31.5.26

DP [49]

El mismo día, un poco más tarde.— Tropiezo con Isabel por los pasillos de la primera planta. En realidad me estaba buscando. Desea conversar conmigo. Le pregunto qué hay, pues la noto un tanto agitada. Logra calmar los nervios y me cuenta que no ha sido del todo sincera conmigo en la charla que habíamos mantenido durante la merienda. Sus noches no son tan apacibles como ella quisiera, sueña noche tras noche con los garbanzos y sus variadas preparaciones: en cocidos madrileños, dentro de ensaladas estivales, en forma de paté, con patatas, acelgas y carne en un guisado suculento de Navidad… Durante las horas del día no para de pensar en los malditos garbanzos, metidos en su cabeza como si la obstruyeran.

Sonrío. Su confesión es a la vez interesante y divertida. Le pregunto por qué no lo ha dicho antes. Reconoce haber mentido (la ocultación es una forma de mentir). Ella sólo pretendía ofrecer una perspectiva de triunfalismo para incentivar a sus compañeras, como dando a entender que el camino escogido procuraba buenos frutos.

Declaro que sobre los antojos y obsesiones ya habíamos hablado anteriormente. No obstante, se me ocurre que se ha presentado una ocasión pintiparada para referirle cierta anécdota instructiva. La dirijo a mi despacho y allí, tras abrir la ventana y correr la cortina, doy rienda suelta a mis dotes de narrador. Ella me escucha, muy silenciosa, hasta el final.

—El comisario Raúl, viejo amigo mío, cayó en la influencia de mis métodos atípicos. Hizo las cosas bastante bien, con tesón y voluntad. Aguantó dos años enteros a base de alimentos crudos, más ensaladas variopintas que frutas, aunque éstas últimas tampoco las descuidó. Sólo que un día, hará de esto unos seis meses, acordó celebrar con su esposa su veinticuatro aniversario de casados en un restaurante chino de Palma, ubicado en la calle 31 de diciembre. El sitio es popular y bastante chic. Casi se ofrecieron un «buffet à volonté». Pero ella se mostró más comedida que él. Mi amigo comió, en tan memorable ocasión, fritangas, trucha, salsa dulce con arroz blanco, guisantes y redondeles de zanahoria, calamares a la romana, algas, rollitos de primavera… Evitó la carne por aquello de no ponerse en evidencia a sí mismo. Pero se resarció con los postres, pues pidió tiramisú, frutas en almíbar y un pedazo de tarta de frambuesa. La casa por la ventana. Su estómago, habituado a una vida tranquila, recibió la bomba y no protestaría hasta pasado un buen rato. De vuelta en el hogar, se provocó él mismo vómitos introduciéndose dos dedos en la boca. Su mujer, ausente, no fue testigo del drama hasta que no regresó, a eso de las veinte horas. El marido sufrió mareos, dolor de barriga, palpitaciones furiosas en el pecho, sudores y hasta espasmos que hubieran derribado a un elefante. Como no le asustaba la muerte, optó por sufrir la experiencia a solas, sin telefonear a urgencias para que una ambulancia se hiciera cargo de él. Sobrevivió al primer día, y esto ya supone un triunfo inmenso. Barruntaba que el corazón, a fuerza de latir alocado, podría ceder. Una crisis cardíaca lo convertiría en fiambre. La consideraba una muerte ridícula, pero en el fondo la aceptaba. Había «pecado» y sólo quedaba pagar las consecuencias. En los tres días siguientes tuvo que hacer frente a una constipación severa. Se negó a probar bocado, pese a las insistencias de su mujer, quien ya se alarmaba de veras. Pero él sabía (yo se lo había dicho) que un cuerpo enfermo sólo se cura a base de ayuno y reposo. Por las tardes bebía un vaso de agua. A partir del tercer día se preparó un zumo con dos naranjas y un limón. Poderoso laxante, que no funcionó esa vez. También efectuó todos los días lavativas infructuosas. Lo único que consiguió llevarlo al baño fue una compota de manzanas trituradas con una planta de acuario, la vallisneria gigantea. Se recuperó al cabo de cinco días, aunque la debilidad perseveró más de dos semanas. Había regresado al régimen estricto de frutas.

¿Por qué había hecho semejante locura el comisario? Porque había encontrado una excusa para reponer antiguos olores, delicias y degustaciones apetitosas. Comió así por nostalgia, y esto le costó caro, más que el precio de la consumición en el restaurante. Amiga mía, si tú sueñas con garbanzos es porque anhelas la proteína y el almidón que contienen, a partes iguales, y también es porque tu sangre, más limpia y fuerte que nunca, remueve esos desechos de antiguas digestiones. Tanto la proteína de origen animal como la de origen vegetal, resultan indigestas. Y lo que no es expulsado a corto plazo, se almacena en alguna parte para causar problemas a medio o largo plazo.

30.5.26

DP [48]

Cedo la palabra a Isabel Alhama. De las tres, es la que sigue una evolución más favorable, con signos inequívocos de mejoría. Nos habla sobre todo de su estado mental, cómo ha averiguado que soltaba lastre psicológico, acumulado durante décadas, a medida que avanzaba por esta nueva senda de la purificación. En pocas palabras, su depresión crónica se diluye en el espejo de su cuarto de baño. Renacen las ganas de vivir, siente un flujo de energía que le infunde vigor, paz, serenidad, la dicha de saberse amada y respetada por ella misma. «He hecho las paces con Dios», concluye con amplia sonrisa.

Una vez más, toca distribuir felicitaciones, tanto a las que se sienten mejor como a la que navega por un mar proceloso: Alicia Campos. Aseguro que las diferencias se deben a cuestiones de ritmo en los tiempos de adaptación y que, en suma, todos los que se arriesgan a cambiar atraviesan las mismas etapas, más o menos pronunciadas.

Nuestra conversación en torno a las jarras de zumo de naranja va a finalizar. Pero yo aprovecho, antes de despedirnos, para traer a colación un asunto al que la escuela higienista otorga particular importancia: la selección de maquillajes, cremas, champús, jabones, mascarillas, polvos y carmines comúnmente utilizados en el aseo diario. La piel, como una boca, se traga todo lo que le echan encima. Si una crema contiene tósigos, estamos suministrándolos al torrente sanguíneo a través de la piel. Esto da un trabajo extra a los riñones y el hígado. Y no siempre el cuerpo consigue eliminar estos venenos. Luego no es de extrañar que proliferen los cánceres de mama, colon, hígado, páncreas y próstata. Conforme pasa el tiempo, ¡la piel se traga kilos de materia tóxica camuflada en champús y jabones de fabricación industrial! Todo cuanto nos aplicamos a la piel tiene que ser perfectamente comestible para que resulte inocuo: arcilla, jabones naturales, aceite de ricino, aceites esenciales, aloe vera, aceite de coco, cataplasmas realizadas con plantas medicinales, como la ortiga, el rábano negro, la manzanilla y el diente de león.

Tras dar estas explicaciones, conducimos los vasos y las jarras al fregadero y nos disponemos a abandonar la cantina, cuyas mesas aún no están dispuestas para la próxima cena.

29.5.26

DP [47]

Virginia vigila de cerca su evolución en cuanto al peso. La curva es descendente, pero esto, lejos de deprimirla, la motiva para seguir adelante. Ha buscado y encontrado, dice, razones poderosas para perseverar en su empeño de rescatar la salud. Ha estado leyendo mucho estos últimos días y descubre, con asombro, que el horizonte de sus expectativas se ensancha, la vida se vuelve luminosa y nota una claridad de ideas inédita. Un torrente de energía recorre su columna vertebral nada más ponerse en pie, y esta energía es fresca, purificadora, chisporroteante, como una lluvia de burbujas de colores. Experimenta emociones que nunca antes hubiera sospechado que existían: el encuentro con una mariquita, en la ventana, la eleva al séptimo cielo, se apodera de ella una sensación de júbilo idéntica a la que sentía antes de cumplir los diez años.

