14 de agosto.— A media tarde, después de haber bebido medio litro de zumo de naranja con las tres chicas que aún persisten. Hay no poco que contar en este lapso de pleno verano, cuando más calma se respira en la clínica, puesto que llega a vaciarse tanto de personal como de huéspedes. A mí me gustaría que Celedonio partiese también, con su marcha se interrumpiría la fuente de los rumores malignos. No obstante, otro lo reemplazaría si así fuese, estoy seguro de ello. El enemigo nunca duerme y el sistema, equipado de agentes invisibles, no hace otra cosa que protegerse a sí mismo. Toda persona que lleve a cabo iniciativas sanas, provechosas, pero sin haber obtenido la aprobación del sistema, tropezará con obstáculos insuperables, barreras tanto físicas como psicológicas.
El tiempo apremia. Colijo que a la vuelta del director, nuestra experiencia curativa por métodos heterodoxos quedará definitivamente anulada. Rectifico a la baja mis expectativas y me digo que haber sembrado la semilla del «despertar» en estas cuatro mujeres supone un logro magnífico, el comienzo de una formidable aventura en la que se persiguen (y se obtienen) la salud y el pleno desarrollo espiritual.
De acuerdo con lo previsto, los tres casos de los que todavía me ocupo se han vuelto completamente diferentes. Los ritmos evolutivos de la sanación y limpieza de los órganos son tan dispares que una, Alicia Campos, se ha visto obligada a prescindir de la comida exclusiva de frutas. Se efectúa ésta al mediodía y las comensales disponen de varias fuentes colmadas de frutas de la estación: albaricoques, melocotones, ciruelas, cerezas, nectarinas, melones y sandías. Un poco más tarde, llegará la temporada de las uvas. Yo les aconsejo que coman hasta saciar el apetito, pero no más de un tipo o dos por sesión, y deben evitar la incompatibilidad entre frutas dulces y ácidas. Aconsejo también que coman únicamente melón o sandía si se deciden a probarlos, conforme a una monodieta que resultará igual de benéfica que de refrescante.

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