La mayoría de vosotros, reunidos aquí conmigo, os preguntaréis si esta dieta está hecha para vosotros, si seréis capaces de resistir tantas tribulaciones como se anuncian. Muchas personas están dispuestas a cambiar no pocas facetas de sus vidas: cambiarían de moda, de novia, de trabajo, de coche…, de ciudad incluso, si acaso se dan las circunstancias que tales cambios exigen. Pero hay dos aspectos, quizá tres, a los que uno no está dispuesto a renunciar: se mantendrá siempre fiel a su religión, a sus tendencias políticas y a sus hábitos alimentarios. Puede haber una evolución, pero básicamente comerá igual desde la cuna hasta la sepultura. La diferencia más importante estribará en las cantidades. Parece ser, asimismo, que el joven rechaza con bastante ímpetu las frutas y hortalizas, mientras que conforme va creciendo y pasa a la edad adulta tolera mejor estos productos; incluye en su dieta ensaladas, aunque por lo general esto sucede de forma anecdótica. La base, tal y como nos han enseñado erróneamente en las escuelas, la constituyen los cereales, los tubérculos como la patata, ricos en almidón, los derivados de la leche y las carnes y pescados. Las frutas y hortalizas, que deberían constituir la base de todos nuestros regímenes, quedan relegadas a un segundo o tercer plano, prácticamente irrelevante. Pues bien, en aras de recobrar una salud óptima, es hora de corregir semejantes desaciertos. Todos estamos capacitados para lograrlo. En primer lugar, se requiere una información de qué estamos haciendo, por qué lo hacemos y hacia dónde nos dirigimos. En segundo lugar, contamos con apoyos o muletillas, entre las cuales quizá la más importante sea la llamada «dieta de transición», durante el transcurso de la cual acostumbramos al cuerpo a este nuevo régimen y damos tiempo para que la microbiota alojada en los intestinos se restablezca. También reducimos el número de las «bacterias de putrefacción» y un hongo, muy peligroso, llamado Cándida. La candidiasis no es más que una infección provocada por este parásito, que se alimenta con los excesos de azúcares complejos.
Por supuesto, aparecerán efectos secundarios bastante desagradables, sobre todo durante los primeros meses, puesto que se trata de suprimir una adicción y de reducir la hinchazón generalizada. El cuerpo, en cuanto recibe un extra de energía, aprovecha para realizar labores de limpieza. Acontecen entonces las diarreas, los dolores intensos de cabeza, las fiebres, los temblores en manos y piernas, los vómitos y los resfriados interminables. No hay que alarmarse por todos esos síntomas, los cuales nos indican que nuestro metabolismo, efectivamente, ha iniciado un proceso de desintoxicación. En todo caso, no hay que interrumpir nunca esa dieta tan especial, ni acudir tampoco al subterfugio de los medicamentos. Dejemos al cuerpo expresarse libremente. Él sabe mejor que cualquier médico de cabecera cuáles son los pasos que debemos seguir, dónde radica lo accesorio y dónde lo de vital importancia.

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