La planta que aparece en la foto la compré en Carrefour hará cerca de un mes. La llaman Calluna vulgaris, o, para que nos entendamos, brezo, biércol o brezina. Me sedujo el colorido morado y el precio. «Ya le encontraré un hueco en la cocina», pensé.
Me llamó la atención lo ligera que era, como si la maceta estuviese desprovista de tierra. Y la planta en sí, un peso pluma.
El primer día la regué y luego casi me olvido de ella, no parecía que pidiese mucha agua. Permanecía inmutable en su rincón (no muy soleado, todo hay que decirlo).
¿Cuál no fue mi sorpresa cuando, pasadas varias semanas, descubrí que se había secado? Al palpar la tierra, comprobé que estaba dura como cemento. Y sin embargo, no había perdido el color, las florecillas moradas seguían colgantes. Sí, amigos, también en el mundo de las plantas las apariencias engañan.
De esta experiencia deduzco que antes de regar conviene palpar la tierra para asegurarse del estado del suelo, si está sediento o no.
También comprendí que el modo de regar es importante: con regadera, con vaporizador y por inmersión. Este último truco supone un verdadero auxilio: se introduce la maceta en un recipiente y luego vaciamos todo un litro, o más, sobre la planta, de modo que la tierra quede calada hasta los topes. Después sacamos la maceta y dejamos que chorree hasta que haya vaciado el excedente de agua. Esta técnica sirve para salvar más de una planta a punto de convertirse en mero pasto para las cabras. El peligro principal viene cuando dejamos agua encharcada en el platillo, entonces se pudren hasta las más sanas y nuestro trabajo se echa a perder.
Hay plantas, como la esparraguera, que exigen el riegue en forma de lluvia (con vaporizador). Del mismo modo, los helechos adoran la humedad en el ambiente y esta técnica permite mantener ciertos niveles óptimos.

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