5.3.26

Diario del doctor Piqueras [01] 19 de mayo de 1988

Mi tesis sostiene lo siguiente: toda enfermedad, sea física o psíquica, procede de una alimentación inadecuada al ser humano, que a lo mejor se prolonga durante décadas. La acumulación de toxinas, la carencia de los nutrientes básicos, desembocan en un estado morboso, que se acentúa, agrava y complica de persistir con este tipo de dieta.

Soy director médico en un centro de rehabilitación, a las afueras de Inca. Puedo realizar experimentos con mis pacientes, de manera que confirmen o desechen la hipótesis inicial.

También cuento con encomiables precedentes elaborados por mis colegas, como El estudio de China, del doctor Campbell, afamado científico estadounidense. En ese trabajo demuestra que el exceso en el consumo de proteínas (de origen animal) acarrea complicaciones en el organismo hasta desembocar, finalmente, en cualquier tipo de cáncer o en un infarto. Concluye que los alimentos de origen animal, así como los vegetales procesados (hoy diríamos más bien «refinados»), son la causa principal de la mayoría de las dolencias. La diabetes, por ejemplo, no es porque hayamos envejecido, ni el cáncer de mama tampoco es una fatal consecuencia genética, sino que son el resultado de unos hábitos poco saludables y de una alimentación deficiente. El cuerpo, saturado de toxinas, ya no puede más, se declara en quiebra, con toda una sintomatología perfectamente catalogada en los libros de medicina.

Me propongo revertir la tendencia: en vez de empeorar el estado de salud de una mayoría de inconscientes, se fortalecerán los cuerpos y los ánimos con la adopción de hábitos conformes a nuestra morfología.

Escribo estas notas en una pausa de media tarde, dentro de mi despacho, mientras aguardo la llegada de la paciente alojada en la habitación número 212 de nuestro confortable edificio con parque y un muro exterior de piedra.

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