24 de julio, a las nueve de la noche, en el salón de mi casa.— Acabo de contar a mi esposa las peripecias de las dos últimas semanas con el grupo de cuatro mujeres que practican la dieta de transición en la clínica de Santa Ágata. Nosotros tenemos alquilado un piso cerca del Paseo Marítimo, en Palma. Se ha presentado una opción de compra, pero todavía no nos hemos decidido a dar el paso que nos hace propietarios, con las cadenas que ello conlleva, aunque tampoco ignoro que existen numerosas ventajas en el caso de que accedamos a firmar el contrato de compra-venta. Todo un lujo a nuestro alcance, con el permiso del Banco, desde luego.
Le he resumido a Elena, mi esposa, el balance de una situación a veces delicada, a veces explosiva; siempre en la cuerda floja, como tiene que ser, no obstante.
Empiezo por Alicia Campos, la solterona que ha rodado por el precipicio de los juegos, el desquicio, el disparate, la ruina... si una mano amiga no acude presta en su auxilio. Curiosamente, el enfoque de la dieta la ha ayudado a superar su dependencia psicológica por las apuestas y gastos superfluos. Podría decirse que una obsesión ha sustituido a otra. Pero yo no quiero, sobre todo, que el comer o no comer esto o lo otro se vuelva una obsesión. Debe ser, por el contrario, un acto frugal, placentero, casi anodino, si no fuera por la importancia que reviste. Confiesa que la experiencia, durante los últimos días, le ha resultado bastante dolorosa: en dos ocasiones ha mordisqueado, a escondidas, una tableta de chocolate, consciente de que le causaba asco y vergüenza. La atracción por las golosinas adquiría fuerza imparable, capaz de mover palas de molino, como la corriente de un río. Su cabeza se debatía en una lucha constante entre el sí y el no. Anímicamente, se siente desfallecida. En cuanto al aspecto físico, dolores de cabeza, cambios de humor, retortijones en el vientre, problemas respiratorios al sobrevenirle una sinusitis aguda, que perturba su descanso hasta altas horas de la noche. La experiencia comienza a convertirse en un calvario. Se siente cada vez peor. Aun así, ha notado una ligera mejoría a partir de la tercera semana, cuando las cuatro comensales se han puesto a comer en mesa aparte, a las doce en punto, es decir, una hora antes que el resto de inquilinos. Yo la he escuchado en silencio y no me he atrevido a intervenir hasta no agotarse ese torrente de dudas, quejas, zozobras y angustias desmesuradas.

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