3.4.26

DP [13]

4 de junio—. No ha pasado una semana, cuando la totalidad de ese grupo, compuesto de seis aspirantes a recobrar la salud mediante una alimentación adecuada, desiste del proyecto y me dejan solo ante tal iniciativa. En un principio lo achaco a una falta de voluntad, no han sido capaces de resistir a las tentaciones de una dieta tradicional, basada en carnes, lácteos y cereales. La desaparición de todo eso representa un golpe demasiado duro de soportar para la mayoría. Esa misma tarde descubro que la causa principal de la deserción reside en la charla que ha mantenido con ellos el propio Celedonio Corrales, miembro del grupo, comercial de cincuenta y seis años. Al parecer, les ha enumerado los inconvenientes y riesgos que supone asumir una alimentación cruda al cien por cien, y les ha convencido para que lo acompañen en su desistimiento.

Lo convoco a mi despacho. Tan amistoso y jovial como siempre, me expone las razones por las que se ha esmerado en convencer a los demás para que también ellos desistieran. Me aclara que ha estado una semana entera buscando información en periódicos, revistas especializadas, programas radiofónicos, consultas médicas y con nutricionistas, para sacar la conclusión de que era su deber tratar de disuadir al grupo sobre la pertinencia de semejante campaña culinaria. Le pido que se aclare. Me cita los riesgos, según él «obvios», inherentes a la dieta cruda. A saber:

Primeramente, un ensayo con seis personas carece de valor estadístico (menos aún científico). Representa tan solo un juego de niños.

En segundo lugar, la dieta en sí es peligrosa para la salud, puede acarrear problemas de sobrepeso, riesgo de contraer la diabetes, pérdida del cabello y de los dientes, anemia, osteoporosis, disfunciones cerebrales y de otros órganos, como el corazón, los riñones, el hígado y el páncreas. En suma, más vale no aventurarse por estos derroteros.

En tercer lugar, una dieta cruda no abastece las necesidades de calcio, proteínas, minerales, grasas, vitaminas del grupo B y vitamina D.

En cuarto y último lugar, en climas fríos es insostenible la dieta frugívora, pues sólo se dispone en abundancia de frutas como la manzana, la naranja y la pera, insuficientes para cubrir los requisitos macro y micronutricionales. El cuerpo, al no recibir el suficiente aporte de energía, se pone en «estado de inacción», lo que acarrea en el individuo amodorramiento, debilidad y fatiga que no son compatibles con los ritmos frenéticos de hoy en día.

Por todo ello, me aconseja que desista de mi empeño y vuelva a métodos más ortodoxos, aprobados por la comunidad científica internacional.

Pese a mi impaciencia, le he dejado hablar hasta el último minuto. Ha llegado mi turno de contrarrestar esas objeciones:

—En cuanto «a los métodos ortodoxos aprobados por la comunidad científica» —digo—, consisten, básicamente, en el suministro de una lista bastante larga de medicamentos en función de unos síntomas. Equivale a meter la basura debajo de la alfombra. No por esconder los síntomas va a curarse el paciente. Todo lo contrario, empeorará.

»Sobre las supuestas carencias —prosigo—, todas las frutas son ricas en vitaminas, minerales y aminoácidos. Con estos aminoácidos el cuerpo fabrica las proteínas que precisa. Y las frutas no promueven la diabetes por exceso de azúcares. Todo lo contrario, previenen esta enfermedad (me refiero a la de tipo 2), según lo han demostrado ya numerosos estudios. A propósito del calcio, la ingesta de almendras crudas y otros vegetales, como la espinaca, permiten cubrir las exigencias diarias de este mineral. El calcio, por cierto, aparece en mayor o menor cantidad en la mayor parte de los alimentos de origen vegetal. Luego, no veo dónde está el problema al respecto. La vitamina B-12 procede de la tierra, es fabricada por una bacteria que ya se encuentra alojada en nuestros intestinos. La que es suministrada de forma artificial no puede ser asimilada por el organismo. Como tampoco es asimilada la vitamina D en frascos. Sólo la que procede del sol es buena para nosotros. Si los crudiveganos carecen de vitamina D, también ocurre eso con los omnívoros, de llevar una vida sedentaria en la que rara vez toman el sol y salen a correr a orillas del mar.

»¿Qué otra cosa puedo añadir? —concluyo—. Estoy de acuerdo en que no se trata de un estudio serio. Seis personas no son suficientes para otorgarle valor científico, o estadístico. Pero a mí me permite restablecer la salud de seis personas, lo cual no es poca cosa, a la vez que reforzará mis creencias sobre este asunto.

Le miro fijamente con sonrisa que en absoluto intenta ser dañina. Él, sin pronunciar palabra, se levanta de su silla y sale del despacho habiendo pronunciado un escueto «adiós» en el último instante.

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