15.5.26

DP [37]

Tras una pausa lenta de un minuto en el que todos tomamos aliento, contesto a mi auditorio expectante:

—Lo que te ha ocurrido durante esta semana fatal, y la precedente, querida Alicia, se debe a la actuación conjunta de una serie de factores. En primer lugar, los alimentos que producen moco son adictivos. Por eso cuesta tanto prescindir de las carnes, los lácteos y los cereales, una vez nos hemos acostumbrado a ellos. De esto ya hemos hablado, no hay para qué insistir. En segundo lugar, basta con que se moderen las cantidades o con que se introduzcan alimentos barredores (los vegetales) para que el cuerpo inicie un proceso de desintoxicación, más o menos intenso, en función de la energía de que dispongamos y del estado de nuestros órganos eliminadores, (¿hasta qué punto están obstruidos?). En tercer lugar, por poca limpieza que se produzca, la sangre se llena de una escoria que ha de ser evacuada lo más pronto posible. Tal situación provoca ansiedad y se manifiesta a través de mareos, fiebre, ganas de vomitar, cansancio y dolor de cabeza. El afectado adquiere un humor de perros. En las personas muy intoxicadas se dan los mismos síntomas que sufre el drogadicto cuando experimenta el síndrome de abstinencia: temblores, agresividad, delirio o impulsos incontrolados por obtener una dosis. Hay que tener en cuenta que demasiada toxicidad en la sangre representa un peligro real, puede incluso acabar con la vida del paciente. Por eso conviene ir despacio, sobre todo si la persona dispuesta a cambiar no padece aún ninguna de las enfermedades consideradas graves: cáncer, diabetes, ataques al corazón, etc. De ser así, al tratarse de un asunto de vida o muerte, tal vez convenga mostrarse drásticos desde el principio, puesto que urge la eliminación de residuos, moco y pus. Alicia, y todas las que me escucháis, os pido paciencia. Hay que pasar por esta fase de «purgatorio», puesto que «hemos pecado» anteriormente al atracarnos con comida no fisiológica. La recompensa, es decir, el acceso al «paraíso», llegará más tarde, por desgracia no sabemos cuándo. Pero hay que prepararse para una lucha contra las tentaciones del «diablo» que puede durar años, no exagero si digo que transcurre una década entre el momento en que iniciamos las hostilidades y el momento en que obtenemos, por fin, algo de reposo. Pero no todo son penas y desvaríos, las mejorías aparecen en fechas tempranas: cada vez respiramos mejor; nos sentimos ligeros en emociones y cargas espirituales; empezamos a vislumbrar que otra forma de pensar es posible, que las ideas negras y los sentimientos negativos se desvanecen como si fueran nubes opacas que un viento arrastra y hace desaparecer. Éste es el momento, sin duda, en que conviene que os lea un fragmento de la obra de Tomás Mann, La montaña mágica, novela escrita hacia, si no me equivoco, 1924, en Alemania.

Saco un papel que siempre guardo en el bolsillo, lo desdoblo y leo su contenido:

«[Durante la cena], una vez acabada la sustanciosa sopa, había nada menos que seis platos. Después del pescado venía un sólido plato de carne con diversas guarniciones; luego un plato especial de verdura, carne de ave asada, un postre especial de natillas, tan rico o más que el de la víspera y, finalmente, queso y fruta. Cada fuente pasaba dos veces, y no en vano. Se llenaban los platos y se comía en las siete mesas; un apetito feroz reinaba bajo aquel techo, un hambre canina que hubiera sido observada con placer si, de algún modo, no hubiera resultado al mismo tiempo inquietante, repugnante incluso.»

¿Por qué llama la atención un fragmento como éste? Porque este festín diario se celebra en el sanatorio para tuberculosos de Davos, en Suiza. Y no sólo, las comidas son todavía más copiosas. En los desayunos sirven filetes de bacon, huevos, tostadas untadas con mantequilla. Y las meriendas colmarían las ansias de un goloso, pues acompañan las bebidas con bizcochos, galletas y tortas a gogó.

¡Y estamos hablando de un sanatorio!, donde los comensales son tísicos que tosen y escupen sangre. ¿Cómo puede ser? La mortalidad en ese lugar de sanación (llamémosle de perdición) es tan elevada que los de las pompas fúnebres acuden a recoger los cadáveres en horas tardías, o durante las comidas y descansos, cuando los demás huéspedes no pueden descubrir tales visitas horrorosas.

Por eso, queridas compañeras, pues yo también estoy embarcado en esta empresa y practico la dieta amucosa lo mismo que vosotras, os pido que cuando decaigan los ánimos y flaqueen las fuerzas penséis en este episodio: Cómo la barbaridad permanece al acecho; por poco que nos descuidemos nos corta el camino y nos obliga a retroceder. Una de las discípulas de Arnold Ehret, la señora Teresa Mitchell, dejó escrito en una carta: «Si me acosa la tentación de comer, simplemente me pongo a pensar en otra cosa. Sé que el próximo "no" será más fácil». Nosotros vamos a coleccionar, de ahora en adelante, noes a la mala comida y síes a la buena, o sea, la que nos libra de todo el moco que se ha ido acumulando en el interior de nuestro cuerpo.

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