17.4.26

DP [19]

Las cinco mujeres se muestran reservadas, incómodas por hablar de sí mismas, pese a que el locutorio se componga de amigas y de un médico especialista. La mayoría de los detalles nos son conocidos: fecha de entrada, motivo del ingreso, expectativas. Me intereso por el punto que ha hecho inclinar la balanza a favor de este proyecto gastronómico. Carmen nos revela que a ella le da igual curarse de una manera o de otra, ha probado tantos paliativos, que por qué no uno más. Margarita insiste en su poca fe hacia la medicina moderna, de la que ha obtenido pésimos resultados. Confía ahora en alternativas novedosas. (Le recuerdo que no se trata de un remedio novedoso, la dieta amucosa fue inaugurada en Estados Unidos por el doctor Arnold Ehret, a principios de los años treinta). Isabel, cuyo pesimismo se refleja en un rostro pálido, con profundas ojeras, recalca su indiferencia; para ella es igual tratar uno u otro sistema, duda mucho que salga mejorada. Alicia se muestra bastante nerviosa y agitada, no sabe estarse quieta. Dice que lo que importa es el resultado, ella confía en la palabra de un doctor del prestigio de José Piqueras. (Me apresuro en confesar que la apuesta no está ganada, los milagros sólo existen en los libros). Por último, Virginia se hace corresponsable, agradece a sus compañeras que hayan venido y declara que ella confía en el valor de esa dieta tan especial, capaz de sanar el cuerpo más debilitado y de corregir la mente más extraviada. Agradezco sus palabras con un elocuente gesto de cabeza. Ha llegado mi turno. Pero no es mi propósito hablar yo solo todo el tiempo, sino infundir al encuentro un cariz de charla, conversación amistosa, que no falten, obviamente, los debates ni las discusiones. La mejor forma de aprender es interrogando. Es preciso que estas cinco damas que me rodean lo aprendan todo.

Aclaro primeramente que para perseverar en el intento de cambiar de régimen alimentario hay que fijarse de entrada un objetivo, privativo de cada cual, personalísimo. Este objetivo quizá cueste un poco encontrarlo al principio. Tiene que ser concreto, realista y accesible para la paciente. Pongo un ejemplo: «Reducir o suprimir el consumo de almidón sirve para mejorar la vista. Como yo soy miope, me propongo recuperar la vista gracias a una dieta basada en frutas y verduras crudas». Les interrogo sobre el objetivo personal de cada una de ellas. Únicamente Carmen y Virginia reconocen que ya están listas. La primera afirma que «gracias a la dieta podrá suprimir su dependencia del alcohol», mientras que la segunda dice que «una alimentación sana le permitirá poner orden en el espacio interior de su cabeza, aclararse las ideas, atisbar la luz al final del túnel».

15.4.26

DP [18]

Jueves, 3 de julio.— He estado preparando concienzudamente la reunión de esta mañana a las diez. Soy consciente de que el primer contacto es vital para la posterior fluidez y éxito de las operaciones. En él se da una toma de posiciones, una medición de la temperatura, es preciso que la corriente circule entre los integrantes del grupo, dejando aparte divisiones jerárquicas y rangos artificiales que no hacen más que entorpecer las relaciones de cordialidad entre los individuos.

Para nuestras reuniones, disponemos de un rincón en la misma cantina, bastante alejado de la puerta principal. Las paredes están pintadas de un alegre color salmón, mientras que las sillas, de plástico, son cada una de un color diferente. Las mesas, igualmente de plástico, para plazas de cuatro o seis comensales, exhiben a su vez colores verdes, rojos, azules o morados. La nuestra es de un verde pistacho que consigue disminuir la tensión de la primera vez. Me instalo en la cabecera, coloco sobre la superficie dos carpetas repletas de folletos que traigo conmigo y dirigo una mirada cordial a las cinco mujeres que se han instalado junto a mí en torno a esta mesa rectangular. En cuanto terminan de colgar los bolsos en los respaldos inauguro la sesión con el siguiente mensaje:

