En cuanto a la dieta crudivegana, mi consejo es el siguiente: no conviene aplicarla al 100%, sino bajar el porcentaje hasta el 90 o el 80%. Esto supone que una o dos veces por semana nos daremos el gustazo de comer algo cocinado (preferiblemente, al vapor). En mi caso, los lunes yo o mi esposa preparamos unas deliciosas lentejas sin patatas ni carne; suelen llevar zanahorias en rodajas y cebolla, aparte las especias como el pimentón dulce. Los jueves, en ocasiones, cocinamos al vapor col blanca, judías verdes planas, puerro, col de Bruselas, etc. Los platos cocinados de este modo me saben deliciosos, y son buenos para la salud. No tanto, eso sí, como los crudos. A este régimen añado el ayuno intermitente, que consiste en guardar un ayuno de 16 horas, desde las 17 horas hasta las 09 horas del día siguiente. Esta última costumbre me permite pasar excelentes noches, con sueño apacible. El cuerpo dispone de tiempo para descansar, puesto que las cenas copiosas desaparecen y no hay trabajo extra.
¿Por qué he dicho antes que no convenía guardar una dieta cruda completa? Porque el factor emotivo también cuenta, y porque no estamos solos. Cierta flexibilidad nos hace más sociables, podemos comer en casa ajena sin sentirse un extranjero que incordia con sus extravagancias. De todas formas, cuando uno adopta este tipo de alimentación siempre se verá confrontado, tarde o temprano, a la renuncia. El que, como yo, se conformará con lo cocinado al vapor o con un buen plato de lentejas, anhelará los riquísimos platos de arroz, las lasañas de espinacas, las pastas a base de harina de centeno, con salsa de tomate por encima... Pero si también se decide a comer este tipo de platos, entonces echará a faltar las tortillas de patatas, las ensaladillas rusas o los filetes de merluza rebozados con migas de pan. El que adopta una dieta cruda, aunque no sea al 100%, que se prepare para echar de menos algo. La renuncia se convertirá en compañera inseparable de aventuras.

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