Las cinco mujeres se muestran reservadas, incómodas por hablar de sí mismas, pese a que el locutorio se componga de amigas y de un médico especialista. La mayoría de los detalles nos son conocidos: fecha de entrada, motivo del ingreso, expectativas. Me intereso por el punto que ha hecho inclinar la balanza a favor de este proyecto gastronómico. Carmen nos revela que a ella le da igual curarse de una manera o de otra, ha probado tantos paliativos, que por qué no uno más. Margarita insiste en su poca fe hacia la medicina moderna, de la que ha obtenido pésimos resultados. Confía ahora en alternativas novedosas. (Le recuerdo que no se trata de un remedio novedoso, la dieta amucosa fue inaugurada en Estados Unidos por el doctor Arnold Ehret, a principios de los años treinta). Isabel, cuyo pesimismo se refleja en un rostro pálido, con profundas ojeras, recalca su indiferencia; para ella es igual tratar uno u otro sistema, duda mucho que salga mejorada. Alicia se muestra bastante nerviosa y agitada, no sabe estarse quieta. Dice que lo que importa es el resultado, ella confía en la palabra de un doctor del prestigio de José Piqueras. (Me apresuro en confesar que la apuesta no está ganada, los milagros sólo existen en los libros). Por último, Virginia se hace corresponsable, agradece a sus compañeras que hayan venido y declara que ella confía en el valor de esa dieta tan especial, capaz de sanar el cuerpo más debilitado y de corregir la mente más extraviada. Agradezco sus palabras con un elocuente gesto de cabeza. Ha llegado mi turno. Pero no es mi propósito hablar yo solo todo el tiempo, sino infundir al encuentro un cariz de charla, conversación amistosa, que no falten, obviamente, los debates ni las discusiones. La mejor forma de aprender es interrogando. Es preciso que estas cinco damas que me rodean lo aprendan todo.
Aclaro primeramente que para perseverar en el intento de cambiar de régimen alimentario hay que fijarse de entrada un objetivo, privativo de cada cual, personalísimo. Este objetivo quizá cueste un poco encontrarlo al principio. Tiene que ser concreto, realista y accesible para la paciente. Pongo un ejemplo: «Reducir o suprimir el consumo de almidón sirve para mejorar la vista. Como yo soy miope, me propongo recuperar la vista gracias a una dieta basada en frutas y verduras crudas». Les interrogo sobre el objetivo personal de cada una de ellas. Únicamente Carmen y Virginia reconocen que ya están listas. La primera afirma que «gracias a la dieta podrá suprimir su dependencia del alcohol», mientras que la segunda dice que «una alimentación sana le permitirá poner orden en el espacio interior de su cabeza, aclararse las ideas, atisbar la luz al final del túnel».

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