5.5.26

DP [30]

No tardan en comunicarme la ausencia de Margarita, algo de lo que ya estaba informado. Propongo que se inicie una tabla redonda, durante la cual cada una hablará de su caso, cómo le ha ido en esta semana tan delicada.

Comenzamos por Carmen, la benjamina del grupo. Lleva un vestido de tirantes con estampados azules y rojos. El peinado hacia atrás, de un color pajizo que se aclara en los meses estivales. Los labios son finos, de un rosa apagado, y posee una cara alargada, de pómulos salientes y barbilla puntiaguda. La frente, ancha y despejada. Resulta atractiva, pero unas ojeras persistentes estropean su mirar de ojos azules, como de niebla flotante por encima del nivel del mar.

Se presenta con pocas palabras (ya todos la conocemos). Sostiene que la semana pasada pesaba 53 kilos y ésta, 51. Mide 1,59 m. Pregunta si aquél se corresponde con ésta. Le contesto que sí, por el momento no tiene por qué inquietarse. Todos los cambios de dieta suelen acarrear una pérdida más o menos significativa de peso. ¿A qué dos alimentos ha renunciado? Dice que ha decidido eliminar el pan, toda forma de pan, y el vaso de leche que tomaba cada mañana en el desayuno. Seguirá tomando café, pero ahora sin azúcar. Quizá a partir de la semana entrante renuncie a las tostadas untadas con miel, margarina o mermelada. La felicito. ¿Y los síntomas? Más bien psicológicos, ha echado de menos el pan y ese vaso matinal de leche; pero ha resistido como una campeona. Vuelvo a felicitarla. ¿Algo más que añadir? Explica que psicológicamente ha habido tardes en las que se sentía acorralada, como si fuera la presa en una cacería. Por suerte, sus amigas estaban cerca y el no sentirse del todo sola le ha dado suficientes fuerzas para poder evitar la rendición ante las tentaciones.

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