26.6.26

ASC [1]

Capítulo 1

La historia que voy a contar se basa en la pura realidad, sólo modifico los nombres de algunos personajes, así como las descripciones físicas. Existen también variaciones en la topografía, y del atolladero cronológico salgo bien parado, pese a ciertas dificultades ocasionadas por la pérdida de memoria. ¿Qué quieren, me estoy haciendo viejo! Intento mostrarme fiel al espíritu, y no tanto a los hechos que experimentan las modificaciones propias de toda narración, con sus puntos de vista y subjetividades inherentes. Realizada esta introducción, paso a referirles un suceso que tiene para mí no poco de mágico, bastante de anecdótico, y mucho de regocijo para el lector (eso espero, al menos).

* * *

A mediados de septiembre de 1998 me esperaba en el bar de la estación de autobuses de Alicante un hombre, llamado Julián Alvárez, a quien no conocía sino de oídas. Un amigo de ambos, Francisco Quesada, había preparado este encuentro entre un sexagenario de vida apacible en el campo y un veinteañero de ciudad, cumplidos los 25 en abril. Al atravesar la puerta acristalada observé la hora en mi reloj de pulsera: las siete menos cinco. Sentados a la mesa, una pareja de franceses, según deduje de su parloteo en esa lengua refinada. La cena que se estaban ofreciendo era bastante opípara, con un buen plato de tortilla, ensaladilla rusa y calamares a la romana. Sabía que allende los Pirineos la gente suele cenar en horas razonables, no comete la locura española de hacerlo en torno a las diez.

Nadie en el mostrador, salvo el camarero, quien se entretenía secando vasos. Pasé por delante de la pareja, a quienes saludé con una inclinación de cabeza, y me coloqué justo al lado del grifo del barril de cerveza. Era plateado, pero el líquido que vertía era dorado y espumoso. El olor rancio impregnaba las cercanías.

—Buenas tardes. Una semi, por favor.

—Enseguida.

Se echó la servilleta al hombro, sacó del estante oculto un vaso, y de la cámara frigorífica un botellín, y acompañó la bebida con un platito de aceitunas. Encontré extraño, de repente, que Julián y yo hubiésemos acordado reunirnos en un sitio tan propicio para los reencuentros y las despedidas. ¿Dónde estaría, por cierto? Eché un vistazo a mi alrededor y descubrí a un hombre que avanzaba por entre las mesas, a través del pasillo que conducía a los servicios. Adiviné al instante que se trataba de él: de mediana estatura, con barba entre gris y blanca, hasta el principio del pecho, y cabello sedoso, ensortijado y abundante, de un gris refulgente. Vestía camisa holgada de algodón y pantalones del mismo tejido, el uno de un marrón claro, la otra de un marrón ligeramente más oscuro. En bandolera, un saco de tela basta, seguramente esparto.

13.6.26

DP [62]

25 de noviembre, un martes despejado en la ciudad de Palma, por la mañana.— El fallo del jurado tardamos en recibirlo unas tres semanas. Cabía la apelación, pero yo no estaba dispuesto a embarcarme en luchas jurídico-administrativas. Si algo detesto en las sociedades diseñadas por el hombre es el papeleo. La burocracia tiene algo de autómata asestándose golpes en la cabeza con un palo, mientras siga disponiendo de cuerda. Había procurado por todos los medios convencer a mi esposa de que el acontecimiento —la pérdida de mi empleo— podía tomarse por el lado bueno: representaba una ocasión de recomenzar nuestras vidas, explorar nuevos itinerarios, cambiar de país incluso, ¿por qué no marcharnos a Costa Rica, donde nos esperaba un régimen de frutas como nunca habíamos soñado? Escéptica, y apegada al terruño, se negaba a dar su brazo a torcer, lazos tanto físicos como sentimentales la ataban al archipiélago balear, donde tanto había amado y sufrido a la vez, mucho más lo primero que lo segundo.

El fallo estaba escrito en ese lenguaje engorroso, jurídico-administrativo, que parece a veces apartarse del castellano como un buque que abandona el puerto arrojando por las chimeneas penachos de humo negro. Leí muchos «considerandos», y muchos «resaltandos», y muchos «coligiendos» antes de llegar a los «resultandos», los cuales aportaron como sanción de orden administrativo la imposibilidad de ejercer en el sector de la medicina durante un período de tres años, a contar desde el recibimiento de la notificación, certificada y con acuse de recibo. El propósito no era perverso, con todo, sino que los jueces demostraban una extraordinaria conmiseración para con mi suerte en el aspecto económico. En efecto, de la bolsa común disponible en el Colegio de Médicos destinaban una suma mensual, con la que yo podría ir tirando hasta finalizar el susodicho plazo de los tres años de impedimento. Representaba poco más de la mitad de mis ganancias actuales. Y esto me permitiría no sólo mantener mi estatuto, sino osar el crédito bancario para adquirir el piso del Paseo Marítimo. No obstante, expresé a mi mujer el deseo (a mis ojos, grandioso) de partir con lo puesto y unos buenos ahorros al istmo americano, donde existe un país muy tranquilo y muy verde, llamado Costa Rica. Si aquí no éramos ricos, con ese dinero yo podría comprar allí una casita con jardín y encontrar algún empleo relacionado con el sector médico. O incluso podríamos vivir sin trabajar, le aseguré, a condición de que plantáramos árboles frutales y nos volviéramos autónomos, los robinsones crusoes de la época presente. De realizarse así, no podríamos contar con la paga concedida por el Colegio de Médicos de las Islas Baleares. Poco me importaba, desde el momento en que nos dábamos una segunda oportunidad en tierras lejanas, en un paraíso diseñado por nosotros mismos, conforme a nuestros sueños, gustos y aspiraciones. Elena accedió, le costó un mundo, pero acabó por ceder a la perspectiva de iniciar, siempre a mi lado, una vida distinta, inédita.

A eso de las doce de este día soleado, en el que ya se mascan los preparativos de las fiestas navideñas, topo en el mercado cubierto del Olivar con la antigua paciente, Virginia Sevillano. ¡Cuánto ha cambiado, Dios mío! La veo resplandeciente, más delgada y más bonita que nunca, con un pelo que da envidia tocar, una mirada luminosa y un cutis fresco y suave como pétalos de rosa. Su cesto está cargado de frutas, asoman puerros, corazones de ensalada, un cucurucho de almendras peladas… Me cuenta, satisfecha, que ha respetado (con infidelidades) mis indicaciones culinarias. Esto ha funcionado tan bien que se ha operado una transformación en todo su ser. Por fin ha logrado perdonar a todos aquellos que le habían hecho daño (a su hermano, a su hermana y a su madre). Sobre todo, confirma perdonarse a sí misma. Hechas las paces, la felicidad ha vuelto a ella. Se abre a los demás; con sinceridad, con franqueza, sin tapujos. Esta nueva actitud le ha procurado sorpresas y gratificaciones, entre las cuales incluye el encuentro con alguien digno de su amor. Tan así es que la pareja ha proyectado, señala entre risas, la boda para mediados de marzo. «¡Bravo!», la felicito colmado de gozo. Yo le informo de nuestro próximo traslado al istmo americano. Le confieso que mi lema actual es el siguiente: «Un régimen exclusivo de frutas, frescas y maduras, abre las puertas del paraíso terrenal». Oír esta oración y ponerse a reír es todo uno. Precisamente, la tonalidad de su risa imita a la perfección el canto suave de un canario.

FIN

[Nota del autor: Este libro es una novela corta, pertenece al género de la ficción, todos los personajes y situaciones son inventados. Conviene no tomar al pie de la letra las apreciaciones médicas que aquí aparecen, sino hacer caso, y prestar atención, al parecer de un facultativo, en la ocurrencia el médico de cabecera o cualquier especialista que tratara nuestra dolencia.]

12.6.26

DP [61]

Ahorro, transformado el interrogatorio en un diálogo de sordos, al lector la transcripción completa de lo hablado durante la entrevista del catorce de octubre. Baste con precisar que el número de acusaciones ascendía a cinco. A las dos primeras, ya explicitadas, sumaron: tercera, la supresión de los desayunos, con el riesgo de anemia que esto supone; cuarta, la flagrante ausencia de macronutrientes en el régimen elaborado por mí, al haber eliminado carnes y lácteos, e incluso los huevos, fuentes «imprescindibles» de proteínas y de lípidos; y quinta, la falta de auxilio a dos personas que padecían un cuadro severo de diarreas, con peligro de deshidratación. En lugar de recetar un paliativo, les había aconsejado que «llevaran su mal con paciencia, pues todo proceso de desintoxicación implica diarreas, migrañas, flojedad y pérdida ostensible de peso».

Por toda respuesta, señalé que el sistema elaborado por el profesor Arnold Ehret considera los alimentos, no por lo que aportan (macro o micronutrientes), sino por su capacidad barredora, eliminadora, y creadora, o no, de mucus. Afirma que en las frutas y en los vegetales crudos y comestibles se hallan cuantos nutrientes requieran las funciones del cuerpo humano. Sobre las diarreas, es opinión generalizada que deberían facilitarse los procesos naturales de evacuación, no obstruirlos, o incluso erradicarlos mediante el suministro de cualquier droga disponible en las farmacias.

Oír esto último fue para ellos el colmo. A partir de ese momento, procuraron abreviar la entrevista; si bien, nunca dejaron de mostrarse cordiales y sumamente amables conmigo. Poco después de las dieciocho horas abandonamos los locales del Colegio de Médicos. Yo regresé a mi casa a pie, con la certeza de que había tirado por la borda mis esperanzas de continuar por el sendero habitual. Un sendero tan largo que casi abarcaba la mitad de mi vida, desde que finalicé la carrera de medicina para instalarme en la mayor de las Islas Baleares, recién contraído el matrimonio con una muchachita de la comarca.

11.6.26

DP [60]

P2.— No entraremos en los detalles de su «método», si cuenta con una probada experiencia de éxitos o no. Lo que abordaremos a continuación son los motivos de esta charla en la sede del colegio de médicos. Se impone un análisis de su proceder en la clínica de Inca estos últimos dos meses. Primeramente, se le reprocha fallos formales; debió efectuar una consulta con el director del centro antes de lanzarse, a tontas y a locas, en un experimento que hubiera podido estropear la integridad de alguien.

JP.— Todo lo contrario; estaba dispuesto a claudicar al menor signo de alarma…

P2.— No me interrumpa. En segundo lugar, y ésta es una acusación más seria, nos consta que ha propuesto a sus pacientes el abandono de la medicación, con el peligro que ello acarrea. Leo [el hombre ha atrapado uno de los papeles que había dentro de una carpeta naranja]: «La medicina alópata y el método de curación mediante la dieta amucosa son incompatibles. O lo uno o lo otro: no se puede servir a dos amos a la vez».

JP.— Es cierto que tomar medicamentos mientras uno practica el ayuno o una dieta a base de frutas y hojas verdes conlleva un riesgo que hay que procurar evitar. Dije a las chicas que tenían que suprimir toda la medicación, aunque esto exigiera un poco de tiempo, pues hacerlo de golpe y porrazo es locura arriesgada, de consecuencias imprevisibles.

P3.— Locura propuesta, no obstante, por usted mismo a sus pacientes.

JP [Intuyo que ha llegado el momento de demostrar que uno es ehretista de los pies a la cabeza, fiel a ciertos principios que abren las puertas del paraíso terrenal].— En efecto, comer sólo frutas y proseguir la toma de pastillas o de jarabes sería cometer una imprudencia que a más de uno le ha costado la vida.

P1.— ¿Valía la pena, entonces?

JP.— ¿Renunciar completamente a la ingesta de píldoras? Por supuesto que sí.

P2.— Compruebo que estamos llegando a un punto muerto en la conversación. Usted dirá que sí y nosotros continuaremos negándolo. En algún momento, ¿se ha planteado rectificar?

JP.— Nunca. Me reafirmo en mis creencias y en mi postura inicial. Todavía me queda mucho por aprender, pero es en el terreno de la sanación por métodos naturales, a través del ayuno, la alimentación correcta y los ejercicios tanto físicos como respiratorios.

P3.— ¿Y asume las consecuencias?

JP.— Desde luego; asumo todas ellas, buenas o malas [sostuve, tan apaciguado en apariencia como una tortuga que masticara hierba].

10.6.26

DP [59]

P1.— Explíquenos la naturaleza de esas novedades.

JP.— El razonamiento es simple y no procede de mí, sino de la escuela ehretista, fundada por el profesor Arnold Ehret en la segunda década de este siglo. Se fundamenta en la dieta amucosa, acompañada de ayunos racionales y de una dieta de transición, para las personas que soporten mal la supresión de los almidones, las carnes y los lácteos. Todo parte de una idea básica: somos seres frugívoros y todo lo que se distancie de este régimen alimenticio nos enferma. En realidad, cualquier enfermedad no es más que una serie de síntomas de un cuerpo atascado por la acumulación de mucus. Es el intento más o menos fructífero por desembarazarse de las toxinas y venenos que se han ido almacenando con el transcurso de unos años en los que se mantenía una dieta perjudicial, también en el terreno sicológico.

P2.— ¿Existe literatura científica que trate estos temas?

JP.— Sí. El propio Arnold Ehret escribió una serie de libros, entre los que destaca «El sistema curativo por dieta amucosa», publicado poco antes de su muerte, en octubre de 1922. Se conservan, además, cartas y numerosos testimonios de los pacientes que trató en su sanatorio de California. Su vida misma supone un testimonio elocuente de la veracidad de cuanto afirmaba.

P3.— ¿Desde cuándo es ehretista?

JP.— Desde hace poco más de diez años. Estuve confrontado a problemas de espalda y, siguiendo las indicaciones del profesor, obtuve una cura definitiva. A partir de entonces, no he vuelto a experimentar dolores de espalda.

(Sentía que mi discurso estaba siendo coherente con mis creencias. Hay cosas a las que uno no está dispuesto a renunciar, por mucho que vea su porvenir en peligro. Por otro lado, no pocas veces había fantaseado con la idea de dejarlo todo, profesión y estatuto social, para marcharme con Elena a una región tropical, ¿por qué no Costa Rica? Allí dispondría de una variedad asombrosa de frutas, las cuales son difíciles de encontrar en Europa.)

P1.— ¿Y por qué precisamente ahora ha decidido practicar con sus pacientes las excelencias de su «método»?

JP.— Le repito que no es mío. Yo no he inventado nada. Se pueden consultar los precedentes en cualquier biblioteca especializada. La dieta amucosa es considerada, en realidad, una modalidad de la naturopatía: la sanación por remedios naturales. Algunas charlas con mis pacientes me animaron a llevar a cabo el proyecto. Se crearon dos grupos; el primero desistió al poco de comenzar; y el segundo, formado por cinco mujeres que acabaron siendo tres, aguantó dos meses escasos. Los resultados puedo considerarlos satisfactorios. Aparecen en un diario que pongo, obviamente, a disposición de este tribunal, por si resultara útil para el esclarecimiento de dudas.

