La señora Virginia me mira con ese arrobo de niño a quien cogen con las manos en la masa.
—Yo…
Enseguida reacciono:
—Se me ocurre algo para ayudarla en el esclarecimiento de sus dudas. Verá, no se eche demasiado las culpas por haber caído en esa diabólica tentación. Otros caen en el alcohol, en el tabaco, en las tabletas de chocolate, en los juegos de azar… Son trampas que tiende el sistema a los incautos. La mayoría, si no en esto, en aquello, se deja atrapar. El más inocente pasa cuatro horas diarias delante del televisor, lo que, bien mirado, representa una de las peores trampas: te hipnotiza, te idiotiza, te usurpa la capacidad de autogestión. Por consiguiente, nada de autoculparse; el sistema, en gran medida, tal y como está montado, es el verdadero culpable.
—Si hubiera escuchado a quienes procuraban mi bien, tal vez no estaría aquí ahora, sino en mi casa: contenta y satisfecha de poder disponer de mi tiempo.
—Insisto en que no deben recaer todas las culpas en uno mismo. Le contaré cómo, en líneas generales, funciona esto: Cuando éramos pequeños alguien, un familiar, el maestro de la escuela, un compañero de juegos se encargó de minar nuestra confianza y autoestima. Nos repetía sin cesar que éramos unos «borricos», que «no servíamos para nada», que «todo cuanto tocábamos lo estropeábamos». Estas frases pueden quebrar la frágil confianza acumulada en la mente de un niño. Crean las bases del complejo de inferioridad, transformado más tarde en complejo de superioridad. Y con este odioso «legado» también nosotros minaremos la confianza de algún pariente. Hay algo que se transmite de padres a hijos, además de los genes: el boicoteo de la autoestima. Usted, como tantos otros, es víctima de una herencia envenenada: durante el período de crecimiento le robaron esa dosis necesaria de confianza y estima. Esta malquerencia es la causa principal de las desdichas que acosan en la etapa adulta.

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