El concepto de libertad adquiere connotaciones positivas en la mente del que habla. La libertad es afirmación. Por el contrario, la negación constituye trabas en su desarrollo. Como una planta con respecto a la luz, su privación total conduce a la muerte.
Distinguimos entre libertad absoluta (imposible) y libertad relativa, sujeta a los parámetros del espacio y del tiempo. Se atribuye a las personas, nunca a los animales o a las plantas, por mera arbitrariedad del razonamiento humano, que suele ser especista y antropocentrista, es decir, toma como patrón de medida el que conviene a sus rasgos y morfología. El mundo lo contempla, pues, desde la óptica meramente humana, por lo que es lógico que se atribuya a sí mismo facultades de inteligencia, resistencia, adaptabilidad, imaginación, agilidad, eficacia e ingenio. Para compensar, también se atribuye elementos negativos, como por ejemplo la violencia o la impulsividad descontrolada.
Desde la perspectiva vital u orgánica, no intelectual ni ideológica, entiendo la libertad como «el conjunto de elementos que facilitan el desarrollo tanto físico como espiritual de un ser vivo, no necesariamente humano». En esencia, se trata de disponer del suficiente espacio-tiempo como para permitir la plenitud del ser, el avance hacia la totalidad.
Es un concepto graduable, en constante evolución y modificación por las circunstancias. Se puede afirmar, de este modo, que uno se siente totalmente libre en tal o cual faceta de la vida, pero menos libre en tal o cual otra.
Acudiendo a un simil, nos atrevemos a compararla con la savia que otorga la vida a las plantas y con la sangre purificadora que recorre, para alimentarlos y robustecerlos, los órganos del cuerpo. La libertad absoluta equivale, en este sentido, a toda ausencia de trabas, impedimentos o enfermedades que obstaculizarían la circulación de esa sangre purificadora.
Por desgracia, no es frecuente; casi siempre surgen los obstáculos que actúan contra el pleno desarrollo de las personas o de los seres vivos. Este fenómeno no tiene por qué contemplarse necesariamente como una fatalidad. En efecto, la mesura actúa como un factor sanador y equilibrante. Demasiada libertad la destruiría. Pongamos un ejemplo: leer es bueno, a condición de que no nos excedamos, puesto que un exceso de lecturas implicaría fatiga en los ojos y en la mente. Este placer de índole intelectual acabaría convirtiéndose en quebradero de cabeza si no aplicáramos las dosis adecuadas, conforme al instinto.
Los excesos actúan contra la libertad, al desbaratar el pleno desarrollo de las personas; y las carencias, igualmente. Se precisa de un sano y justo equilibrio para experimentar la plenitud vital, el desarrollo del cuerpo y de la mente.
Desde nuestro concreto punto de vista humano, es importante disponer del suficiente espacio-tiempo para lograr un desarrollo óptimo. Es aquí donde se plantean serios interrogantes: ¿Nuestros actuales sistemas respetan esta exigencia natural? ¿Disponen los individuos del suficiente espacio-tiempo como para poner en marcha el desarrollo tanto físico como intelectual? Mucho me temo que no. Pero existen grados que se ven alterados por las edades que atraviesa el hombre. Un niño quizá disponga de más tiempo y de más espacio que una persona adulta, y por lo tanto se sentirá más libre, podría dar rienda suelta a su imaginación y al goce del espíritu. Ahora bien, las obligaciones colectivas (el asistir a las clases) recortan esta disponibilidad. Peor aún, en lugar de disponer del espacio-tiempo como factor de desarrollo, lo utilizará de modo perverso: la libertad se ahogará en el ciénago de su obstinación. Un ejemplo típico lo representa el adolescente que se pasa las horas delante de una pantalla, incomunicado y próximo a la condición de autista. Obviamente, el tiempo de que dispone fuera de sus compromisos no le está ayudando a adquirir un desarrollo satisfactorio, sino que lo anquilosa y entraba su plenitud en tanto que persona y ser vivo.
