30.5.26

DP [48]

Cedo la palabra a Isabel Alhama. De las tres, es la que sigue una evolución más favorable, con signos inequívocos de mejoría. Nos habla sobre todo de su estado mental, cómo ha averiguado que soltaba lastre psicológico, acumulado durante décadas, a medida que avanzaba por esta nueva senda de la purificación. En pocas palabras, su depresión crónica se diluye en el espejo de su cuarto de baño. Renacen las ganas de vivir, siente un flujo de energía que le infunde vigor, paz, serenidad, la dicha de saberse amada y respetada por ella misma. «He hecho las paces con Dios», concluye con amplia sonrisa.

Una vez más, toca distribuir felicitaciones, tanto a las que se sienten mejor como a la que navega por un mar proceloso: Alicia Campos. Aseguro que las diferencias se deben a cuestiones de ritmo en los tiempos de adaptación y que, en suma, todos los que se arriesgan a cambiar atraviesan las mismas etapas, más o menos pronunciadas.

Nuestra conversación en torno a las jarras de zumo de naranja va a finalizar. Pero yo aprovecho, antes de despedirnos, para traer a colación un asunto al que la escuela higienista otorga particular importancia: la selección de maquillajes, cremas, champús, jabones, mascarillas, polvos y carmines comúnmente utilizados en el aseo diario. La piel, como una boca, se traga todo lo que le echan encima. Si una crema contiene tósigos, estamos suministrándolos al torrente sanguíneo a través de la piel. Esto da un trabajo extra a los riñones y el hígado. Y no siempre el cuerpo consigue eliminar estos venenos. Luego no es de extrañar que proliferen los cánceres de mama, colon, hígado, páncreas y próstata. Conforme pasa el tiempo, ¡la piel se traga kilos de materia tóxica camuflada en champús y jabones de fabricación industrial! Todo cuanto nos aplicamos a la piel tiene que ser perfectamente comestible para que resulte inocuo: arcilla, jabones naturales, aceite de ricino, aceites esenciales, aloe vera, aceite de coco, cataplasmas realizadas con plantas medicinales, como la ortiga, el rábano negro, la manzanilla y el diente de león.

Tras dar estas explicaciones, conducimos los vasos y las jarras al fregadero y nos disponemos a abandonar la cantina, cuyas mesas aún no están dispuestas para la próxima cena.

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