9.6.26

DP [58]

Durante varios días, especialmente los que habían precedido a esta fecha fatídica, habíamos estado preparando Elena y yo la entrevista con sumo cuidado. Puesta la atención en las trampas y errores factibles, habíamos acordado ambos que convenía elogiar el oficio de la medicina, como una institución altruista y generosa, no contradecir la escuela alópata, aunque haga uso exagerado de la química y los efectos colaterales aparezcan en los prospectos con letra diminuta (por si a alguien se le ocurre leerlos). Del mismo modo que uno no critica al cirujano que trata de restablecer la posición de dos huesos rotos en una caída, no había que censurar el hábito de tomar una aspirina para combatir el dolor de cabeza, por más que en la mayoría de los casos se autodesvanezca con tan sólo mostrar un poco de paciencia. Opiniones demasiado arriesgadas, atrevidas, casi insolentes, debían ser omitidas a fin de conservar el libre ejercicio de la medicina. Ofrecer una imagen de conformista, de persona que no censura métodos ortodoxos, antes bien, califica la naturopatía, la acupuntura, la musicoterapia y otras extravagancias por el estilo de seudociencia propia de charlatanes, válida únicamente para enriquecer a unos cuantos. La doctrina oficial, por otro lado, cuenta con los apoyos de la ciencia y las instituciones. No se pueden evitar ni la vejez ni la muerte, pero el cuerpo médico y los hospitales, así como las farmacias, están ahí para remitir los sufrimientos y mejorar la calidad de vida del ciudadano medio.

Pese a mi escepticismo, estaba dispuesto a respetar la línea de conducta trazada con el beneplácito de mi esposa. La sinceridad al desnudo, delante de un jurado, representaba un riesgo evidente de ocasionar mi pérdida. No sólo mi puesto en la clínica Santa Ágata, sino la posibilidad de abrir por mi cuenta un gabinete, quedarían vedados por un tiempo establecido en el fallo del tribunal.

La memoria la conservo bastante intacta. Tal vez haya modificado en esta transcripción de preguntas y respuestas el orden, pero la esencia y fidelidad de las expresiones y comentarios se mantienen desde la primera hasta la última palabra…

P1 [interrogador del centro].— Comencemos, pues. El secretario toma nota. Los tecleos de su máquina suenan amortiguados, en absoluto perturbarán el hilo de nuestra conversación. Don José Piqueras, tenga la amabilidad de presentarse con un par de frases sencillas.

JP.— Buenas tardes, hace más de catorce años que ejerzo mi oficio en el centro de Santa Ágata, en Inca, especializado en la recuperación de personas que padecen algún tipo de adicción, desde las drogas y el alcohol, hasta las de índole sicológica, como la excesiva afición a los juegos de azar.

P2 [interrogador del lado derecho].— ¿Alguna queja en su cometido? ¿Algo que señalar?

JP.— Ninguna. Mis relaciones con los compañeros, las enfermeras y los celadores, se han mantenido en todo momento cordiales. El director don Francisco Pérez García y yo somos amigos desde hace años, fuera y dentro del sanatorio. Siempre he contado con su apoyo y respaldo.

P3 [interrogador del lado izquierdo, el cardiólogo con gafas y largas patillas].— ¿Incluso en estos últimos meses, durante los cuales ha introducido usted, al parecer, novedosos cambios?

JP.— No oculto que hemos tenido nuestras desavenencias. Algo normal cuando se trabaja en equipo. Las reuniones están para eso, para resolver las diferencias. Nosotros nos reunimos en torno a la mesa por lo menos una vez a la semana.

8.6.26

DP [57]

14 de octubre, en la sala de estar, por la noche.— Había juzgado oportuno no responder a la carta de Isabel. Durante su lectura intuí que serían las últimas noticias que tendría de ella. Los caminos entre personas a veces se cruzan por un breve período, y después se vuelven a separar para siempre. Así debe ser, así ocurre en multitud de ocasiones. La relación entre médico y paciente se basa a menudo en un «hola» de circunstancias y un «adiós» definitivo, con la esperanza de que haya sanado quien había solicitado ayuda en un centro especializado.

La entrevista con el jurado de la calle Blanquerna ha tenido lugar, conforme a lo previsto, a las 16 horas, en los locales de la sede. La sala tenía el tamaño de un aula, con fila de ventanas en la fachada oeste, por donde entraban rayos tímidos de un otoño precoz. En ella había algunos pupitres en los rincones y una tarima en la cabecera, alargada, con una mesa de despacho en la que vi a tres hombres de aspecto honorable, sentados en sillas de respaldo duro. A ninguno de ellos conocía. Salvo el que ocupaba el extremo izquierdo, su edad los acercaba a la de la jubilación, con barbas canas y pelo abundante, aunque igual de blanco. El joven tendría unos cuarenta años, bien afeitado, con gafas y patillas que le daban un aire de bandolero. El traje impecable, lo mismo que el que portaban sus compañeros, desmentía la comparación. Se trataba de tres eminencias de la medicina. El uno, doctor de facultad en la universidad de Barcelona. El otro, cirujano de reconocido prestigio, ejercía en Valencia. Y el más joven, por último, era un destacado cardiólogo afincado en Castellón de la Plana. Con parcas palabras, se presentaron y explicaron el motivo de nuestra presencia allí, tanto la mía como la de ellos. «Lejos de su propósito, aseguraron con mirar relajado, juzgarme ni considerar los motivos que me habían movido a actuar de determinada forma. Su intención era, aclararon, atenerse a los hechos».