«No todo son alegrías en este mesecito de agosto, añade tras una pausa en la que tuerce el gesto. La supresión del café mañanero me enfurece aún. Y el vacío que he notado en el estómago hasta el mediodía ha sido fuente irreprimible de temblores, mareos y flojedad».

No queda más remedio que felicitarla por su aguante. Aprovecho para hacerlo calurosamente. La reubicación y remotivación son comodines en esta terapia. De mí depende el no mostrarme cicatero con estas dosis de buen ánimo.

Recuerdo a mi audiencia que las tazas de café pueden ser sustituidas por las tazas de achicoria, excelente alternativa para mantener un sabor y aroma que nos resultan agradables. En la dieta amucosa se desaconseja el consumo de estimulantes (sodas, café, té, cacao) porque son utilizados para disfrazar la realidad de un cuerpo agotado, agobiado y al borde del caos. Sólo la dosis acostumbrada del «dopante» preferido ofrece una posibilidad de mantener el cuerpo firme, preparado para resistir la terrible jornada que le aguarda. Pero esto es hacer trampas, y tarde o temprano el consumidor termina pagando muy caro el haberse saltado las normas de la naturaleza. Lo mismo les ocurre a los atletas que engañan al mismo tiempo al público, a sus camaradas y al organizador de las carreras, al haber hecho uso de sustancias prohibidas. ¡Claro, el café no está prohibido! No por el hombre, sí por nuestra condición natural frugívora, a la que es imposible engañar, y actuar en su contra equivale a suministrarse palos en la cabeza.

28.5.26

DP [46]

Me planteo la conveniencia de dialogar con cada una por separado, por si surgiesen temas espinosos que no se atrevieran a tratar en público. Lo cierto es que parecen entenderse a la perfección y el apoyo mutuo queda fuera de toda duda. Gracias a ello, dominan las tentaciones y los impulsos de desistimiento quedan al punto derrotados. Y eso que cada una de ellas experimenta el rechazo de la pequeña comunidad que forma un sanatorio de nuestra categoría, con ciento veinte camas disponibles. En la actualidad, sólo un tercio de ellas siguen ocupadas.

Les pregunto si sienten el deseo de consultar a solas conmigo algún asunto delicado. Me contestan, sonrientes, que prefieren abordar los temas en el seno del grupo, sin que se den ni reservas ni secretismos. Asiento con leve inclinación de la frente. Entonces, le pido a Alicia que nos describa las etapas de sus «malandanzas» con las frutas.

Con unas pocas frases, cuenta que al principio no le causaban ningún problema. Pero al cabo de un tiempo ha ido experimentando una náusea creciente a la hora de ponerse a masticarlas. Sentía rechazo del cuerpo entero, dolor de vientre, necesidad imperiosa de ir al baño, taquicardias. «Desde que como mucha fruta, apostilla, no paro de ir al baño». «Y nosotras, lo mismo», intervienen sus dos compañeras.

«No exagero, prosigue Alicia: oler cualquier clase de fruta, hasta una rodaja de sandía, que antes adoraba, me provoca mareos, sudores y ganas de vomitar. Y yo intuyo que las digestiones no son correctas. Después de una diarrea, viene otra. Todas las mañanas, al levantarme, me espera una migraña de campeonato, que no se disipa hasta pasadas las once. Me siento molida el resto del día, como si acabara de correr una maratón».

—Por múltiples razones —explico—, hay que suspender, en tu caso, el tratamiento basado en frutas exclusivamente. Tanto física como anímicamente, no estás preparada aún. Más tarde, quizá dentro de un mes, volveremos a la carga. Las prisas son malas consejeras y nosotros no las queremos a la hora de tomar las decisiones más importantes. Por consiguiente, paciencia; a partir de mañana, tu comida del mediodía semejará a la de la tarde-noche, con la diferencia de que a menudo los platos contendrán más productos al vapor que elementos crudos. Se lo dejaré muy bien explicado al jefe de cocina. Por ahora cumple a la perfección cuanto le pido. Seguiremos evitando, no obstante, la ingesta exagerada de almidones. Una porción diaria será suficiente. Sin embargo, voy a pedirle que te reserve, en calidad de postre, una parte pequeña de requesón, elaborado con leche de cabra o de oveja. Evitamos la leche de vaca, que resulta totalmente indigesta para el ser humano. Este cambio en la dieta te va a proporcionar un alivio psicológico, a la vez que amplía el plazo al cuerpo para que termine adaptándose a los regímenes sin almidones, sin carnes, sin lácteos y sin cereales. Como dicen por ahí: Retrocedemos un paso, para realizar a continuación dos seguidos. Y creedme si os aseguro que esta estrategia funciona, actúa como un desatascador universal.

La comparación cae en gracia, las tres amigas sonríen. Por mi parte respiro, la tensión inicial poco a poco se va diluyendo.

27.5.26

DP [45]

14 de agosto.— A media tarde, después de haber bebido medio litro de zumo de naranja con las tres chicas que aún persisten. Hay no poco que contar en este lapso de pleno verano, cuando más calma se respira en la clínica, puesto que llega a vaciarse tanto de personal como de huéspedes. A mí me gustaría que Celedonio partiese también, con su marcha se interrumpiría la fuente de los rumores malignos. No obstante, otro lo reemplazaría si así fuese, estoy seguro de ello. El enemigo nunca duerme y el sistema, equipado de agentes invisibles, no hace otra cosa que protegerse a sí mismo. Toda persona que lleve a cabo iniciativas sanas, provechosas, pero sin haber obtenido la aprobación del sistema, tropezará con obstáculos insuperables, barreras tanto físicas como psicológicas.

El tiempo apremia. Colijo que a la vuelta del director, nuestra experiencia curativa por métodos heterodoxos quedará definitivamente anulada. Rectifico a la baja mis expectativas y me digo que haber sembrado la semilla del «despertar» en estas cuatro mujeres supone un logro magnífico, el comienzo de una formidable aventura en la que se persiguen (y se obtienen) la salud y el pleno desarrollo espiritual.

De acuerdo con lo previsto, los tres casos de los que todavía me ocupo se han vuelto completamente diferentes. Los ritmos evolutivos de la sanación y limpieza de los órganos son tan dispares que una, Alicia Campos, se ha visto obligada a prescindir de la comida exclusiva de frutas. Se efectúa ésta al mediodía y las comensales disponen de varias fuentes colmadas de frutas de la estación: albaricoques, melocotones, ciruelas, cerezas, nectarinas, melones y sandías. Un poco más tarde, llegará la temporada de las uvas. Yo les aconsejo que coman hasta saciar el apetito, pero no más de un tipo o dos por sesión, y deben evitar la incompatibilidad entre frutas dulces y ácidas. Aconsejo también que coman únicamente melón o sandía si se deciden a probarlos, conforme a una monodieta que resultará igual de benéfica que de refrescante.

26.5.26

DP [44]

Se desconoce la razón, pero el caso es que cuando alguien abandona la ortodoxia tradicional para aventurarse en una nueva metodología, no sólo encuentra una oposición social, sino que dentro del grupo donde suele moverse aparece un oponente, enemigo acérrimo que el día anterior no lo era. Insisto en que esto me tiene perplejo; uno puede trabajar en cualquier empresa, el enemigo surgido de la nada, quizá anteriormente compañero de bromas y de noches de juerga, tramará una conspiración contra los nuevos métodos y la persona que ose promoverlos.

