas, hojas, alguna que otra raíz y algún que otro insecto, en el caso de que no encuentren la cantidad adecuada de frutas. Pero la base de su alimentación la constituyen estas últimas. ¿Por qué el ser humano, cuyo código genético coincide con el de los grandes primates en un 99%, no se habitúa a comer así? Yo le diré la razón: existe una costumbre ancestral, una cultura, una religión que nos imponen tales o cuales hábitos. No voy a proseguir con este discurso, que podría parecerle dogmático, y hasta puede que un poco fastidioso. Me limitaré a exponerle mis conclusiones: para sanar, coma crudo, así de simple. Cuanto más agobiada se sienta por unos síntomas insoportables que le impiden descansar por las noches y disfrutar de las largas jornadas de sol en los meses de verano, más apremiante será la necesidad de comer crudo. Las frutas, en especial, actúan como esponjas que arrastran y se llevan consigo toxinas y desechos, acumulaciones putrefactas en cualquier rincón de nuestra anatomía. Por el contrario, una alimentación basada en carnes, lácteos y cereales refinados y cocinados acidifica el organismo hasta que los sistemas linfático e inmunológico se saturan. Los órganos de evacuación, tales como los riñones, quedan taponados por una pared de moco; ya no cumplen su función primordial de filtradores. Las consecuencias de todo ello ofrecen un cuadro variopinto de patologías, desde el simple reúma, pasando por el asma, las alergias, el colon irritable, la obstrucción de los vasos sanguíneos y la diabetes, hasta cualquier temible cáncer. Se trata de un asunto serio, grave, y nuestro deber es reaccionar inmediatamente.

6.3.26

DP [02]

Un poco más tarde. — La señora Virginia toca la puerta con los nudillos. Enseguida le digo que pase. Recién ha cumplido los 48, según consta en su ficha. Oriunda de la isla, en contadas ocasiones ha salido de ella. Ni demasiado alta, ni demasiado gruesa, con el pelo teñido de caoba, raya a la izquierda y flequillo, es una mujer que no llama en absoluto la atención. Acostumbra pintarse los labios y las uñas de un rojo oscuro, se aproxima al morado.

Sin hacer ruido, cierra la puerta tras de sí, me mira unos instantes y efectúa los pasos necesarios hasta alcanzar la silla y colocarse frente a mí, ya sentada. Mirada y sonreír tímidos, no ha pronunciado palabra por el momento. Es la segunda vez que acude a verme. Tan sólo lleva dos semanas en el establecimiento. Ella misma ha solicitado la entrevista, la semana pasada me lo comunicó una enfermera. Mi agenda, poco generosa, no le ha dado cabida hasta el día de hoy.

—¿Y bien? —pronuncio con los brazos cruzados y una forma de mirar que denota confianza—. ¿Qué le trae de nuevo a este despacho?

—Doctor Piqueras, hablamos largo y tendido la primera vez que nos encontramos. Usted dijo muchas cosas, la mayoría de ellas interesantes; sin embargo, se dejó otras muchas en el tintero. ¿Me equivoco? Quisiera concluir nuestra conversación interrumpida.

—Me acuerdo bien. Se hizo tarde y tuvimos que dejarlo para otro momento. Usted fue la última paciente que recibí aquel día. Recuerdo también el tema de conversación: usted me contó a grandes rasgos su vida, el porqué de su descenso a los infiernos con la toma de somníferos, soporíferos, antidepresivos, calmantes y demás drogas de todo tipo. Yo osé realizar varias apreciaciones al respecto, las cuales, si no todas, la mayoría le causaron honda impresión. ¿Desea que me aclare, no es así?, ¿que aclare el porqué de mi discurso estrambótico?

—Exactamente. Lo que dijo entonces, y cómo lo dijo, provocó en mi cerebro un fuerte terremoto. A duras penas conseguí pegar ojo aquella noche. Creo recordar que tenía un trato que ofrecerme, aunque le faltó tiempo para explicármelo.

—En efecto, hay trato de por medio... —señalo, sin concluir la frase.

—¡Estoy a su disposición! Y creo, sinceramente, que me va a convenir lo que me proponga. No en vano, cuelga en una de estas paredes su título de licenciado en medicina.

—¡Que ningún obstáculo se interponga entre nosotros, pues! Voy a exponerle un plan de ataque para vencer la crisis que atraviesa. Dejará atrás cualquier tipo de adicción, y podrá desengancharse de la desgracia que tanto la atenaza.

—Me declaro conforme —afirma ella, encantada.

5.3.26

Diario del doctor Piqueras [01] 19 de mayo de 1988

Mi tesis sostiene lo siguiente: toda enfermedad, sea física o psíquica, procede de una alimentación inadecuada al ser humano, que a lo mejor se prolonga durante décadas. La acumulación de toxinas, la carencia de los nutrientes básicos, desembocan en un estado morboso, que se acentúa, agrava y complica de persistir con este tipo de dieta.

Soy director médico en un centro de rehabilitación, a las afueras de Inca. Puedo realizar experimentos con mis pacientes, de manera que confirmen o desechen la hipótesis inicial.

También cuento con encomiables precedentes elaborados por mis colegas, como El estudio de China, del doctor Campbell, afamado científico estadounidense. En ese trabajo demuestra que el exceso en el consumo de proteínas (de origen animal) acarrea complicaciones en el organismo hasta desembocar, finalmente, en cualquier tipo de cáncer o en un infarto. Concluye que los alimentos de origen animal, así como los vegetales procesados (hoy diríamos más bien «refinados»), son la causa principal de la mayoría de las dolencias. La diabetes, por ejemplo, no es porque hayamos envejecido, ni el cáncer de mama tampoco es una fatal consecuencia genética, sino que son el resultado de unos hábitos poco saludables y de una alimentación deficiente. El cuerpo, saturado de toxinas, ya no puede más, se declara en quiebra, con toda una sintomatología perfectamente catalogada en los libros de medicina.

Me propongo revertir la tendencia: en vez de empeorar el estado de salud de una mayoría de inconscientes, se fortalecerán los cuerpos y los ánimos con la adopción de hábitos conformes a nuestra morfología.

Escribo estas notas en una pausa de media tarde, dentro de mi despacho, mientras aguardo la llegada de la paciente alojada en la habitación número 212 de nuestro confortable edificio con parque y un muro exterior de piedra.