25 de noviembre, un martes despejado en la ciudad de Palma, por la mañana.— El fallo del jurado tardamos en recibirlo unas tres semanas. Cabía la apelación, pero yo no estaba dispuesto a embarcarme en luchas jurídico-administrativas. Si algo detesto en las sociedades diseñadas por el hombre es el papeleo. La burocracia tiene algo de autómata asestándose golpes en la cabeza con un palo, mientras siga disponiendo de cuerda. Había procurado por todos los medios convencer a mi esposa de que el acontecimiento —la pérdida de mi empleo— podía tomarse por el lado bueno: representaba una ocasión de recomenzar nuestras vidas, explorar nuevos itinerarios, cambiar de país incluso, ¿por qué no marcharnos a Costa Rica, donde nos esperaba un régimen de frutas como nunca habíamos soñado? Escéptica, y apegada al terruño, se negaba a dar su brazo a torcer, lazos tanto físicos como sentimentales la ataban al archipiélago balear, donde tanto había amado y sufrido a la vez, mucho más lo primero que lo segundo.
El fallo estaba escrito en ese lenguaje engorroso, jurídico-administrativo, que parece a veces apartarse del castellano como un buque que abandona el puerto arrojando por las chimeneas penachos de humo negro. Leí muchos «considerandos», y muchos «resaltandos», y muchos «coligiendos» antes de llegar a los «resultandos», los cuales aportaron como sanción de orden administrativo la imposibilidad de ejercer en el sector de la medicina durante un período de tres años, a contar desde el recibimiento de la notificación, certificada y con acuse de recibo. El propósito no era perverso, con todo, sino que los jueces demostraban una extraordinaria conmiseración para con mi suerte en el aspecto económico. En efecto, de la bolsa común disponible en el Colegio de Médicos destinaban una suma mensual, con la que yo podría ir tirando hasta finalizar el susodicho plazo de los tres años de impedimento. Representaba poco más de la mitad de mis ganancias actuales. Y esto me permitiría no sólo mantener mi estatuto, sino osar el crédito bancario para adquirir el piso del Paseo Marítimo. No obstante, expresé a mi mujer el deseo (a mis ojos, grandioso) de partir con lo puesto y unos buenos ahorros al istmo americano, donde existe un país muy tranquilo y muy verde, llamado Costa Rica. Si aquí no éramos ricos, con ese dinero yo podría comprar allí una casita con jardín y encontrar algún empleo relacionado con el sector médico. O incluso podríamos vivir sin trabajar, le aseguré, a condición de que plantáramos árboles frutales y nos volviéramos autónomos, los robinsones crusoes de la época presente. De realizarse así, no podríamos contar con la paga concedida por el Colegio de Médicos de las Islas Baleares. Poco me importaba, desde el momento en que nos dábamos una segunda oportunidad en tierras lejanas, en un paraíso diseñado por nosotros mismos, conforme a nuestros sueños, gustos y aspiraciones. Elena accedió, le costó un mundo, pero acabó por ceder a la perspectiva de iniciar, siempre a mi lado, una vida distinta, inédita.
A eso de las doce de este día soleado, en el que ya se mascan los preparativos de las fiestas navideñas, topo en el mercado cubierto del Olivar con la antigua paciente, Virginia Sevillano. ¡Cuánto ha cambiado, Dios mío! La veo resplandeciente, más delgada y más bonita que nunca, con un pelo que da envidia tocar, una mirada luminosa y un cutis fresco y suave como pétalos de rosa. Su cesto está cargado de frutas, asoman puerros, corazones de ensalada, un cucurucho de almendras peladas… Me cuenta, satisfecha, que ha respetado (con infidelidades) mis indicaciones culinarias. Esto ha funcionado tan bien que se ha operado una transformación en todo su ser. Por fin ha logrado perdonar a todos aquellos que le habían hecho daño (a su hermano, a su hermana y a su madre). Sobre todo, confirma perdonarse a sí misma. Hechas las paces, la felicidad ha vuelto a ella. Se abre a los demás; con sinceridad, con franqueza, sin tapujos. Esta nueva actitud le ha procurado sorpresas y gratificaciones, entre las cuales incluye el encuentro con alguien digno de su amor. Tan así es que la pareja ha proyectado, señala entre risas, la boda para mediados de marzo. «¡Bravo!», la felicito colmado de gozo. Yo le informo de nuestro próximo traslado al istmo americano. Le confieso que mi lema actual es el siguiente: «Un régimen exclusivo de frutas, frescas y maduras, abre las puertas del paraíso terrenal». Oír esta oración y ponerse a reír es todo uno. Precisamente, la tonalidad de su risa imita a la perfección el canto suave de un canario.
FIN
[Nota del autor: Este libro es una novela corta, pertenece al género de la ficción, todos los personajes y situaciones son inventados. Conviene no tomar al pie de la letra las apreciaciones médicas que aquí aparecen, sino hacer caso, y prestar atención, al parecer de un facultativo, en la ocurrencia el médico de cabecera o cualquier especialista que tratara nuestra dolencia.]

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