Entró en la estancia un secretario provisto de máquina de escribir. Se situó en el fondo, sin provocar apenas ruido. Pretendía mostrarse discreto, al tiempo que completaba su trabajo de copista.

7.6.26

DP [56]

23 de septiembre, durante la siesta que toman los huéspedes de la clínica, en la sala del café.— De las pacientes que formaban parte de la experiencia gastronómica-depuradora no he recibido por el momento noticias: ni a través de llamadas ni por correo. Barrunto que cierta formalidad aprendida en la infancia les impide contactar conmigo, una vez que han abandonado el centro. Se trata de un pudor estético y económico, estamos tan acostumbrados a que cualquier servicio reciba el contrapeso del valor monetario que, si es gratis, opinamos que no tenemos derecho. Ni Carmen Blanco, ni Virginia Sevillano se atreven a importunarme en la distancia, pues, según las normas por todos aceptadas, no cabe la posibilidad de que un doctor atienda a sus pacientes sin mediar una remuneración. Sólo Isabel Alhama parece ajena a esta regla tácita, pues de ella he recibido hoy una carta bastante larga, en la que describe cómo se encuentra. La releo sentado en una de las cómodas butacas:

«Palma, 20 de septiembre de 1988

Apreciado doctor José Piqueras:

En estos momentos me hallo en el convento de la calle Santa Clara, donde ingresé hará dos semanas.

La madre superiora, de la orden de las clarisas, me conoce bien y no ha puesto objeción para readmitirme en el seno de la comunidad religiosa, a la que he pertenecido durante quince años de mi existencia. Mi estancia en el sanatorio ha supuesto un paréntesis de cerca de cinco meses, durante el transcurso de los cuales he tenido la suerte de conocer a personas que me han ayudado a salir del pozo en el que estaba metida. Usted ha interpretado, sin saberlo, un papel fundamental en esta misión de rescate de un alma perdida y azorada. Es algo que no olvidaré nunca y por lo que le estaré agradecida mientras el Señor permita que siga entre los vivos. Sus enseñanzas son eternas y a mí me han servido, en todo caso, de ayuda, guía y consuelo. He reunido las fuerzas para poder contarle el motivo de mi anterior renuncia a la vida monacal:

Visitaba nuestro convento el padre Sebastián Freire, un agustino procedente de Tarragona, quien, aquejado de una tos persistente, había decidido pasar unos meses en Mallorca, movido seguramente por el afán de cura. Este hombre es tan afable como joven, extrovertido y no poco impulsivo. A pesar de que entre nosotros mediaban votos de castidad y una diferencia considerable de años (yo soy bastante mayor que él), mi simpatía y dulzura naturales prendieron en su corazón y una tarde que coincidimos en el claustro se declaró con palabras ardientes, mejillas encendidas y tono de voz que inspiraba más conmiseración que enojo. Yo lo rechacé con términos que no admitían réplicas. Y él insistió algunos días más tarde. Por las noches me revolvía en la cama pensando si no sería yo misma la causa de todo aquello, si de manera inconsciente no le habría incitado a declararme su amor torpe de juvenil atontado. Los remordimientos y la sospecha se apoderaron de mi estado de ánimo y de mi conciencia. Me vi impelida a abandonar el convento, habiendo omitido las verdaderas razones al comité de investigación. Ahora que he vuelto porque por fin he sido capaz de perdonarme las faltas y descuidos que hubiera podido cometer en el terreno de la coquetería, descubro que el padre Sebastián ha regresado a la Península. Nunca más, si así le place a Dios, volveré a tener noticias suyas, por lo que me alegro sobremanera.

He procurado mantener su dieta de frutas en este convento tan pobre y austero. La tarea, complicada, exige no pocas concesiones. En el refectorio comemos todas juntas y comemos lo mismo. Abundan las sopas de repollo, los caldos de vegetales, las patatas hervidas con un trozo de merluza o ala de pollo. La fruta se toma en los postres; en verano, rodajas de melón y de sandía; en invierno alternan las piezas de manzana, naranja y pera. Es una comida frugal, pero se aviene mal a las excepciones y variaciones. Pese a lo cual, como estoy integrada en el grupo de la cocina, he realizado algunos apaños que me permiten consumir sobre todo ensaladas, caldos de verduras y no pocas frutas. Por el momento he logrado evitar las carnes, los lácteos y el pan. Las legumbres entran en mi plato (que Dios me perdone éste y otros deslices). La madre superiora se ha abstenido de intervenir en mis nuevos gustos culinarios. Y yo estoy contenta y me siento dichosa de haber asentado mi alma y mi espíritu en este lugar de paz, vida serena, recogimiento con Dios, con una misma y con los demás.

Por segunda vez, le expreso mi profundo agradecimiento por su labor, no sólo efectuada conmigo sino con los enfermos de Santa Ágata. Que la dicha lo acompañe allí donde vaya.

Sor Isabel Alhama».

6.6.26

DP [55]

16 de septiembre, en mi despacho de la clínica Santa Ágata.— La semana pasada, el miércoles, comuniqué a mi esposa la decisión de suspender la petición de un crédito al banco, en tanto que la cita con los jueces del colegio de médicos no haya quedado atrás. Si me dejan sin empleo, sería locura meterse en proyectos inmobiliarios. Elena lo entiende así, más vale esperar que comprometerse a ciegas.

