Cuando se hace un cambio hacia una dieta más sana, siempre hay un factor desencadenante. En mi caso fue, a los 42 años, el persistente dolor de espalda. En dos ocasiones se me bloqueó y no podía moverme. Una dieta adecuada + abdominales diarios resolvieron el problema. Más tarde cambié de cama. Ahora duermo en el suelo, sin colchón. Tampoco utilizo almohada.
Cedo la palabra a Alicia Campos, la persona que ha confesado ser adicta a los juegos de azar. Nunca ha estado casada y hasta la muerte de su madre, ocurrida en fecha reciente, no ha sabido lo que es vivir sola y con total independencia. Mantiene relaciones calamitosas, de hostilidad, con una hermana y un hermano mayores que ella. Por suerte, el segundo vive lejos de esta isla, mientras que la primera está alojada en Alcudia, donde trabaja como mujer de la limpieza en un hotel de cuatro estrellas, situado en primera línea del mar. Alicia es, físicamente, una mujer del montón: morena con pelo ondulado, carnes fofas, doble papada, dedos regordetes, un trasero tan abultado como un pandero y forma de cuerpo amorcillada, que es común a todos aquéllos que padecen problemas de sobrepeso. No se siente acomplejada; pero sí, dice, «molesta con la vida», a la que culpa de no haberle ofrecido excesivas oportunidades.
Por su aspecto físico, es quizás de las cuatro la que más necesite una depuración y renuncia estricta de los alimentos que engordan. Aclara que ha renunciado, durante esta semana, a los cacahuetes salados y tostados (por los que experimenta una afición irreprimible), y al pan de las comidas y las meriendas. Subraya, no obstante, que le resulta por ahora imposible anular el de los desayunos y las cenas. Para ella, comer representa un placer, seguramente el único a su alcance, cuya renuncia exigiría por su parte enormes sacrificios, dolores y esfuerzos ímprobos.
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