—Bienvenidas y gracias por estar aquí. Se trata de un proyecto que se había ido a pique antes de salir del puerto y que ha sido rescatado a última hora. Gracias una vez más. Lo importante es la fe, creer en uno mismo y en la utilidad de lo que tengamos entre manos. Este caso no hace excepción: el éxito de nuestra dieta especial dependerá de la fe, el tesón, la constancia y la voluntad. Pero antes de proseguir, hagamos un turno de tabla; que cada una se presente y nos hable de sus motivaciones y de sus expectativas en cuanto a la mejora de su estado de salud. Gracias, obviamente, a una dieta equilibrada, razonable y acorde con la condición frugívora que caracteriza al ser humano, puesto que también él pertenece a la familia de los primates.

14.4.26

DP [17]

Hacia las tres de la tarde del mismo día, un miércoles muy caluroso.— Don Francisco me convoca en su despacho. Me pregunta al principio por las vacaciones y mi esposa; si las hemos aprovechado; si ella se encuentra bien. Le respondo a todo de forma lacónica, con monosílabos. Intento disimular la tensión, pero no lo consigo. El recuerdo nefasto de la última conversación mantenida con él pesa por el momento demasiado sobre la mesa. Me mantengo a la expectativa, ansioso por conocer su postura frente a la reapertura del proyecto de la dieta amucosa.

Finalmente, me anuncia que Virginia, en calidad de representante de otras cuatro huéspedes, se ha reunido con él en este mismo despacho para comunicarle su intención de volver a contar con el proyecto gastronómico-sanador del doctor Piqueras. Se había apresurado en decir que estaba dispuesta a firmar, ella y sus compañeras, el documento que exoneraba de responsabilidad a la institución, así como la del doctor encargado del experimento. El director se ha interesado por el cambio repentino de opinión, entonces Virginia ha dicho que no se perdía nada con probar una nueva fórmula para sanar y que en caso de experimentar graves dificultades siempre estaban a tiempo de retroceder o de rectificar una dieta no conforme a sus expectativas.

Mudo de espanto, aguardo la respuesta del señor Francisco Pérez García. Les ha comunicado, me dice, que por él pueden seguir adelante, si así lo creen conveniente, en ese loco proyecto; aunque, personalmente, él no lo apoye ni cree que posea milagroso poder sanador alguno. Al contrario, teme un deterioro de la salud de las implicadas. Pero esto último, reconoce, es algo que aún está por ver.

Aliviado, consigo respirar al fin hondamente. Mis pulmones se sienten más ligeros que treinta segundos atrás. Sonrío, esperanzado. El director me despide advirtiéndome que no se me ocurra cantar victoria; a la mínima contrariedad, no vacilará en detenerlo todo, dieta, régimen o como se me antoje llamarlo. Salgo de allí con una sonrisa apenas perceptible de triunfo en los labios. Procuro que al cerrarse la puerta, ésta no emita ruido alguno. Mis pasos en el pasillo rebotan en mi cabeza como pelotas de tenis que chocaran contra un muro de cemento verde.

13.4.26

DP [16]

