5 de junio—. Esta experiencia, tan repentinamente abortada por parte de quienes estaban más interesados en que se llevara a cabo el proyecto, acarrea consecuencias incluso a nivel jerárquico. El director del establecimiento, el señor Francisco Pérez García, antiguo médico dentista ocupado ahora en tareas exclusivamente burocráticas, me convoca a su despacho. Mi relación con él es cordial, diría que hasta amistosa, en ocasiones hemos comido juntos en algún restaurante reputado, acompañados de nuestras respectivas medias naranjas. También nos hemos encontrado en las playas de Magalluf, de Palmanova y de Es Trenc para pasar una amena tarde de domingo tumbados a la bartola, con el sol por encima y el mar de frente, igual que una alta tapia cuya parte superior se desmorona con cada batir de olas, para volverse a reconstruir un minuto más tarde.
—Algunos de los pacientes —declara con cara de pocos amigos— me han dicho que ha tratado de inculcarles ideas bizarroides en cuanto a la alimentación. Se han quejado, para que sea más preciso, de que les prohíbe comer arroz, carnes, pastas, pan, pescados o huevos. A ver, ¿qué tiene de malo un plato de arroz blanco con un chorrito de aceite de oliva por encima? Advierta que ni siquiera le he añadido unas aceitunas cortadas en rodajas. A mí esa receta me encanta; la tomo siempre que padezco alguna molestia del estómago. Me lo calma enseguida. Amigo Piqueras, vamos mal, cierto número de pacientes no está contento con usted, ni con sus métodos tan estrafalarios. ¿Por qué le ha dado por ahí?
—Amigo Francisco, son muchas las cuestiones que usted me plantea de golpe y porrazo —respondo con aplomo—. Iré por partes: el arroz, aunque sea integral, provoca en el organismo exceso de moco, el cual se acumula en las paredes intestinales, debajo de la piel y alrededor de la práctica totalidad de los órganos. El mucus protege así a los tejidos delicados de la acidosis. ¿Y qué alimentos son los responsables de esta acidificación generalizada? Las leches y sus derivados, las carnes, los huevos y los cereales. Todo alimento frito o cocido acidifica el organismo. El cuerpo, que recibe cada día esta agresividad latente en forma de comida, tiene que defenderse creando moco. Pero al final hay tanto que esto también supone un serio problema. Aparece entonces lo que se denomina «placa mucoide», es una pared de moco, proteínas, grasas y el pegamento procedente del almidón de los cereales (entre los que se incluye, como bien sabe, el arroz), la cual agrede a los filamentos de las paredes intestinales que se encargan de posibilitar la asimilación de los nutrientes. Por no suceder tal, la persona, aun estando aparentemente en forma, experimenta una desnutrición severa: siempre tiene hambre, está cansado, se vuelve irascible, no comprende por qué vive en una especie de montaña rusa, con altibajos constantes.

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