Don Francisco Pérez García, hombre que, aparte nuestras diferencias ideológicas, no deja de cultivar conmigo una amistad sincera y entrañable, se muestra preocupado por mi porvenir, sostiene que «satélites» los hay en todas partes, cualquier enfermera o celador, o incluso uno de mis colegas en el ejercicio de la medicina, ha podido dar la voz de alarma en la institución que vela por los intereses tanto del paciente como del profesional sanitario. No hay que anticipar acontecimientos, concluye, el destino es una lotería y mientras gira el dado en el aire…, cualquiera sabe lo que puede ocurrir. Le agradezco su apoyo explícito. Le explico, cambiando de tema, que el proyecto original ha quedado anulado por la marcha de las pacientes implicadas. Alicia Campos, la única que continúa internada, ha cedido ante la tentación de los platos vecinos, en los cuales humeaba la carne o el pescado, y brillaban las patatas recién sacadas del horno. A partir del tercer día se dijo: «Porque pruebe un poquito, no me va a pasar nada». Pero quien cae una vez, cae dos, y luego tres, y luego cuatro; pierde por último la cuenta, lo que equivale a retomar la dieta antigua, dejando aparcados, quizá para siempre, los esfuerzos efectuados durante una quincena. Me ha prometido, eso sí, que seguirá comiendo frutas, pondrá un freno a la cantidad y procurará evitar las combinaciones inadecuadas, del mismo modo que dará prioridad a las ensaladas frente a, pongamos, una lasaña de salmón y espinacas.

5.6.26

DP [54]

10 de septiembre, en mi domicilio del Paseo Marítimo.— Ayer, martes, había recibido una carta oficial del colegio de médicos de las Islas Baleares. Sé dónde está su sede, en la calle Blanquerna, al lado de una plaza con una iglesia de fachada blanca y alargada. He sido convocado para una inspección de rutina en sus oficinas. Será el martes 14 de octubre, a las cuatro de la tarde. Intrigado por saber de dónde procede esta instrucción, le he preguntado al director de Santa Ágata si ha efectuado una maniobra en este sentido. Lo ha negado rotundamente: él no tiene nada que ver con los avisos que procedan del colegio de médicos. ¿Quién estará detrás de todo esto, entonces? ¿Quizás don Celedonio Corrales? Como hipótesis, es imposible descartarla. Asustado por mis métodos, ha dado el aviso a las autoridades que ejercen un control sobre los médicos, comprueban que actúen dentro de los límites fijados. Y este organismo me ha dado una cita (de control) una vez pasadas las vacaciones veraniegas. Octubre es un mes tan adecuado como cualquier otro para prohibir a quien sea el ejercicio de la medicina, por mucho que haya estado exhibiendo en su despacho, colgado de la pared, el título que lo acredita.

Hablo de todo esto, durante la cena, a mi mujer. Ella no está para bromas, ha iniciado los trámites para la compra del piso que hasta la fecha poseemos en régimen de alquiler, y resulta que el banco no se lo está poniendo fácil: piden papeles y más papeles, comprobaciones, firmas, avales… Todo eso es un rollo, aunque uno se lleve muy bien con el encargado de la sucursal bancaria. Elena conserva el aire sereno. Para sacarla de sus casillas se necesitan semanas, meses de estúpida intransigencia. La consuelo como puedo y le anuncio que lo de la «cita con el juzgado de médicos» no será más que una simple formalidad, un trámite por el que todo licenciado se ve obligado a pasar de vez en cuando. Ella se muestra preocupada, opina que mi «sistema de curación mediante la alimentación idónea» (el cual no he inventado yo, por supuesto) no sólo da resultados aleatorios, sino que puede llegar a comprometer mi situación profesional, conlleva un riesgo que tal vez —insiste— merece ser descartado.

4.6.26

DP [53]

31 de agosto, domingo caluroso.— El día de mañana reaparecen por la clínica el director y otras personas de sumo peso, el intendente y algunos auxiliares de medicina. Con ellas regresan los bedeles, los jardineros, las enfermeras. Se realizan algunas salidas, en tanto que numerosas entradas ocupan las habitaciones temporalmente vacías. Habiendo siempre experimentado un horror insoportable por las despedidas, he procurado reducir a su expresión fundamental las habidas con Virginia e Isabel. La primera, el sábado por la tarde, fue escueta y calurosa. Un taxi había venido a buscarla para conducirla a su domicilio, en un piso céntrico de Palma. Nos hemos dado un fuerte apretón de manos, más como hermanos que como paciente y doctor. La segunda, algo más ardua, también ha resultado breve, sencilla, un apretón de manos, palabras que quieren decir «más adelante», y ese mirar angustiado, que amenaza con hacer zozobrar los estados de ánimo. Pero todo eso lo hemos resistido ambos como valientes héroes de novela de aventuras. «Habrá una próxima vez», suponemos.

Alicia Campos continuará mi dieta estricta, pero no sola en una mesa, ni con horario especial, sino que se incorporará a las antiguas mesas, con el resto de inquilinos. Para ella será fácil limitarse a comer ensaladas, verduras, una porción delgada de almidón, sin atreverse a tocar el pan, menos aún las legumbres, la leche, la carne o el pescado.

