28.5.26

DP [46]

Me planteo la conveniencia de dialogar con cada una por separado, por si surgiesen temas espinosos que no se atrevieran a tratar en público. Lo cierto es que parecen entenderse a la perfección y el apoyo mutuo queda fuera de toda duda. Gracias a ello, dominan las tentaciones y los impulsos de desistimiento quedan al punto derrotados. Y eso que cada una de ellas experimenta el rechazo de la pequeña comunidad que forma un sanatorio de nuestra categoría, con ciento veinte camas disponibles. En la actualidad, sólo un tercio de ellas siguen ocupadas.

Les pregunto si sienten el deseo de consultar a solas conmigo algún asunto delicado. Me contestan, sonrientes, que prefieren abordar los temas en el seno del grupo, sin que se den ni reservas ni secretismos. Asiento con leve inclinación de la frente. Entonces, le pido a Alicia que nos describa las etapas de sus «malandanzas» con las frutas.

Con unas pocas frases, cuenta que al principio no le causaban ningún problema. Pero al cabo de un tiempo ha ido experimentando una náusea creciente a la hora de ponerse a masticarlas. Sentía rechazo del cuerpo entero, dolor de vientre, necesidad imperiosa de ir al baño, taquicardias. «Desde que como mucha fruta, apostilla, no paro de ir al baño». «Y nosotras, lo mismo», intervienen sus dos compañeras.

«No exagero, prosigue Alicia: oler cualquier clase de fruta, hasta una rodaja de sandía, que antes adoraba, me provoca mareos, sudores y ganas de vomitar. Y yo intuyo que las digestiones no son correctas. Después de una diarrea, viene otra. Todas las mañanas, al levantarme, me espera una migraña de campeonato, que no se disipa hasta pasadas las once. Me siento molida el resto del día, como si acabara de correr una maratón».

—Por múltiples razones —explico—, hay que suspender, en tu caso, el tratamiento basado en frutas exclusivamente. Tanto física como anímicamente, no estás preparada aún. Más tarde, quizá dentro de un mes, volveremos a la carga. Las prisas son malas consejeras y nosotros no las queremos a la hora de tomar las decisiones más importantes. Por consiguiente, paciencia; a partir de mañana, tu comida del mediodía semejará a la de la tarde-noche, con la diferencia de que a menudo los platos contendrán más productos al vapor que elementos crudos. Se lo dejaré muy bien explicado al jefe de cocina. Por ahora cumple a la perfección cuanto le pido. Seguiremos evitando, no obstante, la ingesta exagerada de almidones. Una porción diaria será suficiente. Sin embargo, voy a pedirle que te reserve, en calidad de postre, una parte pequeña de requesón, elaborado con leche de cabra o de oveja. Evitamos la leche de vaca, que resulta totalmente indigesta para el ser humano. Este cambio en la dieta te va a proporcionar un alivio psicológico, a la vez que amplía el plazo al cuerpo para que termine adaptándose a los regímenes sin almidones, sin carnes, sin lácteos y sin cereales. Como dicen por ahí: Retrocedemos un paso, para realizar a continuación dos seguidos. Y creedme si os aseguro que esta estrategia funciona, actúa como un desatascador universal.

La comparación cae en gracia, las tres amigas sonríen. Por mi parte respiro, la tensión inicial poco a poco se va diluyendo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario