Un poco más tarde. — La señora Virginia toca la puerta con los nudillos. Enseguida le digo que pase. Recién ha cumplido los 48, según consta en su ficha. Oriunda de la isla, en contadas ocasiones ha salido de ella. Ni demasiado alta, ni demasiado gruesa, con el pelo teñido de caoba, raya a la izquierda y flequillo, es una mujer que no llama en absoluto la atención. Acostumbra pintarse los labios y las uñas de un rojo oscuro, se aproxima al morado.
Sin hacer ruido, cierra la puerta tras de sí, me mira unos instantes y efectúa los pasos necesarios hasta alcanzar la silla y colocarse frente a mí, ya sentada. Mirada y sonreír tímidos, no ha pronunciado palabra por el momento. Es la segunda vez que acude a verme. Tan sólo lleva dos semanas en el establecimiento. Ella misma ha solicitado la entrevista, la semana pasada me lo comunicó una enfermera. Mi agenda, poco generosa, no le ha dado cabida hasta el día de hoy.
—¿Y bien? —pronuncio con los brazos cruzados y una forma de mirar que denota confianza—. ¿Qué le trae de nuevo a este despacho?
—Doctor Piqueras, hablamos largo y tendido la primera vez que nos encontramos. Usted dijo muchas cosas, la mayoría de ellas interesantes; sin embargo, se dejó otras muchas en el tintero. ¿Me equivoco? Quisiera concluir nuestra conversación interrumpida.
—Me acuerdo bien. Se hizo tarde y tuvimos que dejarlo para otro momento. Usted fue la última paciente que recibí aquel día. Recuerdo también el tema de conversación: usted me contó a grandes rasgos su vida, el porqué de su descenso a los infiernos con la toma de somníferos, soporíferos, antidepresivos, calmantes y demás drogas de todo tipo. Yo osé realizar varias apreciaciones al respecto, las cuales, si no todas, la mayoría le causaron honda impresión. ¿Desea que me aclare, no es así?, ¿que aclare el porqué de mi discurso estrambótico?
—Exactamente. Lo que dijo entonces, y cómo lo dijo, provocó en mi cerebro un fuerte terremoto. A duras penas conseguí pegar ojo aquella noche. Creo recordar que tenía un trato que ofrecerme, aunque le faltó tiempo para explicármelo.
—En efecto, hay trato de por medio... —señalo, sin concluir la frase.
—¡Estoy a su disposición! Y creo, sinceramente, que me va a convenir lo que me proponga. No en vano, cuelga en una de estas paredes su título de licenciado en medicina.
—¡Que ningún obstáculo se interponga entre nosotros, pues! Voy a exponerle un plan de ataque para vencer la crisis que atraviesa. Dejará atrás cualquier tipo de adicción, y podrá desengancharse de la desgracia que tanto la atenaza.
—Me declaro conforme —afirma ella, encantada.