26.6.26

ASC [1]

Capítulo 1

La historia que voy a contar se basa en la pura realidad, sólo modifico los nombres de algunos personajes, así como las descripciones físicas. Existen también variaciones en la topografía, y del atolladero cronológico salgo bien parado, pese a ciertas dificultades ocasionadas por la pérdida de memoria. ¿Qué quieren, me estoy haciendo viejo! Intento mostrarme fiel al espíritu, y no tanto a los hechos que experimentan las modificaciones propias de toda narración, con sus puntos de vista y subjetividades inherentes. Realizada esta introducción, paso a referirles un suceso que tiene para mí no poco de mágico, bastante de anecdótico, y mucho de regocijo para el lector (eso espero, al menos).

* * *

A mediados de septiembre de 1998 me esperaba en el bar de la estación de autobuses de Alicante un hombre, llamado Julián Alvárez, a quien no conocía sino de oídas. Un amigo de ambos, Francisco Quesada, había preparado este encuentro entre un sexagenario de vida apacible en el campo y un veinteañero de ciudad, cumplidos los 25 en abril. Al atravesar la puerta acristalada observé la hora en mi reloj de pulsera: las siete menos cinco. Sentados a la mesa, una pareja de franceses, según deduje de su parloteo en esa lengua refinada. La cena que se estaban ofreciendo era bastante opípara, con un buen plato de tortilla, ensaladilla rusa y calamares a la romana. Sabía que allende los Pirineos la gente suele cenar en horas razonables, no comete la locura española de hacerlo en torno a las diez.

Nadie en el mostrador, salvo el camarero, quien se entretenía secando vasos. Pasé por delante de la pareja, a quienes saludé con una inclinación de cabeza, y me coloqué justo al lado del grifo del barril de cerveza. Era plateado, pero el líquido que vertía era dorado y espumoso. El olor rancio impregnaba las cercanías.

—Buenas tardes. Una semi, por favor.

—Enseguida.

Se echó la servilleta al hombro, sacó del estante oculto un vaso, y de la cámara frigorífica un botellín, y acompañó la bebida con un platito de aceitunas. Encontré extraño, de repente, que Julián y yo hubiésemos acordado reunirnos en un sitio tan propicio para los reencuentros y las despedidas. ¿Dónde estaría, por cierto? Eché un vistazo a mi alrededor y descubrí a un hombre que avanzaba por entre las mesas, a través del pasillo que conducía a los servicios. Adiviné al instante que se trataba de él: de mediana estatura, con barba entre gris y blanca, hasta el principio del pecho, y cabello sedoso, ensortijado y abundante, de un gris refulgente. Vestía camisa holgada de algodón y pantalones del mismo tejido, el uno de un marrón claro, la otra de un marrón ligeramente más oscuro. En bandolera, un saco de tela basta, seguramente esparto.

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