31.5.26

DP [49]

El mismo día, un poco más tarde.— Tropiezo con Isabel por los pasillos de la primera planta. En realidad me estaba buscando. Desea conversar conmigo. Le pregunto qué hay, pues la noto un tanto agitada. Logra calmar los nervios y me cuenta que no ha sido del todo sincera conmigo en la charla que habíamos mantenido durante la merienda. Sus noches no son tan apacibles como ella quisiera, sueña noche tras noche con los garbanzos y sus variadas preparaciones: en cocidos madrileños, dentro de ensaladas estivales, en forma de paté, con patatas, acelgas y carne en un guisado suculento de Navidad… Durante las horas del día no para de pensar en los malditos garbanzos, metidos en su cabeza como si la obstruyeran.

Sonrío. Su confesión es a la vez interesante y divertida. Le pregunto por qué no lo ha dicho antes. Reconoce haber mentido (la ocultación es una forma de mentir). Ella sólo pretendía ofrecer una perspectiva de triunfalismo para incentivar a sus compañeras, como dando a entender que el camino escogido procuraba buenos frutos.

Declaro que sobre los antojos y obsesiones ya habíamos hablado anteriormente. No obstante, se me ocurre que se ha presentado una ocasión pintiparada para referirle cierta anécdota instructiva. La dirijo a mi despacho y allí, tras abrir la ventana y correr la cortina, doy rienda suelta a mis dotes de narrador. Ella me escucha, muy silenciosa, hasta el final.

—El comisario Raúl, viejo amigo mío, cayó en la influencia de mis métodos atípicos. Hizo las cosas bastante bien, con tesón y voluntad. Aguantó dos años enteros a base de alimentos crudos, más ensaladas variopintas que frutas, aunque éstas últimas tampoco las descuidó. Sólo que un día, hará de esto unos seis meses, acordó celebrar con su esposa su veinticuatro aniversario de casados en un restaurante chino de Palma, ubicado en la calle 31 de diciembre. El sitio es popular y bastante chic. Casi se ofrecieron un «buffet à volonté». Pero ella se mostró más comedida que él. Mi amigo comió, en tan memorable ocasión, fritangas, trucha, salsa dulce con arroz blanco, guisantes y redondeles de zanahoria, calamares a la romana, algas, rollitos de primavera… Evitó la carne por aquello de no ponerse en evidencia a sí mismo. Pero se resarció con los postres, pues pidió tiramisú, frutas en almíbar y un pedazo de tarta de frambuesa. La casa por la ventana. Su estómago, habituado a una vida tranquila, recibió la bomba y no protestaría hasta pasado un buen rato. De vuelta en el hogar, se provocó él mismo vómitos introduciéndose dos dedos en la boca. Su mujer, ausente, no fue testigo del drama hasta que no regresó, a eso de las veinte horas. El marido sufrió mareos, dolor de barriga, palpitaciones furiosas en el pecho, sudores y hasta espasmos que hubieran derribado a un elefante. Como no le asustaba la muerte, optó por sufrir la experiencia a solas, sin telefonear a urgencias para que una ambulancia se hiciera cargo de él. Sobrevivió al primer día, y esto ya supone un triunfo inmenso. Barruntaba que el corazón, a fuerza de latir alocado, podría ceder. Una crisis cardíaca lo convertiría en fiambre. La consideraba una muerte ridícula, pero en el fondo la aceptaba. Había «pecado» y sólo quedaba pagar las consecuencias. En los tres días siguientes tuvo que hacer frente a una constipación severa. Se negó a probar bocado, pese a las insistencias de su mujer, quien ya se alarmaba de veras. Pero él sabía (yo se lo había dicho) que un cuerpo enfermo sólo se cura a base de ayuno y reposo. Por las tardes bebía un vaso de agua. A partir del tercer día se preparó un zumo con dos naranjas y un limón. Poderoso laxante, que no funcionó esa vez. También efectuó todos los días lavativas infructuosas. Lo único que consiguió llevarlo al baño fue una compota de manzanas trituradas con una planta de acuario, la vallisneria gigantea. Se recuperó al cabo de cinco días, aunque la debilidad perseveró más de dos semanas. Había regresado al régimen estricto de frutas.

¿Por qué había hecho semejante locura el comisario? Porque había encontrado una excusa para reponer antiguos olores, delicias y degustaciones apetitosas. Comió así por nostalgia, y esto le costó caro, más que el precio de la consumición en el restaurante. Amiga mía, si tú sueñas con garbanzos es porque anhelas la proteína y el almidón que contienen, a partes iguales, y también es porque tu sangre, más limpia y fuerte que nunca, remueve esos desechos de antiguas digestiones. Tanto la proteína de origen animal como la de origen vegetal, resultan indigestas. Y lo que no es expulsado a corto plazo, se almacena en alguna parte para causar problemas a medio o largo plazo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario