7 de agosto.— En mi despacho de la clínica Santa Ágata, poco antes del mediodía. Buena parte del personal se ha ido de vacaciones, incluido el director del establecimiento. Antes de partir ha manifestado de diversos modos su descontento conmigo, a raíz del grupo que he formado, con horarios especiales en la cantina. Intuyo que a su vuelta me presentará un ultimátum, con la invitación formal de que renuncie al proyecto. Los acontecimientos le han proporcionado argumentos a favor de su idea.
El 31 de julio, la víspera de las vacaciones, una de las chicas de mi grupo (Carmen, la joven cuyos apegos al alcohol le conferían cierta inestabilidad en su comportamiento) mantuvo en el pasillo de la segunda planta una agria disputa con la señora Dolores Colmado, paciente veterana de 60 años que acostumbra chismorrear, malmeter, cizañear en toda regla. Dolores es la persona más enferma del mundo y si se nos ocurre opinar que «tiene cura» se enfadará al momento con nosotros. Uno de los primeros efectos del cambio de dieta es la irritabilidad. En condiciones normales, Carmen tal vez la habría soportado estoicamente. Pero esa vez, de forma inopinada, alzaron las voces, hubo fuego cruzado de amonestaciones, ninguna enfermera acudió a tiempo, las dos mujeres se arrancaron mutua y ferozmente no pocos mechones de sus lastimados cabellos. Con los arañazos, la cara de una quedó hecha un mapa y la de la otra, salpicada de moratones. Acuden los demás huéspedes, las separan, acude a su vez el personal médico, las conducen a la enfermería para ser desinfectadas con yodo y agua oxigenada. Enterado del asunto, realiza sus pesquisas el señor Francisco Pérez García. Llega a la conclusión de que la culpa recae en doña Carmen Blanco. La convoca a su despacho la misma mañana en que él parte de vacaciones y la expulsa del centro. (Por mi parte, sospecho que lo ha hecho así para perturbar al grupo experimental y para procurarse motivos que fuercen su disolución).
La pena por la partida de Carmen es grande. Nosotros sabemos hasta qué punto nos volvemos irascibles cuando nos trastocan los hábitos alimenticios. Se oyen lamentos y ella, en la despedida, se abraza a todas, una por una. «¡Qué grandes amigas he hecho, amigas de verdad!», exclama antes de dirigirse a la puerta del vestíbulo, la que comunica con las escalinatas de la entrada. Desde allí se ve la carretera que conduce al centro histórico de Inca y una fila de árboles, pinos escandalosos, pues en los troncos han encontrado alojamiento innumerables chicharras. Yo le doy mi número de teléfono y la animo para que me llame una vez por semana, o en los casos en que acontece una dificultad mayor. De este modo, aunque en la distancia, ella seguirá siendo integrante del cuarteto mágico que con nuestro valor y coraje hemos logrado crear.

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