El tiempo pasa sin que lo hayamos notado. El personal que prepara las mesas antes de las comidas, a la una en punto, se pasea con carros y bandejas. Las sirvientas, vestidas con delantal y bata, colocan los platos, vasos y cubiertos, las canastas con rebanadas de pan y las jarras llenas de agua. Cada paciente dispone de su servilleta, marcada con las iniciales de su nombre. En esto no suele haber errores porque cada cual ocupa siempre el mismo sitio, día tras día. Entre los vecinos de mesa, a fuerza de verse, surgen fuertes amistades, que se prolongan más allá de la estancia en la clínica. Ha habido incluso casos de noviazgos que se han dado cita en el altar una vez que la pareja se consideraba restablecida. Miro el reloj y veo que son pasadas las once y media. Es preciso acortar la reunión. Lo comunico a las cinco huéspedes, pero hago saber que quedan todavía aspectos cruciales que abordar.
Para mi sorpresa, me piden que no concluya la reunión hasta pasada, por lo menos, otra media hora. Así pues, prosigo.
Insisto sobre el modo como se deben tomar las frutas. Puesto que poseen poder limpiador, hay que tomarlas solas y con el estómago vacío. No conviene mezclarlas, sobre todo las dulces con las ácidas. Por ejemplo, sería espantoso ingerir al mismo tiempo plátanos y naranjas. La sandía nunca debe figurar como postre. Las uvas, tampoco. La mejor fruta que tolera el ser acompañada con otros platos es la manzana. Pero yo sigo sin recomendar ninguna fruta en calidad de postre. Cuando introducimos en el estómago cualquier alimento que no sea fruta se interrumpe la actividad depurativa, la cual acontece en los períodos de ayuno, es decir, mientras dormimos y por las mañanas, si nos hemos abstenido de desayunar. Esto guarda paralelismo con los predominios de la hormona del sueño, la melatonina, y su contraria, la encargada de impulsar la actividad en horas de vigilia, el cortisol.

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