Celedonio Corrales, el soltero comercial de cincuenta y seis años que había pertenecido al primer grupo, el de los seis candidatos a una salud óptima a través de la alimentación, no sólo había conseguido disuadir a los otros con su labia eficaz de seguir adelante, sino que, enterado de la creación de este segundo proyecto, ha iniciado una labor callada de acoso y derribo. Me consta, por fuentes fiables que me mantienen informado, que ha intentado dinamitar la idea a través del rumor y el comentario vil, el cual, como una onda, se iba expandiendo por todas las habitaciones y locales del recinto. Su rumorología consistía en hacer propalar la opinión de que se daba un «trato de favor» con las cuatro pacientes implicadas y que el doctor responsable (yo mismo) practicaba el «favoritismo» más descarado dentro del establecimiento, a ojos de todo el mundo. La piedra parte de no se sabe qué mano, alguien recibe el golpe y esto crea un mal ambiente que empeora conforme pasan las semanas. Así fue como ocurrió en este caso, el rumor encendió tanto los ánimos y atizó el fuego de la caldera, que el agua rompió a hervir y se agostaron todos los signos de cordialidad y mutua simpatía entre los huéspedes. El grupo de las cuatro valientes comenzó a sufrir los perniciosos efectos del ostracismo. También yo me convertí en diana de severas críticas. Algunos pacientes se quejaban con descaro, delante de mí, del imaginario «trato de favor» que había puesto en práctica.

25.5.26

DP [43]

7 de agosto.— En mi despacho de la clínica Santa Ágata, poco antes del mediodía. Buena parte del personal se ha ido de vacaciones, incluido el director del establecimiento. Antes de partir ha manifestado de diversos modos su descontento conmigo, a raíz del grupo que he formado, con horarios especiales en la cantina. Intuyo que a su vuelta me presentará un ultimátum, con la invitación formal de que renuncie al proyecto. Los acontecimientos le han proporcionado argumentos a favor de su idea.

El 31 de julio, la víspera de las vacaciones, una de las chicas de mi grupo (Carmen, la joven cuyos apegos al alcohol le conferían cierta inestabilidad en su comportamiento) mantuvo en el pasillo de la segunda planta una agria disputa con la señora Dolores Colmado, paciente veterana de 60 años que acostumbra chismorrear, malmeter, cizañear en toda regla. Dolores es la persona más enferma del mundo y si se nos ocurre opinar que «tiene cura» se enfadará al momento con nosotros. Uno de los primeros efectos del cambio de dieta es la irritabilidad. En condiciones normales, Carmen tal vez la habría soportado estoicamente. Pero esa vez, de forma inopinada, alzaron las voces, hubo fuego cruzado de amonestaciones, ninguna enfermera acudió a tiempo, las dos mujeres se arrancaron mutua y ferozmente no pocos mechones de sus lastimados cabellos. Con los arañazos, la cara de una quedó hecha un mapa y la de la otra, salpicada de moratones. Acuden los demás huéspedes, las separan, acude a su vez el personal médico, las conducen a la enfermería para ser desinfectadas con yodo y agua oxigenada. Enterado del asunto, realiza sus pesquisas el señor Francisco Pérez García. Llega a la conclusión de que la culpa recae en doña Carmen Blanco. La convoca a su despacho la misma mañana en que él parte de vacaciones y la expulsa del centro. (Por mi parte, sospecho que lo ha hecho así para perturbar al grupo experimental y para procurarse motivos que fuercen su disolución).

La pena por la partida de Carmen es grande. Nosotros sabemos hasta qué punto nos volvemos irascibles cuando nos trastocan los hábitos alimenticios. Se oyen lamentos y ella, en la despedida, se abraza a todas, una por una. «¡Qué grandes amigas he hecho, amigas de verdad!», exclama antes de dirigirse a la puerta del vestíbulo, la que comunica con las escalinatas de la entrada. Desde allí se ve la carretera que conduce al centro histórico de Inca y una fila de árboles, pinos escandalosos, pues en los troncos han encontrado alojamiento innumerables chicharras. Yo le doy mi número de teléfono y la animo para que me llame una vez por semana, o en los casos en que acontece una dificultad mayor. De este modo, aunque en la distancia, ella seguirá siendo integrante del cuarteto mágico que con nuestro valor y coraje hemos logrado crear.

21.5.26

DP [42]

Llegan las conclusiones. Debo mencionar, antes de olvidarlos, dos puntos cruciales. Recuerdo al grupo la fecha estival en la que nos hallamos y el lugar donde vivimos: una isla que por diversos motivos es considerada paradisíaca. Pese a lo cual, sus habitantes alegan que el clima es demasiado húmedo y que en invierno, sobre todo en enero, hace mucho frío. Esto es cierto, pero es raro que las temperaturas bajen de los dos grados, mientras que en verano el calor, unido a la humedad del aire, se vuelve agobiante. Representa un alivio para todos la brisa marina, y pasar un día entero al borde del mar es una buena idea, a condición de protegerse de los rayos solares con una sombrilla. Residir en Inca ofrece la oportunidad de practicar el senderismo, pues son numerosas las rutas que parten desde aquí para descubrir el paisaje y visitar los pueblos adyacentes, tan repletos de gracia que atraen a los turistas. Con esto insinúo que me agradaría una planificación de excursiones diarias. Respirar el aire puro de la campiña balear sería un complemento eficaz de la dieta amucosa. Yo me ofrezco a acompañarlas de cuando en cuando en sus itinerarios, que ellas mismas pueden escoger, con la ayuda de una guía.

El segundo punto importante es el del menú elaborado por las propias interesadas. De nuevo saco un papel y leo otra cita, esta vez del profesor Arnold Ehret. Procede de un artículo publicado en 1920, dos años antes de su muerte a consecuencia de una terrible caída, en la que se desnucó contra el bordillo de la acera. Ésta sería la versión oficial; pero hay quien sostiene que a sus 56 años, y tras concluir una serie de cuatro conferencias titulada La salud a través del ayuno, en el hotel Ángelus de la ciudad de Los Ángeles, fue asesinado por haberse atrevido a perturbar los intereses de las industrias farmacéutica, láctea, cárnica y cerealista: demasiados enemigos, y muy poderosos.

Esto es lo que leo a mi escaso público:

«El sistema curativo debe ser variado y adaptado a cada caso individual. El practicante debe atesorar un conocimiento práctico de cada detalle y exhibir en su propia persona los resultados de una perfecta curación».

La intención es que cunda el ejemplo. Yo como lo mismo que ellas, y también practico deporte regularmente: un paseo diario se me antoja imprescindible; aprovecho el aire puro que desciende de la cercana sierra de Tramontana; efectúo frecuentes baños de sol; y respiro a conciencia mediante ejercicios saludables. Durante las cenas, cada ingrediente de las ensaladas se presenta separado. Esto da la posibilidad a las cuatro comensales de preparar ensaladas individualizadas, ellas mismas eligen el qué y el cuánto. Se vuelven de este modo responsables y ganan en autonomía, uno de los objetivos principales de nuestra experiencia culinaria y curativa.