Este domingo por la tarde, un poco aliviado de las emociones recientes, me sitúo en lo alto de las escalinatas, al sol cuyo declive ya se anuncia, para conversar un rato con mi buen amigo, el conserje Benito Salgado García. Antiguo de la casa, hombre de bien que a la chita callando actúa en pro de la comunidad, siempre al servicio de los otros desinteresadamente. Con este tipo de personas, los desengaños quedan al margen.

—Don José —me dice en tono confidencial—, se realizan apuestas a propósito de usted.

—¿Apuestas? ¿De qué clase? Explíquese.

—Los pinches de cocina y algún que otro de los de servicio de cocina lanzan habladurías: que si usted experimenta con algunas pacientas, no son muchas en realidad; que si las mata de hambre poco a poco con la excusa de que ése es el método para curarlas. Apuestan si se saldrá con la suya o no. Algunos creen que sí, otros afirman que van a ganar algunos duros a costa de los «ingenuos», que de ésos nunca faltan.

—Y usted, personalmente, ¿qué opina?

—Yo opino que detrás de un qué hay un porqué. ¡Sus motivos tendrá si ahora le ha dado por alimentarlas con esto o con aquello, en lugar de con esto o con lo otro! Barrunto, sin embargo, que el director de la clínica le pondrá chinitas en el camino. Es un hombre de mucho protocolo, a quien no le agrada que se tomen atajos o caminos torcidos, alejados de la senda establecida.

—Buen ojo el tuyo. Has dado con la clave del asunto.

—Entonces, ¿se saldrá con la suya?

—Imposible elucidarlo, puesto que dos de las tres que aún persistían se acaban de marchar. Sólo queda una, y ésta no va a diferenciarse del resto. Me ha asegurado, no obstante, que mantiene la dieta propuesta por mí.

—¿De qué sirven las apuestas, me pregunto, si los resultados permanecen incógnitos! —exclama, fastidiado, el conserje.

3.6.26

DP [52]

28 de agosto, tarde agridulce.— Este jueves, durante la merienda, celebramos nuestra reunión semanal, la última. El sábado y el domingo, respectivamente, abandonan el establecimiento Virginia e Isabel. La emoción salta a la vista, la tristeza alcanza su paroxismo. Repetidas veces me agradecen la labor realizada con ellas en materia de alimentación. Sostienen que por fin han abierto los ojos: La salud depende de uno, reside en comer lo justo, lo que corresponde a nuestra fisiología humana. Todo lo que se aparta de esto es intoxicación, acumulación de residuos peligrosos, embotellamiento interno. Y si el joven ni se entera al principio, más tarde paga las consecuencias con toda clase de infortunios.

Insisto en mantener el contacto a través del correo y las llamadas telefónicas. Mis ocupaciones, numerosas, me dan con todo un respiro para poder seguir aconsejándolas. Que no olviden que hay un sólo médico: el cuerpo de cada uno. Que su parecer es el único que cuenta, y que su dictamen, inapelable, va a misa, porque nadie más que él tiene razón. Si desencadena un cáncer es por nuestro bien, pues de otro modo no sobreviviríamos al nivel de toxicidad alcanzado. Las células, mal oxigenadas, se vuelven locas y entonces surge la temible enfermedad. Y es cuando se da una selección natural: el cuerpo resiste o no a la curación por ayuno estricto, reposo absoluto y otras medidas que quizá ayuden a evacuar: las lavativas, los baños de sol, la ingestión de arcilla disuelta en un vaso de agua. Y si el paciente se marcha, hay que aceptar la muerte como parte esencial de la vida. De hecho, el paciente se cura de verdad y de forma duradera cuando le pierde ese miedo atroz a la muerte. Opera a partir de ese momento la magia de la aceptación. Valoramos el presente, adivinamos que un nuevo día no va a pasar en balde y que lo colocado en la mesa servirá de provecho. Saborear y agradecer se vuelven términos equivalentes.

2.6.26

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Temo saturar la capacidad de atención de mis oyentes de insistir demasiado sobre el tema. Las dosis de información, excesivas, no aprovechan sino que perjudican. Mi propósito es abreviar lo máximo posible. Así, les comunico que ya hemos abordado el qué y el cómo comer: vegetales sin almidón, en comidas simples y naturales, crudas o al vapor. Queda el cuánto. Depende de una serie de factores ligados al estilo de vida del individuo: si es deportista o no, si presenta antecedentes omnívoros o no, si ha estado medicándose o no, etc. Arnold Ehret, a título de orientación, sostenía que había que comer entre uno y tres kilos diarios de alimentos sanos y frescos. El cuerpo mismo previene: sólo comemos cuando tenemos hambre y paramos cuando cunde la saciedad. La persona se levanta entonces de la mesa con la certeza de que «habría podido continuar». No se trata de quedarse con hambre, sino de cumplir las expectativas sin exagerar. La moderación actuará como faro y guía. Más vale quedarse corto que sobrepasarse, incluso si hemos ingerido alimentos de fácil digestión, como las frutas o el repollo hervido. Con el agua ocurre lo mismo: un régimen frugívoro suprime prácticamente la necesidad de beber agua, puesto que las mismas frutas nos procuran las cantidades que el cuerpo precisa.

