29.5.26

DP [47]

Virginia vigila de cerca su evolución en cuanto al peso. La curva es descendente, pero esto, lejos de deprimirla, la motiva para seguir adelante. Ha buscado y encontrado, dice, razones poderosas para perseverar en su empeño de rescatar la salud. Ha estado leyendo mucho estos últimos días y descubre, con asombro, que el horizonte de sus expectativas se ensancha, la vida se vuelve luminosa y nota una claridad de ideas inédita. Un torrente de energía recorre su columna vertebral nada más ponerse en pie, y esta energía es fresca, purificadora, chisporroteante, como una lluvia de burbujas de colores. Experimenta emociones que nunca antes hubiera sospechado que existían: el encuentro con una mariquita, en la ventana, la eleva al séptimo cielo, se apodera de ella una sensación de júbilo idéntica a la que sentía antes de cumplir los diez años.

«No todo son alegrías en este mesecito de agosto, añade tras una pausa en la que tuerce el gesto. La supresión del café mañanero me enfurece aún. Y el vacío que he notado en el estómago hasta el mediodía ha sido fuente irreprimible de temblores, mareos y flojedad».

No queda más remedio que felicitarla por su aguante. Aprovecho para hacerlo calurosamente. La reubicación y remotivación son comodines en esta terapia. De mí depende el no mostrarme cicatero con estas dosis de buen ánimo.

Recuerdo a mi audiencia que las tazas de café pueden ser sustituidas por las tazas de achicoria, excelente alternativa para mantener un sabor y aroma que nos resultan agradables. En la dieta amucosa se desaconseja el consumo de estimulantes (sodas, café, té, cacao) porque son utilizados para disfrazar la realidad de un cuerpo agotado, agobiado y al borde del caos. Sólo la dosis acostumbrada del «dopante» preferido ofrece una posibilidad de mantener el cuerpo firme, preparado para resistir la terrible jornada que le aguarda. Pero esto es hacer trampas, y tarde o temprano el consumidor termina pagando muy caro el haberse saltado las normas de la naturaleza. Lo mismo les ocurre a los atletas que engañan al mismo tiempo al público, a sus camaradas y al organizador de las carreras, al haber hecho uso de sustancias prohibidas. ¡Claro, el café no está prohibido! No por el hombre, sí por nuestra condición natural frugívora, a la que es imposible engañar, y actuar en su contra equivale a suministrarse palos en la cabeza.

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