20.5.26

DP [41]

Sobre la cuestión de los medicamentos, aprovecho para arremeter contra los ansiolíticos y la cortisona, a los cuales culpo de crear adicción y de sacrificar el hígado en aras de un supuesto restablecimiento. Cito unas frases de Inés Cantalapiedra, incluidas en ese artículo que habla de la vitamina B12:

«Tengamos en cuenta, además, que la Naturaleza es en sí misma perfecta. Es ella la que nos cura, en realidad. Y dentro de ella todo se ensambla en armonía. Los nutrientes de cada fruta colaboran en perfecta sinergia. Por ello es imposible reducir lo natural a una química que nos hemos sacado de la manga. El ser humano necesita alimentos COMPLETOS, naturales, no vitaminas aisladas, o unidas de forma artificial, ni pastillas o jarabes que nada resuelven. Esto justifica mi absoluto rechazo a los suplementos de cualquier tipo o marca».

Leído esto, insisto en que nos hallamos sólo al principio. Si por ahora se resisten algunos medicamentos, no vamos a perder los estribos. Al contrario, mantengamos la compostura; es sólo cuestión de tiempo el eliminar las últimas resistencias de las antiguas adicciones y complicaciones provocadas por la ingesta fatal de compuestos químicos.

Antes de dar por finalizada la reunión, quedan por oír las declaraciones de Virginia, quien continúa adelgazando, al igual que el resto de sus compañeras (salvo Isabel, que se mantiene en su línea). No parece que esto la preocupe lo más mínimo. Saca a la palestra la mala fama que se atribuye a las frutas, en especial las uvas, la sandía y el melón, en cuanto a su índice glucémico. Contienen, se dice, demasiado azúcar, y esto propicia, a la larga, la aparición de la diabetes tipo 2. Virginia se muestra, ella misma, escéptica; pero le ha parecido conveniente aclarar el asunto conmigo, pues una y otra vez ha oído el cuento de que «demasiada fruta engorda, dispara la cantidad de insulina en la sangre».

Replico que se trata de lo contrario: La fruta, aunque tomemos cantidades exageradas, previene la aparición de la diabetes y estabiliza los niveles de insulina. De hecho, una dieta a base de frutas y vegetales verdes logra revertir la diabetes de tipo 2, a la vez que reduce las dosis inyectadas de insulina en los pacientes de la de tipo 1. Esta última se considera incurable, pero un régimen de vida adecuado es capaz de suprimir los síntomas y la obligación de inyectarse a diario. Para ello se requiere, no obstante, de un período prolongado.

19.5.26

DP [40]

—Es inevitable pensar —comienzo diciendo—, cuando uno se ha embarcado en estos proyectos gastronómicos en los que la meta final queda fijada de antemano, que en materia de nutrición nadamos desde el principio, desde que éramos chiquitos, en la mentira. Todo lo aprendido desde entonces no sirve sino de estorbo y engorro, nos impide avanzar por el camino auténtico de la sanación. Este descubrimiento obliga a poner en tela de juicio cualquier aseveración o frase lapidaria que proceda de las fuentes oficiales. Médicos, libros, programas de divulgación, se equivocan a menudo al tratar estos temas que tanto nos afectan. La cuestión del peso ideal también ha de ser revisada. Por lo pronto, se generaliza en función del sexo y de la edad: tal individuo de cuarenta años, si es hombre, debe pesar esto; pero si es mujer, deberá pesar más bien esto otro. No se tienen en cuenta ni la fisionomía particular, ni el estilo de vida, ni ciertas características de su morfología que a lo mejor impiden que la persona alcance el peso «ideal». En realidad este peso ideal dependerá de un conjunto de factores: un hombre que practica mucho deporte tiende a consolidar sus músculos y a fortalecer sus huesos; ganará, pues, en peso. Por el contrario, un hombre convertido en ratón de biblioteca, que gusta de pasar tardes enteras leyendo sobre una cómoda butaca, tenderá a perder masa ósea, sus huesos, con el transcurrir de los años, se volverán cada vez más frágiles. Por consiguiente, observemos caso por caso, aprendamos de la experiencia. Si alguien, con cinco kilos por debajo de lo considerado «normal», se encuentra estupendamente bien, dejémoslo estar. En tu caso, Carmen, y a juzgar por tu apariencia, el color del rostro y la gestualidad que te caracteriza, opino que dispones de un margen de por lo menos doce kilos antes de que se disparen las alarmas. Otra cosa es sentirse agotada. Considera que se han activado en tu cuerpo tanto el sistema linfático como el inmunológico, ahora que disponen de una oportunidad para deshacerse de tanto cúmulo de desechos. Es lógico, y hasta señal de que hemos escogido la senda acertada, el experimentar profunda apatía, ganas de detener la locomotora de una vida un tanto acelerada. Si cunde la fatiga, descansa, no temas reposarte un día entero, una semana entera: anula actividades, aplaza proyectos para ocasiones más favorables, renuncia a las prisas y quédate sentada en tu habitación, frente a una ventana, las veces que hagan falta.

18.5.26

DP [39]

Ha llegado el turno de Carmen, la todavía joven de 38 años que está consiguiendo, poco a poco, vencer su demasiado arrimo al alcohol. Dígase lo que se quiera al respecto, la solución definitiva siempre consistirá en practicar la abstinencia. La fórmula funciona con todo tipo de adicciones. En nuestros días, los adolescentes muestran una inclinación exacerbada por las pantallas, las consolas y los videojuegos; pues bien, dos semanas de depuración en el campo, y regresarán a la ciudad con la mente despejada y los pulmones henchidos de fragor y plenitud. La noto mejorada, aunque una expresión de rabia contenida, de furia desbordante, empaña su mirada, vuelta hermética, incluso acerada. Recapacito: «Todo el mundo experimenta este obstáculo; en primer lugar, se enfada consigo mismo cuando sobreviene una crisis de órdago. Un poco más tarde, culpa a los demás. Finalmente, se resigna».

Habla con voz asustada, revela que sigue adelgazando, ahora se ha ido a los 49, lo que supone una pérdida semanal de un kilo y medio, y esta dinámica tiene trazas de continuar, por lo que empiezan a asustarla los fantasmas de la desnutrición y la delgadez extrema. Además, se pasa noches enteras sin dormir por un miedo atroz que ha surgido de forma repentina: Yo había aclarado que la dieta amucosa y los medicamentos son incompatibles; pues bien, ella lleva varios años tomando ansiolíticos. Aunque ha intentado suprimirlos, hay uno que se le resiste. Su médico de cabecera le recetó en una ocasión cortisona; desde entonces la sigue tomando en cantidades moderadas. Esta situación, confrontada a los cambios actuales, ha terminado por atemorizarla hasta el punto de plantearse la urgencia de retirarse del grupo. Como colofón, asegura que nunca se había sentido tan débil como durante estas dos últimas semanas.

Yo sé que esta mujer necesita consuelo, reconfort, palabras de apoyo. De esto se encargan las demás integrantes de la sesión. Sus aseveraciones resultan, quizá, más eficaces que las mías. De mujer a mujer, es más fácil encontrar las palabras idóneas que de hombre a mujer. O tal vez me equivoque.

Sobre la debilidad y la flaqueza extremas por causa de un cambio drástico en la dieta, hay bastante que aportar. Respiro hondo y me lanzo, arrojando fuera de mí las cavilaciones, a la piscina.

16.5.26

DP [38]

—¿Y a qué se debe esta sinusitis? —insiste Alicia.

—La sinusitis representa uno de los primeros síntomas de desintoxicación: el cuerpo consigue sacar afuera el excedente de moco. Las vías de expulsión las conocemos todos, pero la gente ignora que también lo son los oídos y los ojos; de ahí los tapones con que a veces nos quedamos sordos y la visión nublada en los casos de embotellamiento del conducto lacrimal. Una dieta sana consigue resolver ambos problemas. La sinusitis desaparece por sí sola, de la misma manera que ha aparecido semanas o meses antes sin haber prevenido. En general es considerada como señal de buen augurio, pues anuncia que se ha obtenido un nivel óptimo de desatascamiento.

