26 de mayo—. En esta semana lo he preparado todo para poner en práctica el ensayo que trata de demostrar la estrecha relación existente entre la salud y la alimentación, de modo que aquélla depende de ésta.
El martes por la mañana he convocado en mi despacho al señor Juanjo Olivares, proveedor de productos de la huerta: frutas y hortalizas. Le he explicado a grandes rasgos el proyecto y le he manifestado mi deseo de que los vegetales que llegan a la clínica sean de máxima calidad, a fin de garantizar el éxito de nuestro experimento. El buen hombre, que es además amigo de confianza, me ha dado su palabra de que se esmerará en la selección, con supervisión personal por su parte, de todos los productos enviados al sanatorio de Santa Ágata. Juanjo Olivares ha abandonado la sala satisfecho de mi demanda, como si considerase requisito imprescindible para la buena gestión de un centro hospitalario el cerciorarse de la calidad de los productos alimenticios. Lo despedí con un toque amistoso en el hombro.
27 de mayo, a las doce—. Convoco en mi despacho a las seis personas seleccionadas, convalecientes todas ellas en la clínica Santa Ágata. Por este orden, de izquierda a derecha, se han sentado a la mesa: Celedonio Corrales, de cincuenta y seis años, soltero, comercial; Enrique Severo, de cuarenta y dos años, casado y con dos hijos de corta edad, camarero de bar con terraza y restaurante, en pleno Paseo Marítimo; Amelia García, de treinta y siete años, casada y con tres hijos, secretaria en un almacén de calzados de estilo mallorquín; Paulina Soto, de cincuenta y nueve años, divorciada con dos hijos mayores, ama de casa; Virginia Sevillano, de quien ya me he ocupado en las páginas precedentes, viuda de cuarenta y ocho años, dada de baja por depresión en su empleo de dependienta en una tienda de modas del paseo del Borne; Francisco Soler, robusto hombre de cincuenta y cuatro años, separado de su esposa y con un único hijo, ya mayor, alistado en el ejército; ha sido repartidor con furgoneta.
Estas personas tienen en común varios aspectos. En primer lugar, siguen un tratamiento de desintoxicación en nuestra clínica de Santa Ágata. En segundo lugar, han decidido colaborar en este ensayo nutricional por propia iniciativa, ellos mismos se habían apuntado en la lista de voluntarios. Yo sólo tuve que seleccionar a seis de entre la lista de candidatos, quienes constituían al principio un número de quince sujetos. Les hice firmar, a continuación, un documento por el que exoneraban de toda responsabilidad al centro donde estaban siendo alojados, así como a mí mismo, en calidad de médico director general, en el caso de que surgieran complicaciones de cualquier índole durante el transcurso del ensayo, cuya duración estimaba que sería de unos seis meses. Los participantes tenían el derecho de abandonar las pruebas en cualquier momento, sin previo aviso y sin necesidad de justificarse. Serían reemplazados entonces por el siguiente en la lista elaborada por mí. Todos asintieron, pues los más padecían de problemas de sobrepeso, migrañas, molestias en el vientre y en la espalda, así como niveles sospechosos de azúcar en sangre, que permitían presagiar la fase de prediabetes, antecedente nefasto del desarrollo de esta terrible enfermedad declarada por los especialistas autoinmune. Esto sucede cuando el sistema inmunológico no parece cumplir adecuadamente con esa función importantísima, mediante la cual el cuerpo queda protegido de los ataques externos y de la acción perniciosa de los agentes químicos, volátiles.

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