2 de julio.- A mi regreso de las vacaciones, tres semanas más tarde, me espera una sorpresa mayúscula en la clínica: Virginia, la paciente adicta a los medicamentos, ha recapacitado y, asumiendo los riesgos, vuelve a mí para pedirme que recomience con ella, y otras cuatro compañeras, la experimentación alimentaria, consistente en tomar sólo frutas, hojas y toda clase de zumos verdes. Le ruego me revele los nombres de las otras cuatro. Me interesa saber también por qué este cambio de humor. Virginia enumera a la carrerilla los nombres de Alicia Campos (soltera de cuarenta y nueve años, adicta a los juegos de azar), Isabel Alhama (exreligiosa de cincuenta y cinco años, aquejada de depresión profunda con el fantasma de fondo del suicidio), Margarita Sánchez (divorciada de cincuenta y ocho años, su mal se aparenta a la esquizofrenia, tiene visiones y oye voces extrañas) y Carmen Blanco (joven de treinta y ocho años atada al alcohol). Estas mujeres, a las cuales conozco por haber tratado personalmente, destacan por su antigüedad, excepto la primera, por el sigilo con que actúan, casi pasan desapercibidas en el establecimiento, excepto la que padece problemas de alcoholemia, y por recalcitrante obstinación a no salir de la clínica curadas. En ellas las recaídas y los desmejoramientos son siempre repentinos. Me agrada la idea de trabajar con esta lista por medio de una dieta sanadora. Lo doy a entender a mi interlocutora. Le brillan los ojos, una risa ilumina su cara, vuelve a creer en el proyecto. Justo antes de separarnos, le digo que debe tratar la petición con el director general, don Francisco Pérez, dejar claro que la iniciativa parte de ellas exclusivamente y que están dispuestas a firmar las hojas exoneradoras de responsabilidad al establecimiento y el médico que dirige el ensayo, o sea, yo mismo. Me contesta que no me preocupe por ello y sale disparada hacia el despacho del director, ansía reencontrarse con sus compañeras para informarlas sobre las novedades.

12.4.26

DP [15]

Don Francisco me mira con cara que expresa a un tiempo enfado e indignación. Sé muy bien que en las facultades de medicina la nutrición es dejada aparte, se consagra a ella escasas dos horas durante todos los años que dura la carrera. Por otro lado, a la medicina tradicional no se le ocurre poner en relación directa la alimentación con la salud, de forma que aquélla determina ésta. Centra su atención en las anomalías (los síntomas) y en una agresión en forma, la mayoría de las veces, de microbio. Pero nunca se refiere al deterioro interno que sufre el organismo como consecuencia de la putrefacción de los alimentos de origen animal, creadores del ácido úrico, que luego se acumula en las articulaciones y causa esos dolores insufribles en los pacientes aquejados de artrosis.

—Sea breve: dígame qué puede uno comer para conservar la salud íntegra. Después de lo que acaba de insinuar, me temo que no quedará gran cosa con que alegrar el paladar —añade, sarcástico—. Nada que sea apetecible, por lo menos.

—De esto ya he hablado mucho con el grupo que acaba de disolverse. Insisto: es tan difícil abandonar los alimentos que nos hacen daño porque hay un hábito que nos precede, una tradición a la que cuesta enorme trabajo renunciar. Además, esos alimentos (me refiero en especial a los lácteos, las carnes y los vegetales ricos en almidón) crean una adicción poderosísima al contener neurotransmisores, moléculas que actúan directamente en el cerebro. El paciente necesita su dosis diaria, exactamente lo mismo que un drogodependiente, de hidratos de carbono complejos y de lípidos y proteínas de origen animal. Por si fuera poco, los medios pregonan constantemente que la «proteína» es necesaria y que «hay que comer de todo». Así, la persona nunca llega a sanar del todo; al contrario, crea las condiciones ideales para generar la enfermedad. Luego, los remedios no sirven, lo matan poco a poco. La única solución definitiva es renunciar a esa comida chatarra a la que antes he hecho alusión. Puedo ofrecerle un montón de información científica al respecto, si así lo desea.

—Basta, compruebo que este tema, absurdo, acapara toda tu atención. Qué bien te vendrían un par de semanas libres. Por favor, despeja la mente. La disolución de ese grupo de seis personas debería servirte de advertencia. Más tarde, cuando regreses a la clínica, hablaremos y veremos qué se puede hacer. No creo que se haga necesario que te cambie de sección. Pero si acaso no cabe otra alternativa, pues…

¿Para qué terminar la frase? Sin embargo, no me siento conmovido. La fidelidad de los agentes del sistema actúa de modo consciente o inconsciente, el sistema se protege a sí mismo.

—A todo aquel que dice la verdad —señalo con acento resignado— lo arrinconan y lo dejan, finalmente, solo en su desierto, de manera que no pueda perjudicar altos intereses, secretos de Estado, conocidos, no obstante, por la mayoría.