El testimonio de Isabel Alhama, a quien he cedido la palabra, resulta breve y convincente: Durante años ha estado tomando comidas frugales, por lo que no le ha resultado excesivamente complicado el cambio actual. Echa de menos, con todo, los plátanos. Por las mañanas, a eso de las once, solía tomar uno como almuerzo. Ella sabía que le sentaba muy bien y se lo agradecía a Dios; pero todo esto ocurría antes de que sobreviniera una crisis profunda, capaz de arruinar su equilibrio emocional y su paz interior (suspira, una lágrima asoma en el borde; ¿estará arrepentida de haber abandonado el convento?). Todos guardamos un respetuoso silencio.

—A propósito del plátano —prosigo—, es una fruta que contiene almidón si no está lo suficientemente madura. Pero cuando madura, el almidón se transforma en azúcares simples, por lo que conviene comerlo cuando la piel está negra o casi negra. Por lo general, la fruta verde hace daño al estómago porque actúan los antinutrientes. Toda fruta madura es una delicia, de lo contrario no lo es. Se dice que el ser humano, al igual que el resto de primates, puede distinguir los colores para saber discernir cuándo una fruta está madura y cuándo no. Por el contrario, los animales carnívoros son daltónicos; ellos no necesitan este tipo de información.

—He estado anotando lo que usted nos ha dicho —insiste Isabel, quien trae, en efecto, un cuaderno y un bolígrafo para escribir en él—; y me he dado cuenta de que hay muchos platos sabrosos que incluyen los tres ingredientes fatales. A saber: las lasañas, los raviolis, los espaguetis a la carbonara, las croquetas, las albóndigas, las empanadillas, las empanadas gallegas, los bocadillos de calamares a la romana, todos los purés acompañados de salchichas o de carne triturada, las hamburguesas, los gratinados al horno con patatas y pescado, la ensaladilla rusa y los rebozados de merluza con patatas fritas. Hasta un trozo de tortilla, acompañado de un filete de carne, incluye en el mismo plato esos tres ingredientes tan perjudiciales: las viandas, las harinas y la leche.

—Lo realmente pernicioso —apuntalo— es comer grasa con grasa, almidones con almidones, proteínas con proteínas, y todo ello mezclado y combinado de múltiples maneras. Pondré un ejemplo, de la lista que acabas de hacer, la ensaladilla rusa contiene dos veces almidón (en la patata y en el pan), dos veces proteína (en el huevo y en el atún), dos veces azúcar (en la zanahoria y en la mayonesa, si es de bote) y una cantidad espectacular de grasa: la mayonesa se elabora con un ochenta por ciento de aceite. Éste, por supuesto, será refinado y de mala calidad. Podríamos realizar análisis parecidos con el resto de platos que acabas de mencionar. Muchos lo dicen, ¡lo milagroso es que la gente no se haya desparramado aún por los suelos, de puro agotada! La mayor parte de su energía la invierten en completar digestiones difíciles, tan largas que a veces duran tres cuartas partes de una jornada.

15.5.26

DP [37]

Tras una pausa lenta de un minuto en el que todos tomamos aliento, contesto a mi auditorio expectante:

—Lo que te ha ocurrido durante esta semana fatal, y la precedente, querida Alicia, se debe a la actuación conjunta de una serie de factores. En primer lugar, los alimentos que producen moco son adictivos. Por eso cuesta tanto prescindir de las carnes, los lácteos y los cereales, una vez nos hemos acostumbrado a ellos. De esto ya hemos hablado, no hay para qué insistir. En segundo lugar, basta con que se moderen las cantidades o con que se introduzcan alimentos barredores (los vegetales) para que el cuerpo inicie un proceso de desintoxicación, más o menos intenso, en función de la energía de que dispongamos y del estado de nuestros órganos eliminadores, (¿hasta qué punto están obstruidos?). En tercer lugar, por poca limpieza que se produzca, la sangre se llena de una escoria que ha de ser evacuada lo más pronto posible. Tal situación provoca ansiedad y se manifiesta a través de mareos, fiebre, ganas de vomitar, cansancio y dolor de cabeza. El afectado adquiere un humor de perros. En las personas muy intoxicadas se dan los mismos síntomas que sufre el drogadicto cuando experimenta el síndrome de abstinencia: temblores, agresividad, delirio o impulsos incontrolados por obtener una dosis. Hay que tener en cuenta que demasiada toxicidad en la sangre representa un peligro real, puede incluso acabar con la vida del paciente. Por eso conviene ir despacio, sobre todo si la persona dispuesta a cambiar no padece aún ninguna de las enfermedades consideradas graves: cáncer, diabetes, ataques al corazón, etc. De ser así, al tratarse de un asunto de vida o muerte, tal vez convenga mostrarse drásticos desde el principio, puesto que urge la eliminación de residuos, moco y pus. Alicia, y todas las que me escucháis, os pido paciencia. Hay que pasar por esta fase de «purgatorio», puesto que «hemos pecado» anteriormente al atracarnos con comida no fisiológica. La recompensa, es decir, el acceso al «paraíso», llegará más tarde, por desgracia no sabemos cuándo. Pero hay que prepararse para una lucha contra las tentaciones del «diablo» que puede durar años, no exagero si digo que transcurre una década entre el momento en que iniciamos las hostilidades y el momento en que obtenemos, por fin, algo de reposo. Pero no todo son penas y desvaríos, las mejorías aparecen en fechas tempranas: cada vez respiramos mejor; nos sentimos ligeros en emociones y cargas espirituales; empezamos a vislumbrar que otra forma de pensar es posible, que las ideas negras y los sentimientos negativos se desvanecen como si fueran nubes opacas que un viento arrastra y hace desaparecer. Éste es el momento, sin duda, en que conviene que os lea un fragmento de la obra de Tomás Mann, La montaña mágica, novela escrita hacia, si no me equivoco, 1924, en Alemania.

Saco un papel que siempre guardo en el bolsillo, lo desdoblo y leo su contenido:

«[Durante la cena], una vez acabada la sustanciosa sopa, había nada menos que seis platos. Después del pescado venía un sólido plato de carne con diversas guarniciones; luego un plato especial de verdura, carne de ave asada, un postre especial de natillas, tan rico o más que el de la víspera y, finalmente, queso y fruta. Cada fuente pasaba dos veces, y no en vano. Se llenaban los platos y se comía en las siete mesas; un apetito feroz reinaba bajo aquel techo, un hambre canina que hubiera sido observada con placer si, de algún modo, no hubiera resultado al mismo tiempo inquietante, repugnante incluso.»

¿Por qué llama la atención un fragmento como éste? Porque este festín diario se celebra en el sanatorio para tuberculosos de Davos, en Suiza. Y no sólo, las comidas son todavía más copiosas. En los desayunos sirven filetes de bacon, huevos, tostadas untadas con mantequilla. Y las meriendas colmarían las ansias de un goloso, pues acompañan las bebidas con bizcochos, galletas y tortas a gogó.

¡Y estamos hablando de un sanatorio!, donde los comensales son tísicos que tosen y escupen sangre. ¿Cómo puede ser? La mortalidad en ese lugar de sanación (llamémosle de perdición) es tan elevada que los de las pompas fúnebres acuden a recoger los cadáveres en horas tardías, o durante las comidas y descansos, cuando los demás huéspedes no pueden descubrir tales visitas horrorosas.

