La siguiente en contarnos sus peripecias de la semana es Isabel Alhama. La veo con mejor aspecto que la vez pasada. Es una exreligiosa de 55 años. De su antigua vida en el claustro conserva el pelo corto y la manía de juntar las manos por delante del pecho. Debido a sus continuas depresiones, es raro que aflore la sonrisa en su rostro; pero cuando consigue borrar los pensamientos oblicuos se iluminan sus ojos y adquiere una expresión trascendente. Es una mujer de estatura mediana, flaca, con frente abombada y labios muy gruesos. Siempre lleva un vestido largo, gris ceniciento. Pese a que abandonó la vida monacal, no ha perdido por ello la fe en Cristo. No le preguntéis por qué aconteció un cambio tan radical en su vida, aún no se siente preparada para abordar tan espinoso tema.
Dice que ha dejado el pan y los helados. Su propósito es dejar a continuación los bizcochos que acostumbra tomar a media tarde, y las tabletas de chocolate que se permite de vez en cuando, sobre todo los fines de semana, momento en que suele aflojar la vigilancia. Yo la felicito y le anuncio que ha tenido muy buenas ideas; ahora toca no desesperar ni rendirse a las ofertas del diablo en forma de golosinas y platos que perjudican nuestra salud.
Y en el terreno psicológico, ¿qué puede contarnos? Formulo la pregunta con mucho tacto, pues preveo fragilidad tanto de cuerpo como de espíritu.
Afirma que se ha dado cuenta de la importancia de no obsesionarse con la comida; así que ha procurado pensar lo menos posible en el cambio de dieta. Y hasta la fecha, le ha ido bien.
Antes de dar turno a la tercera mujer, cuento al auditorio mi recorrido personal: desde que nací hasta los 27 años, omnívoro; un año de vegetariano; hasta los 42, otra vez omnívoro; luego, vegano con bastante irregularidad y «traiciones»; luego, a partir de los 46, crudivegano flexible; luego, a los 54, crudivegano estricto; y por último, frugívoro, a partir de los 56.
Considero que las primeras etapas han sido preparatorias de la última, que puede ser la definitiva. Les recuerdo que la dieta vegana es peligrosa, en el sentido de que no abandona los cereales, ni la patata, ni las legumbres. Hace tanto daño, o más, que la omnívora, pues abusa de la soja, de los fritos y de las mezclas, por ejemplo cuando aderezamos una ensalada con diez ingredientes.
La alimentación frugívora requiere de una dieta de transición, del ayuno intermitente y de la práctica de ejercicios físicos y respiratorios. Representa, en definitiva, un estilo de vida que busca la armonía con la naturaleza. Si alguna vez fallamos, debemos pensar que lo importante es seguir por el buen camino. No cuesta nada volver a intentarlo, si en determinadas ocasiones se ha dado el tropiezo; y esto las veces que hagan falta.
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