—¿Complotista…? Vamos bien, amigo Piqueras. Tómate esas vacaciones de dos o tres semanas. Hazme caso.

5.4.26

DP [14]

5 de junio—. Esta experiencia, tan repentinamente abortada por parte de quienes estaban más interesados en que se llevara a cabo el proyecto, acarrea consecuencias incluso a nivel jerárquico. El director del establecimiento, el señor Francisco Pérez García, antiguo médico dentista ocupado ahora en tareas exclusivamente burocráticas, me convoca a su despacho. Mi relación con él es cordial, diría que hasta amistosa, en ocasiones hemos comido juntos en algún restaurante reputado, acompañados de nuestras respectivas medias naranjas. También nos hemos encontrado en las playas de Magalluf, de Palmanova y de Es Trenc para pasar una amena tarde de domingo tumbados a la bartola, con el sol por encima y el mar de frente, igual que una alta tapia cuya parte superior se desmorona con cada batir de olas, para volverse a reconstruir un minuto más tarde.

—Algunos de los pacientes —declara con cara de pocos amigos— me han dicho que ha tratado de inculcarles ideas bizarroides en cuanto a la alimentación. Se han quejado, para que sea más preciso, de que les prohíbe comer arroz, carnes, pastas, pan, pescados o huevos. A ver, ¿qué tiene de malo un plato de arroz blanco con un chorrito de aceite de oliva por encima? Advierta que ni siquiera le he añadido unas aceitunas cortadas en rodajas. A mí esa receta me encanta; la tomo siempre que padezco alguna molestia del estómago. Me lo calma enseguida. Amigo Piqueras, vamos mal, cierto número de pacientes no está contento con usted, ni con sus métodos tan estrafalarios. ¿Por qué le ha dado por ahí?

—Amigo Francisco, son muchas las cuestiones que usted me plantea de golpe y porrazo —respondo con aplomo—. Iré por partes: el arroz, aunque sea integral, provoca en el organismo exceso de moco, el cual se acumula en las paredes intestinales, debajo de la piel y alrededor de la práctica totalidad de los órganos. El mucus protege así a los tejidos delicados de la acidosis. ¿Y qué alimentos son los responsables de esta acidificación generalizada? Las leches y sus derivados, las carnes, los huevos y los cereales. Todo alimento frito o cocido acidifica el organismo. El cuerpo, que recibe cada día esta agresividad latente en forma de comida, tiene que defenderse creando moco. Pero al final hay tanto que esto también supone un serio problema. Aparece entonces lo que se denomina «placa mucoide», es una pared de moco, proteínas, grasas y el pegamento procedente del almidón de los cereales (entre los que se incluye, como bien sabe, el arroz), la cual agrede a los filamentos de las paredes intestinales que se encargan de posibilitar la asimilación de los nutrientes. Por no suceder tal, la persona, aun estando aparentemente en forma, experimenta una desnutrición severa: siempre tiene hambre, está cansado, se vuelve irascible, no comprende por qué vive en una especie de montaña rusa, con altibajos constantes.

3.4.26

DP [13]

4 de junio—. No ha pasado una semana, cuando la totalidad de ese grupo, compuesto de seis aspirantes a recobrar la salud mediante una alimentación adecuada, desiste del proyecto y me dejan solo ante tal iniciativa. En un principio lo achaco a una falta de voluntad, no han sido capaces de resistir a las tentaciones de una dieta tradicional, basada en carnes, lácteos y cereales. La desaparición de todo eso representa un golpe demasiado duro de soportar para la mayoría. Esa misma tarde descubro que la causa principal de la deserción reside en la charla que ha mantenido con ellos el propio Celedonio Corrales, miembro del grupo, comercial de cincuenta y seis años. Al parecer, les ha enumerado los inconvenientes y riesgos que supone asumir una alimentación cruda al cien por cien, y les ha convencido para que lo acompañen en su desistimiento.

