Alicia es la más coqueta de las cinco, la única que ha acudido a la charla con las uñas y labios pintados. También se ha puesto un poco de rosa en los pómulos. Yo se lo perdono, porque el ser coqueta es una cualidad que ensalza a mi juicio a la mujer. Pese a que ha intervenido poco hasta ahora, es ella la que se interesa por mi recorrido personal en cuanto a la dieta, por qué decidí adoptar la del doctor Ehret.
—Buena pregunta —admito—; no se puede enseñar a «comer sano» si uno mismo no sirve de ejemplo. Sería una contradicción monstruosa, inaceptable para el paciente.
Veréis, yo soy un ciudadano del siglo XX, como vosotras mismas, nací poco antes de la segunda catastrófica guerra mundial, y es posible que Dios me permita conocer las primeras décadas del siglo que viene. Acepté los dogmas comunes, los credos que irrumpen hasta en lo más profundo de la ciencia, como si fueran verdades incuestionables, cuando sólo son mentiras enraizadas en el tiempo. La nutrición está colmada de ellas. El factor que me hizo ponerlo todo patas arriba fue el siguiente: A los cuarenta y seis años los males de espalda se volvieron crónicos; con cada vez mayor frecuencia me veía obligado a interrumpir el trabajo para permanecer acostado en la cama, o inmóvil en un sillón, porque la dolorida columna no me permitía realizar esfuerzo alguno. Si acudís, como yo hice, al dictamen de un facultativo comprobaréis que no existe solución a estos males, salvo una operación (con escasas probabilidades de éxito) o un pinchazo que paraliza por un tiempo los nervios afectados. Esto no resultaba en absoluto convincente, empecé a investigar por mi cuenta y acabé desembocando en el libro de Arnold Ehret. Me dije que no perdía nada por probar, y el resultado salta a la vista: me he vuelto un ehretista de los pies a la cabeza. Mis dolores de espalda han sido relegados a la categoría de recuerdo; adiós a mi visita anual al dentista; mi vista, antes cansada, se ha fortalecido. En fin, ahora soy otro hombre y me considero completamente feliz. Los disgustos son siempre pasajeros y el alma agradecida de la creación, como la mía, aprovecha hasta el último segundo de su existencia. Cada instante se vuelve mágico, cada segundo posee el valor del rubí, y el mero hecho de respirar le llena a uno de gozo. Puesto que he podido probar efectos tan beneficiosos en mí mismo, mi deseo es transmitir, contribuir a que la humanidad gane en gozo y alegría fecundos.
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