Como broche final de la reunión, y para divertirlas, les explico el fenómeno de la aerofagia. De forma oficial, es causada por una ingestión de aire que luego expulsamos en forma de flatulencias. Esto no es del todo cierto, falsifica la realidad. Uno no se tira pedos porque coma aire y luego lo expulse intestinos abajo. Los gases proceden, en su mayoría, de las fermentaciones (apenas huelen) y de las putrefacciones (huelen mucho). Para evitar que el cuerpo se infle como un balón, el ano actúa como válvula de escape. Pero no sólo, también la boca y la nariz. El origen de la aerofagia es el siguiente: siendo niños, cuando vamos a la escuela, aprendemos a contener los pedos, pues advertimos que éstos no pueden salir en cualquier momento ni en cualquier lugar. Esto ocurre en la mayoría de los casos, el cuerpo se acostumbra a evacuar los gases a través de la boca y la nariz. Un eructo no es más que un pedo que nos ha salido por la boca. Pero hay niños que se niegan a contenerlos, de una manera u otra continúan expulsándolos por el ano. Es entonces cuando surge el problema de la aerofagia, puesto que el cuerpo no se ha habituado a expulsar los gases de forma equitativa entre el ano, la boca y la nariz. Al contrario, sigue dando prioridad en esta tarea al ano. Y así les va, con el tiempo se convierten en unos pedorros. No los critico, la pedorrea es un indicio claro de exceso de fermentaciones en los intestinos. Para curarla, basta con evitarlas.

1.6.26

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21 de agosto, sobremesa.— Nuestros balances semanales se han efectuado cada jueves, como hoy, en la cantina. Presiento que éste puede ser el penúltimo. Así lo he comunicado a las tres supervivientes. A la vuelta del director, habría una «suspensión de actividades». La noticia la confirma, además, que los días treinta y treinta y uno de agosto, por este orden, abandonan el sanatorio las pacientes Isabel Alhama y Virginia Sevillano. Sólo Alicia Campos prolongaría un mes más su estancia aquí. Digo a las chicas lo mismo que había dicho a la ausente Carmen Blanco: en la distancia se puede proseguir la terapia, basta con consultas regulares por teléfono. Yo continuaría actuando de guía para corregir errores, orientar frente a imprevistos y programar una estrategia dentro del plan de cura total.

Por lo que me refieren, la situación se ha invertido con respecto al jueves pasado: ahora es Alicia la que explota de júbilo; su estado anímico trepa por los muros y las molestias físicas han desaparecido en el retrete. (Los cambios en su dieta le han procurado cierto nivel de «normalidad»). Por el contrario, tanto Virginia como Isabel padecen lo que ellas denominan «evacuación sistemática». Con frecuencia, van al baño cinco veces al día, en forma de diarrea o heces semisólidas. Una lata; esto las obliga a recluirse en sus habitaciones tardes enteras, pues no adivinan en qué momento puede surgir un «accidente».

El tema de las evacuaciones, recapitulo, es de capital importancia en las monodietas a base de frutas, con el complemento habitual de los ayunos intermitentes. Tiene que ser así: es preciso arrojar los desechos que se habían ido acumulando durante décadas.

El ser humano considera que ir al baño una vez al día está bien. En ocasiones, uno se salta esta regla durante varios días seguidos, y lo sigue considerando «normal». No cae en la cuenta de que padece un estreñimiento crónico, más pronunciado todavía si cabe en las personas que se alimentan a base de proteínas y de almidones. Los cereales, la carne y los lácteos son bloqueadores «profesionales» del tránsito intestinal. Sólo la fibra de los vegetales logra, a veces, corregir la situación. Pero, ¡qué pocas ensaladas consume el ciudadano medio! Incluso se ha puesto de moda un proverbio chistoso: «No sólo de lechuga vive el hombre».

El profesor Arnold Ehret, a quien tengo presente a menudo, pues yo mismo me considero «ehretista», afirmaba que ir al baño una vez al día es mala señal. En realidad, la persona debe acudir al baño tantas veces como coma en la jornada. Si efectúa tres comidas, pues deberá ir al baño tres veces antes de acostarse. Esta regla se cumple cuando ingerimos exclusivamente frutas y no encabalgamos las digestiones. Este mal hábito, el de encabalgar las digestiones, provoca auténticos destrozos en el metabolismo: favorece las mezclas peligrosas, y con ellas aparecen las fermentaciones y las putrefacciones, las cuales atraen los microbios dañinos y generan gases muy tóxicos, causantes de todo tipo de dolencias, siendo la primera y principal la del intestino permeable. Pero como se trata de una enfermedad silenciosa, sus efectos calamitosos no se vuelven visibles hasta que no haya transcurrido un plazo bastante largo.

De todo lo que acabo de decir, se deduce que no hay por qué asustarse si una, de repente, se ve atosigada por las diarreas y las necesidades intempestivas de desalojar: forman parte del proceso y por lo tanto hay que aceptarlas. Tanto Virginia como Isabel sonríen y deciden guardar silencio por toda respuesta.