Por eso, queridas compañeras, pues yo también estoy embarcado en esta empresa y practico la dieta amucosa lo mismo que vosotras, os pido que cuando decaigan los ánimos y flaqueen las fuerzas penséis en este episodio: Cómo la barbaridad permanece al acecho; por poco que nos descuidemos nos corta el camino y nos obliga a retroceder. Una de las discípulas de Arnold Ehret, la señora Teresa Mitchell, dejó escrito en una carta: «Si me acosa la tentación de comer, simplemente me pongo a pensar en otra cosa. Sé que el próximo "no" será más fácil». Nosotros vamos a coleccionar, de ahora en adelante, noes a la mala comida y síes a la buena, o sea, la que nos libra de todo el moco que se ha ido acumulando en el interior de nuestro cuerpo.

13.5.26

DP [36]

24 de julio, a las nueve de la noche, en el salón de mi casa.— Acabo de contar a mi esposa las peripecias de las dos últimas semanas con el grupo de cuatro mujeres que practican la dieta de transición en la clínica de Santa Ágata. Nosotros tenemos alquilado un piso cerca del Paseo Marítimo, en Palma. Se ha presentado una opción de compra, pero todavía no nos hemos decidido a dar el paso que nos hace propietarios, con las cadenas que ello conlleva, aunque tampoco ignoro que existen numerosas ventajas en el caso de que accedamos a firmar el contrato de compra-venta. Todo un lujo a nuestro alcance, con el permiso del Banco, desde luego.

Le he resumido a Elena, mi esposa, el balance de una situación a veces delicada, a veces explosiva; siempre en la cuerda floja, como tiene que ser, no obstante.

Empiezo por Alicia Campos, la solterona que ha rodado por el precipicio de los juegos, el desquicio, el disparate, la ruina... si una mano amiga no acude presta en su auxilio. Curiosamente, el enfoque de la dieta la ha ayudado a superar su dependencia psicológica por las apuestas y gastos superfluos. Podría decirse que una obsesión ha sustituido a otra. Pero yo no quiero, sobre todo, que el comer o no comer esto o lo otro se vuelva una obsesión. Debe ser, por el contrario, un acto frugal, placentero, casi anodino, si no fuera por la importancia que reviste. Confiesa que la experiencia, durante los últimos días, le ha resultado bastante dolorosa: en dos ocasiones ha mordisqueado, a escondidas, una tableta de chocolate, consciente de que le causaba asco y vergüenza. La atracción por las golosinas adquiría fuerza imparable, capaz de mover palas de molino, como la corriente de un río. Su cabeza se debatía en una lucha constante entre el sí y el no. Anímicamente, se siente desfallecida. En cuanto al aspecto físico, dolores de cabeza, cambios de humor, retortijones en el vientre, problemas respiratorios al sobrevenirle una sinusitis aguda, que perturba su descanso hasta altas horas de la noche. La experiencia comienza a convertirse en un calvario. Se siente cada vez peor. Aun así, ha notado una ligera mejoría a partir de la tercera semana, cuando las cuatro comensales se han puesto a comer en mesa aparte, a las doce en punto, es decir, una hora antes que el resto de inquilinos. Yo la he escuchado en silencio y no me he atrevido a intervenir hasta no agotarse ese torrente de dudas, quejas, zozobras y angustias desmesuradas.

12.5.26

DP [35]

Declaro, por si no lo he anunciado antes, que la semana entrante sería la última en que tomarían asiento con sus compañeros habituales en la cantina. A continuación les tocaría comer ellas cuatro en mesa aparte, con un menú especial, adaptado a la dieta de eliminación y desintoxicación, llamada amucosa. La primera reducción consistiría en limitar el número de comidas diarias a tres: los desayunos se borraban de la carta y la merienda se limitaría a un simple zumo de naranja de medio litro, o a lo mejor de un litro entero. Las cenas serían más frugales que las comidas, basándose éstas en frutas exclusivamente; por las noches tomarían ensaladas; y durante las primeras semanas se tolerarían porciones pequeñas de arroz integral cocido o de una patata asada. Los vegetales al vapor combinarían con los crudos, pero la atención estaría puesta en no realizar malas combinaciones ni incluir demasiados ingredientes dentro de un solo plato. La simplicidad sería una de las reglas básicas, necesaria para garantizar una progresión óptima hacia la salud y el equilibrio corporales.

Como broche a esta segunda cita, detallo algunas conclusiones a las que yo mismo he llegado tras haber estado cavilando durante meses enteros:

La humanidad se ha autoexpulsado del paraíso desde hace milenios, por tradición y por voluntad propia. Este destierro (que tan bien ha escenificado la Biblia) encuentra su causa en el abandono de la alimentación fisiológica frugívora. En efecto, el trinomio cereales-carnes-lácteos produce locura, envenena y desnutre el organismo. Esto explica el surgir de las enfermedades y la sinrazón de la conducta humana, tan proclive a los actos de violencia y demás desbarajustes propios de las civilizaciones, tanto históricas como vigentes.

La segunda causa del desastre intergeneracional se halla en el hábito de correr detrás del tiempo. Esto nos impide valorar el presente, y por consiguiente lo malgastamos. El dinero, transformado en el gran objetivo individual y colectivo, actúa como espantapájaros de la libertad: la asusta y la fuerza a escapar de nuestras vidas.

11.5.26

DP [34]

Replico que se trata de disfrutar con la comida, en efecto, pero a través de productos sanos y dulces: las frutas, adaptadas a nuestra fisonomía de primates. No es mi intención detenerme en este punto, así que cedo la palabra a Virginia, la última en ofrecer su testimonio. Ya ha sido presentada en episodios precedentes, por lo que no me entretengo en describir sus rasgos físicos. Puntualizo, con todo, que ha perdido dos kilos en las últimas dos semanas, por lo que ahora parece más alta y, sin llegar a espigada, sí que ha ganado en porte atractivo y elegante. Viste un pantalón blanco, ligero, acompañado de una chaqueta de verano, igualmente blanca. Ha cambiado de peinado, que ahora recoge hacia atrás con un elástico por encima de la nuca.

Ella ha decidido renunciar, a las primeras de cambio, a la leche y sus derivados. Esfuerzo complicado, admite, puesto que desde niña ha sido adicta a los yogures de sabores. Juzga que el esfuerzo valdrá la pena. También suprime de sus comidas el pan, bajo todas sus formas y presentaciones. En esto han coincidido las cuatro mujeres que me acompañan en esta segunda reunión. Son conscientes de que es quizá el primer alimento, junto con las carnes, que hay que suprimir. Nos dice que esta semana las dos renuncias no le han acarreado ningún problema, ni moral ni físico, pues de las explicaciones oídas anteriormente acerca de la dieta amucosa fundada por el doctor Arnold Ehret había obtenido el valor y coraje necesarios.

Antes de que se me olvide, saco a colación un punto importantísimo: la dieta que nos ocupa, tan especial, basada en frutas, y los medicamentos son incompatibles. No se puede servir a dos amos a la vez. O lo uno o lo otro. O escoge uno el camino de la ciencia alópata, con sus medicamentos, tratamientos, protocolos y análisis de laboratorio, o escoge uno el prescindir de toda clase de alimentos impropios a la especie humana en tanto que frugívora, al igual que sus primos los monos y los gorilas. Practicar una dieta estricta de frutas, con ayunos más o menos largos, sin haber eliminado la medicación resulta tan peligroso como arrojarse al mar en pleno invierno y con la ropa puesta.

10.5.26

DP [33]

Cuando se hace un cambio hacia una dieta más sana, siempre hay un factor desencadenante. En mi caso fue, a los 42 años, el persistente dolor de espalda. En dos ocasiones se me bloqueó y no podía moverme. Una dieta adecuada + abdominales diarios resolvieron el problema. Más tarde cambié de cama. Ahora duermo en el suelo, sin colchón. Tampoco utilizo almohada.

