10 de julio, a las diez de la mañana, en la cantina.— La semana ha resultado movida. Ya me lo esperaba, los comienzos en un cambio de régimen representan una prueba de fuego. Los expertos consideran que se requieren siete días para que el cuerpo y la mente integren un nuevo hábito. Yo opino que son más bien 21 días. En cualquier caso, la voluntad, sometida a prueba, responde afirmativa o negativamente, depende del momento, favorable o no, por el que esté atravesando el individuo.
De las cinco chicas, ha desistido una: Margarita. Acudió el día anterior a mi despacho para anunciarme que declinaba toda tentativa de restablecer su salud mediante una dieta, al parecer, prometedora. Se mostraba enfadosamente escéptica. Traté de averiguar la razón, pero ella no quiso desvelar más detalles, sino que había hablado con «alguien» que le había insinuado que con este régimen especial se ponen en juego muchos riesgos para obtener, al final, escasos beneficios. En definitiva, consideraba ahora que se puede sanar sin necesidad de llenar el plato de agujeros donde todo son privaciones y frutas amargas o dulces, la mayoría de ellas repletas de pesticidas y privadas de sabor por el modo como trata la industria agroalimentaria los productos de la huerta y el vergel. Por su mirada rotunda, seca, desafiante, comprendí que no valía la pena intentar remotivarla para que no abandonase nuestro grupo. Me dije que cada persona «sigue su camino», debe partir de ella el tomar una u otra dirección. Asentí con una inclinación de cabeza y la señora, satisfecha, abandonó mi despacho con un escueto: «¡Buena suerte!».
Hoy es diferente, me siento más animado que la víspera. Si han acudido las cuatro restantes a la llamada es porque han sobrevivido a la prueba de fuego, la semana decisiva en que acontecen las primeras privaciones y ya se perfilan las que están por venir.
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