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De acuerdo con la experiencia, basémonos en un personaje-tipo y examinemos su horario, de qué manera gasta, malgasta o aprovecha las horas diurnas:
Conforme a lo estipulado en el contrato laboral, debe permanecer en su puesto 35 h semanales, lo que representa 7 diarias y un descanso de dos días. Fuera de ahí, es obligado que duerma unas 7 u 8 horas cada día. Le quedan libres, pues, 9 horas. Pero con frecuencia hay una pérdida de tiempo por el transporte cotidiano de casa al trabajo y del trabajo a casa. Los que viven en ciudades grandes sufren con más ahínco los percances de esta rutina, que exige un promedio de dos horas: una para la ida, otra para la vuelta. Esto supone que en realidad nuestro pequeño obrero, asalariado o empleado de oficina dispone de unas 7 horas para él. Ahora bien, es preciso descontar el tiempo dedicado a lavarse, vestirse y comer. Trataremos de ser generosos: media hora para lo uno y lo otro, y como en general las comidas se distribuyen en cuatro momentos (desayuno, almuerzo, merienda y cena), el total nos da 2 horas robadas a las 7 iniciales. Así que nos quedan 5 horas libres. Pero no siempre dispondremos de ellas. ¡Hay tantos compromisos!, acudir a la cita con el dentista, ir de compras, sacar el perro a pasear, realizar una visita a los suegros, etc. Ciertamente, nuestro tiempo está contado hasta el último minuto. A pesar de lo cual, el ciudadano medio se obstina en darse un tiempo para descansar. ¿Haciendo qué? Se pone a mirar la tele, echado en el sofá, desde luego. Y eso era antes, porque ahora el tamaño de la pantalla se ha reducido: ahora mira a todas horas, en cualquier momento, la de su teléfono móvil, donde, al parecer, hasta lo más banal adquiere un interés absoluto.
Si realizamos las cuentas advertimos que el tiempo de que dispone (para su desarrollo en tanto que persona) escasea seriamente. No obstante, vive en un país considerado democrático, en donde la Libertad es una de esas banderolas que decoran los ideales básicos.
Dirá: «Soy libre y vivo en un país libre porque puedo votar a quien me plazca». Pese a lo cual, ¿cuánto tiempo tiene para él? Felizmente, persisten los domingos y un mes de vacaciones anuales. Su libertad crece entonces porque los compromisos con el tiempo decrecen.
¿Y qué sucede, mientras tanto, con el espacio? Bueno, me dirán, puesto que se ha comprado un coche dispone de mucho espacio por recorrer. Al hamster le ocurre, precisamente, lo mismo: entra en la rueda y así se figura que recorre kilómetros y kilómetros, aunque el paisaje, monótono, lo sigan constituyendo la serie de barrotes, el suelo de plástico acolchado con paja, el comedero metálico y la botellita de plástico puesta boca abajo para abastecer el agua del recipiente. La vida es para él monótona, pero tal vez ni siquiera se dé cuenta de ello. ¿Y los hombres, se dan cuenta? El espacio está tan acortado como el tiempo disponible, y aun así presumen de seres libres. Claro, podrían mandarlo todo al carajo, ponerse a hacer autoestop, realizar alguna locura de vez en cuando, convidar a los amigos juerguistas cada sábado por la noche y negarse a vestirse correctamente los domingos por la mañana.
En vista de lo cual, consideramos el espacio tan sujeto a restricciones como lo pueda estar el tiempo. ¿Seguirá el ciudadano corriente presumiendo de libertad? Sí, porque en el fondo es una cuestión psicológica: aunque le hayan robado el tiempo y el espacio, aún puede seguir soñando en horas de oficina; puede, en determinadas ocasiones, «pensar lo que le dé la real gana», insultar a quien quiera (de todos modos, no le va a oír), acordarse de la vecina o vecino tan agradables o desagradables, entablar conversación con el fantasma de tal amigo de infancia, corregir los disparates de su adolescencia, atreverse a soltar un piropo a la más guapa de la clase en su último año de facultad. Como mínimo, todos esos pensamientos fugaces le servirán para desahogar penas. ¿Supone éste el último reducto de la libertad?, ¿un lugar virtual donde ha hallado refugio?, ¿la guarida que ha escapado a las exigencias de la servidumbre?, ¿el mundo privado donde el yo puede afirmarse enteramente? Quizás así fuera un tiempo atrás; desde hace pocas décadas el intelecto también ha sido invadido. Ahora el ciudadano ya no piensa lo que le da la gana sino lo que le imponen las conductas ajenas y, sobre todo, las pantallas que por todas partes lo rodean. Al entretener la vista sobre ellas, su pensamiento se diluye, se evapora más bien, es arrastrado por un río turbio de imágenes, sonidos enloquecidos, gritos y disparates que lo envenenan a uno.
¿Qué queda, pues, de nuestra ansiada libertad? Pues queda una palabra vacía de contenido, un folklore con el que llenar los días festivos de galas y espectáculos diversos y la pintiparada ocasión de los oradores de turno para perorar en las tribunas oficiales acerca de la nada y sus incontables matices.
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