Cedo la palabra a Alicia Campos, la persona que ha confesado ser adicta a los juegos de azar. Nunca ha estado casada y hasta la muerte de su madre, ocurrida en fecha reciente, no ha sabido lo que es vivir sola y con total independencia. Mantiene relaciones calamitosas, de hostilidad, con una hermana y un hermano mayores que ella. Por suerte, el segundo vive lejos de esta isla, mientras que la primera está alojada en Alcudia, donde trabaja como mujer de la limpieza en un hotel de cuatro estrellas, situado en primera línea del mar. Alicia es, físicamente, una mujer del montón: morena con pelo ondulado, carnes fofas, doble papada, dedos regordetes, un trasero tan abultado como un pandero y forma de cuerpo amorcillada, que es común a todos aquéllos que padecen problemas de sobrepeso. No se siente acomplejada; pero sí, dice, «molesta con la vida», a la que culpa de no haberle ofrecido excesivas oportunidades.

Por su aspecto físico, es quizás de las cuatro la que más necesite una depuración y renuncia estricta de los alimentos que engordan. Aclara que ha renunciado, durante esta semana, a los cacahuetes salados y tostados (por los que experimenta una afición irreprimible), y al pan de las comidas y las meriendas. Subraya, no obstante, que le resulta por ahora imposible anular el de los desayunos y las cenas. Para ella, comer representa un placer, seguramente el único a su alcance, cuya renuncia exigiría por su parte enormes sacrificios, dolores y esfuerzos ímprobos.

8.5.26

DP [32]

La siguiente en contarnos sus peripecias de la semana es Isabel Alhama. La veo con mejor aspecto que la vez pasada. Es una exreligiosa de 55 años. De su antigua vida en el claustro conserva el pelo corto y la manía de juntar las manos por delante del pecho. Debido a sus continuas depresiones, es raro que aflore la sonrisa en su rostro; pero cuando consigue borrar los pensamientos oblicuos se iluminan sus ojos y adquiere una expresión trascendente. Es una mujer de estatura mediana, flaca, con frente abombada y labios muy gruesos. Siempre lleva un vestido largo, gris ceniciento. Pese a que abandonó la vida monacal, no ha perdido por ello la fe en Cristo. No le preguntéis por qué aconteció un cambio tan radical en su vida, aún no se siente preparada para abordar tan espinoso tema.

Dice que ha dejado el pan y los helados. Su propósito es dejar a continuación los bizcochos que acostumbra tomar a media tarde, y las tabletas de chocolate que se permite de vez en cuando, sobre todo los fines de semana, momento en que suele aflojar la vigilancia. Yo la felicito y le anuncio que ha tenido muy buenas ideas; ahora toca no desesperar ni rendirse a las ofertas del diablo en forma de golosinas y platos que perjudican nuestra salud.

Y en el terreno psicológico, ¿qué puede contarnos? Formulo la pregunta con mucho tacto, pues preveo fragilidad tanto de cuerpo como de espíritu.

Afirma que se ha dado cuenta de la importancia de no obsesionarse con la comida; así que ha procurado pensar lo menos posible en el cambio de dieta. Y hasta la fecha, le ha ido bien.

Antes de dar turno a la tercera mujer, cuento al auditorio mi recorrido personal: desde que nací hasta los 27 años, omnívoro; un año de vegetariano; hasta los 42, otra vez omnívoro; luego, vegano con bastante irregularidad y «traiciones»; luego, a partir de los 46, crudivegano flexible; luego, a los 54, crudivegano estricto; y por último, frugívoro, a partir de los 56.

Considero que las primeras etapas han sido preparatorias de la última, que puede ser la definitiva. Les recuerdo que la dieta vegana es peligrosa, en el sentido de que no abandona los cereales, ni la patata, ni las legumbres. Hace tanto daño, o más, que la omnívora, pues abusa de la soja, de los fritos y de las mezclas, por ejemplo cuando aderezamos una ensalada con diez ingredientes.

La alimentación frugívora requiere de una dieta de transición, del ayuno intermitente y de la práctica de ejercicios físicos y respiratorios. Representa, en definitiva, un estilo de vida que busca la armonía con la naturaleza. Si alguna vez fallamos, debemos pensar que lo importante es seguir por el buen camino. No cuesta nada volver a intentarlo, si en determinadas ocasiones se ha dado el tropiezo; y esto las veces que hagan falta.

6.5.26

DP [31]

A propósito de las tentaciones y antojos, aviso que habrá que contar con ellos, especialmente durante las primeras semanas. No se da un alivio en este sentido hasta a partir del quinto o del sexto mes de cambio de dieta. La alimentación es considerada una forma de adicción poderosa, capaz de doblegar las voluntades más recias. Para salir airosos, conviene adoptar una estrategia basada en dos puntos: El primero, puesto que comer se asocia con una forma de placer, consiste en sustituir un placer por otro, sustituir los alimentos placenteros al paladar, pero dañinos, por los que no lo son, aunque conserven el sabor agradable. La especie humana siente especial predilección por las comidas dulces. Los bebés, instintivamente, las prefieren a todas las demás. Este requisito lo cumplen perfectamente las frutas, convertidas de este modo en aliadas fundamentales para la derrota y abstención de los «caprichos» malsanos. Es preferible darse un atracón de peras maduras que con un plato rebosante de pastas acompañadas de salsa con carne triturada. Les aconsejo que tengan esto muy en cuenta.

El segundo punto que ayuda a vencer los antojos consiste en apartar el pensamiento de las «zonas peligrosas». No debemos obsesionarnos con la comida, con el cuánto, el qué o el cómo. Cuando nos venga a la mente la imagen de una pizza recién sacada del horno, intentaremos con todas nuestras fuerzas pensar inmediatamente en otra cosa. Para este fin, sirven de ayuda el estar ocupados con actividades benéficas (paseos, lecturas, ejercicios físicos) y el evitar las zonas de riesgo; por ejemplo, en el supermercado no nos pasearemos por los pasillos donde colocan en estanterías y en cámaras frigoríficas pizzas, patatas fritas congeladas, galletas rellenas de chocolate, frascos de mermelada, pedazos de queso envueltos en plástico, etc. Lo mismo ocurre cuando visitamos el centro histórico de una ciudad. ¿Por qué detenerse delante de la pizarra de un restaurante, donde han puesto el menú, si sabemos que para nosotros sólo cabe la posibilidad de las ensaladas? «Más vale no tentar al diablo», concluyo.

5.5.26

DP [30]

No tardan en comunicarme la ausencia de Margarita, algo de lo que ya estaba informado. Propongo que se inicie una tabla redonda, durante la cual cada una hablará de su caso, cómo le ha ido en esta semana tan delicada.

Comenzamos por Carmen, la benjamina del grupo. Lleva un vestido de tirantes con estampados azules y rojos. El peinado hacia atrás, de un color pajizo que se aclara en los meses estivales. Los labios son finos, de un rosa apagado, y posee una cara alargada, de pómulos salientes y barbilla puntiaguda. La frente, ancha y despejada. Resulta atractiva, pero unas ojeras persistentes estropean su mirar de ojos azules, como de niebla flotante por encima del nivel del mar.