Lo convoco a mi despacho. Tan amistoso y jovial como siempre, me expone las razones por las que se ha esmerado en convencer a los demás para que también ellos desistieran. Me aclara que ha estado una semana entera buscando información en periódicos, revistas especializadas, programas radiofónicos, consultas médicas y con nutricionistas, para sacar la conclusión de que era su deber tratar de disuadir al grupo sobre la pertinencia de semejante campaña culinaria. Le pido que se aclare. Me cita los riesgos, según él «obvios», inherentes a la dieta cruda. A saber:

Primeramente, un ensayo con seis personas carece de valor estadístico (menos aún científico). Representa tan solo un juego de niños.

En segundo lugar, la dieta en sí es peligrosa para la salud, puede acarrear problemas de sobrepeso, riesgo de contraer la diabetes, pérdida del cabello y de los dientes, anemia, osteoporosis, disfunciones cerebrales y de otros órganos, como el corazón, los riñones, el hígado y el páncreas. En suma, más vale no aventurarse por estos derroteros.

En tercer lugar, una dieta cruda no abastece las necesidades de calcio, proteínas, minerales, grasas, vitaminas del grupo B y vitamina D.

En cuarto y último lugar, en climas fríos es insostenible la dieta frugívora, pues sólo se dispone en abundancia de frutas como la manzana, la naranja y la pera, insuficientes para cubrir los requisitos macro y micronutricionales. El cuerpo, al no recibir el suficiente aporte de energía, se pone en «estado de inacción», lo que acarrea en el individuo amodorramiento, debilidad y fatiga que no son compatibles con los ritmos frenéticos de hoy en día.

Por todo ello, me aconseja que desista de mi empeño y vuelva a métodos más ortodoxos, aprobados por la comunidad científica internacional.

Pese a mi impaciencia, le he dejado hablar hasta el último minuto. Ha llegado mi turno de contrarrestar esas objeciones:

—En cuanto «a los métodos ortodoxos aprobados por la comunidad científica» —digo—, consisten, básicamente, en el suministro de una lista bastante larga de medicamentos en función de unos síntomas. Equivale a meter la basura debajo de la alfombra. No por esconder los síntomas va a curarse el paciente. Todo lo contrario, empeorará.

»Sobre las supuestas carencias —prosigo—, todas las frutas son ricas en vitaminas, minerales y aminoácidos. Con estos aminoácidos el cuerpo fabrica las proteínas que precisa. Y las frutas no promueven la diabetes por exceso de azúcares. Todo lo contrario, previenen esta enfermedad (me refiero a la de tipo 2), según lo han demostrado ya numerosos estudios. A propósito del calcio, la ingesta de almendras crudas y otros vegetales, como la espinaca, permiten cubrir las exigencias diarias de este mineral. El calcio, por cierto, aparece en mayor o menor cantidad en la mayor parte de los alimentos de origen vegetal. Luego, no veo dónde está el problema al respecto. La vitamina B-12 procede de la tierra, es fabricada por una bacteria que ya se encuentra alojada en nuestros intestinos. La que es suministrada de forma artificial no puede ser asimilada por el organismo. Como tampoco es asimilada la vitamina D en frascos. Sólo la que procede del sol es buena para nosotros. Si los crudiveganos carecen de vitamina D, también ocurre eso con los omnívoros, de llevar una vida sedentaria en la que rara vez toman el sol y salen a correr a orillas del mar.

»¿Qué otra cosa puedo añadir? —concluyo—. Estoy de acuerdo en que no se trata de un estudio serio. Seis personas no son suficientes para otorgarle valor científico, o estadístico. Pero a mí me permite restablecer la salud de seis personas, lo cual no es poca cosa, a la vez que reforzará mis creencias sobre este asunto.

Le miro fijamente con sonrisa que en absoluto intenta ser dañina. Él, sin pronunciar palabra, se levanta de su silla y sale del despacho habiendo pronunciado un escueto «adiós» en el último instante.