12.4.26

DP [15]

Don Francisco me mira con cara que expresa a un tiempo enfado e indignación. Sé muy bien que en las facultades de medicina la nutrición es dejada aparte, se consagra a ella escasas dos horas durante todos los años que dura la carrera. Por otro lado, a la medicina tradicional no se le ocurre poner en relación directa la alimentación con la salud, de forma que aquélla determina ésta. Centra su atención en las anomalías (los síntomas) y en una agresión en forma, la mayoría de las veces, de microbio. Pero nunca se refiere al deterioro interno que sufre el organismo como consecuencia de la putrefacción de los alimentos de origen animal, creadores del ácido úrico, que luego se acumula en las articulaciones y causa esos dolores insufribles en los pacientes aquejados de artrosis.

—Sea breve: dígame qué puede uno comer para conservar la salud íntegra. Después de lo que acaba de insinuar, me temo que no quedará gran cosa con que alegrar el paladar —añade, sarcástico—. Nada que sea apetecible, por lo menos.

—De esto ya he hablado mucho con el grupo que acaba de disolverse. Insisto: es tan difícil abandonar los alimentos que nos hacen daño porque hay un hábito que nos precede, una tradición a la que cuesta enorme trabajo renunciar. Además, esos alimentos (me refiero en especial a los lácteos, las carnes y los vegetales ricos en almidón) crean una adicción poderosísima al contener neurotransmisores, moléculas que actúan directamente en el cerebro. El paciente necesita su dosis diaria, exactamente lo mismo que un drogodependiente, de hidratos de carbono complejos y de lípidos y proteínas de origen animal. Por si fuera poco, los medios pregonan constantemente que la «proteína» es necesaria y que «hay que comer de todo». Así, la persona nunca llega a sanar del todo; al contrario, crea las condiciones ideales para generar la enfermedad. Luego, los remedios no sirven, lo matan poco a poco. La única solución definitiva es renunciar a esa comida chatarra a la que antes he hecho alusión. Puedo ofrecerle un montón de información científica al respecto, si así lo desea.

—Basta, compruebo que este tema, absurdo, acapara toda tu atención. Qué bien te vendrían un par de semanas libres. Por favor, despeja la mente. La disolución de ese grupo de seis personas debería servirte de advertencia. Más tarde, cuando regreses a la clínica, hablaremos y veremos qué se puede hacer. No creo que se haga necesario que te cambie de sección. Pero si acaso no cabe otra alternativa, pues…

¿Para qué terminar la frase? Sin embargo, no me siento conmovido. La fidelidad de los agentes del sistema actúa de modo consciente o inconsciente, el sistema se protege a sí mismo.

—A todo aquel que dice la verdad —señalo con acento resignado— lo arrinconan y lo dejan, finalmente, solo en su desierto, de manera que no pueda perjudicar altos intereses, secretos de Estado, conocidos, no obstante, por la mayoría.

—¿Complotista…? Vamos bien, amigo Piqueras. Tómate esas vacaciones de dos o tres semanas. Hazme caso.

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