Se presenta con pocas palabras (ya todos la conocemos). Sostiene que la semana pasada pesaba 53 kilos y ésta, 51. Mide 1,59 m. Pregunta si aquél se corresponde con ésta. Le contesto que sí, por el momento no tiene por qué inquietarse. Todos los cambios de dieta suelen acarrear una pérdida más o menos significativa de peso. ¿A qué dos alimentos ha renunciado? Dice que ha decidido eliminar el pan, toda forma de pan, y el vaso de leche que tomaba cada mañana en el desayuno. Seguirá tomando café, pero ahora sin azúcar. Quizá a partir de la semana entrante renuncie a las tostadas untadas con miel, margarina o mermelada. La felicito. ¿Y los síntomas? Más bien psicológicos, ha echado de menos el pan y ese vaso matinal de leche; pero ha resistido como una campeona. Vuelvo a felicitarla. ¿Algo más que añadir? Explica que psicológicamente ha habido tardes en las que se sentía acorralada, como si fuera la presa en una cacería. Por suerte, sus amigas estaban cerca y el no sentirse del todo sola le ha dado suficientes fuerzas para poder evitar la rendición ante las tentaciones.

4.5.26

DP [29]

10 de julio, a las diez de la mañana, en la cantina.— La semana ha resultado movida. Ya me lo esperaba, los comienzos en un cambio de régimen representan una prueba de fuego. Los expertos consideran que se requieren siete días para que el cuerpo y la mente integren un nuevo hábito. Yo opino que son más bien 21 días. En cualquier caso, la voluntad, sometida a prueba, responde afirmativa o negativamente, depende del momento, favorable o no, por el que esté atravesando el individuo.

De las cinco chicas, ha desistido una: Margarita. Acudió el día anterior a mi despacho para anunciarme que declinaba toda tentativa de restablecer su salud mediante una dieta, al parecer, prometedora. Se mostraba enfadosamente escéptica. Traté de averiguar la razón, pero ella no quiso desvelar más detalles, sino que había hablado con «alguien» que le había insinuado que con este régimen especial se ponen en juego muchos riesgos para obtener, al final, escasos beneficios. En definitiva, consideraba ahora que se puede sanar sin necesidad de llenar el plato de agujeros donde todo son privaciones y frutas amargas o dulces, la mayoría de ellas repletas de pesticidas y privadas de sabor por el modo como trata la industria agroalimentaria los productos de la huerta y el vergel. Por su mirada rotunda, seca, desafiante, comprendí que no valía la pena intentar remotivarla para que no abandonase nuestro grupo. Me dije que cada persona «sigue su camino», debe partir de ella el tomar una u otra dirección. Asentí con una inclinación de cabeza y la señora, satisfecha, abandonó mi despacho con un escueto: «¡Buena suerte!».

Hoy es diferente, me siento más animado que la víspera. Si han acudido las cuatro restantes a la llamada es porque han sobrevivido a la prueba de fuego, la semana decisiva en que acontecen las primeras privaciones y ya se perfilan las que están por venir.

3.5.26

DP [28]

Nos despedimos, no sin haber acordado la fecha de una nueva reunión y la delicada cuestión del «diagnóstico». El maestro alemán estableció un método infalible, que apodó «espejo mágico», para conocer el estado exacto de los órganos digestivos. Pasados dos o tres días de ayuno, la lengua se vuelve negra y el aliento empeora horriblemente si las cosas van mal en nuestro interior. La lengua se convierte así en un reflejo fidedigno de la patología interna. No es necesario descubrir una lengua «negra» para cerciorarnos de que nuestra salud anda seriamente tocada, basta con alimentarnos exclusivamente de frutas varios días y fijarnos en los síntomas: si padecemos dolores de cabeza, palpitaciones irregulares en el pecho, mareos y ganas de vomitar, así como una debilidad creciente, es señal de que urge iniciar la dieta de transición, pero sobre todo no se debe acudir a la dieta amucosa, la que se basa exclusivamente en frutas y vegetales de hoja verde.

Aclaro que en la mayoría de los casos conviene comer frutos secos, para asegurar una ingesta mínima de lípidos, aunque en cantidades moderadas. Tampoco debemos dejar de lado los aguacates, gran aliado en los casos en que atenaza y amordaza una delgadez extrema. Invito a las cinco señoras a que sigan los siguientes pasos: al principio se trata más bien de suprimir, en vista de que la mayoría de las personas de los países occidentales muere a causa de una sobrealimentación. Comer menos es la primera medida que ha de tenerse en cuenta. La segunda, suprimir uno por uno los alimentos que más daño hacen: las harinas en general y el pan y las pastas en particular; las carnes; los huevos; la leche y sus derivados; las legumbres y los cereales; y los tubérculos con almidón, como es el caso de la patata. Estos productos producen mucus y por consiguiente ensucian el organismo. Deben ser descartados completamente. Pero esto exige tiempo. Cada semana habrán de suprimir dos, a su entera elección. En un cuaderno anotarán la comida ingerida cada día y sus cantidades. Se pesarán una o dos veces por semana. También podrán escribir en él impresiones y «calamidades»: diarreas, bajadas repentinas de tensión, migrañas, cambios intolerables de humor, etc.

El 10 de julio se efectuará el primer balance. Las chicas, contentas, abandonan la cantina, justo cuando las mujeres del servicio regresan a la cocina después de haber puesto las mesas. Por mi parte, feliz, me retiro a mi despacho. Dentro de una hora sonará la campana para comer.

2.5.26

DP [27]

Alicia es la más coqueta de las cinco, la única que ha acudido a la charla con las uñas y labios pintados. También se ha puesto un poco de rosa en los pómulos. Yo se lo perdono, porque el ser coqueta es una cualidad que ensalza a mi juicio a la mujer. Pese a que ha intervenido poco hasta ahora, es ella la que se interesa por mi recorrido personal en cuanto a la dieta, por qué decidí adoptar la del doctor Ehret.

—Buena pregunta —admito—; no se puede enseñar a «comer sano» si uno mismo no sirve de ejemplo. Sería una contradicción monstruosa, inaceptable para el paciente.

Veréis, yo soy un ciudadano del siglo XX, como vosotras mismas, nací poco antes de la segunda catastrófica guerra mundial, y es posible que Dios me permita conocer las primeras décadas del siglo que viene. Acepté los dogmas comunes, los credos que irrumpen hasta en lo más profundo de la ciencia, como si fueran verdades incuestionables, cuando sólo son mentiras enraizadas en el tiempo. La nutrición está colmada de ellas. El factor que me hizo ponerlo todo patas arriba fue el siguiente: A los cuarenta y seis años los males de espalda se volvieron crónicos; con cada vez mayor frecuencia me veía obligado a interrumpir el trabajo para permanecer acostado en la cama, o inmóvil en un sillón, porque la dolorida columna no me permitía realizar esfuerzo alguno. Si acudís, como yo hice, al dictamen de un facultativo comprobaréis que no existe solución a estos males, salvo una operación (con escasas probabilidades de éxito) o un pinchazo que paraliza por un tiempo los nervios afectados. Esto no resultaba en absoluto convincente, empecé a investigar por mi cuenta y acabé desembocando en el libro de Arnold Ehret. Me dije que no perdía nada por probar, y el resultado salta a la vista: me he vuelto un ehretista de los pies a la cabeza. Mis dolores de espalda han sido relegados a la categoría de recuerdo; adiós a mi visita anual al dentista; mi vista, antes cansada, se ha fortalecido. En fin, ahora soy otro hombre y me considero completamente feliz. Los disgustos son siempre pasajeros y el alma agradecida de la creación, como la mía, aprovecha hasta el último segundo de su existencia. Cada instante se vuelve mágico, cada segundo posee el valor del rubí, y el mero hecho de respirar le llena a uno de gozo. Puesto que he podido probar efectos tan beneficiosos en mí mismo, mi deseo es transmitir, contribuir a que la humanidad gane en gozo y alegría fecundos.