16 de septiembre, en mi despacho de la clínica Santa Ágata.— La semana pasada, el miércoles, comuniqué a mi esposa la decisión de suspender la petición de un crédito al banco, en tanto que la cita con los jueces del colegio de médicos no haya quedado atrás. Si me dejan sin empleo, sería locura meterse en proyectos inmobiliarios. Elena lo entiende así, más vale esperar que comprometerse a ciegas.
Don Francisco Pérez García, hombre que, aparte nuestras diferencias ideológicas, no deja de cultivar conmigo una amistad sincera y entrañable, se muestra preocupado por mi porvenir, sostiene que «satélites» los hay en todas partes, cualquier enfermera o celador, o incluso uno de mis colegas en el ejercicio de la medicina, ha podido dar la voz de alarma en la institución que vela por los intereses tanto del paciente como del profesional sanitario. No hay que anticipar acontecimientos, concluye, el destino es una lotería y mientras gira el dado en el aire…, cualquiera sabe lo que puede ocurrir. Le agradezco su apoyo explícito. Le explico, cambiando de tema, que el proyecto original ha quedado anulado por la marcha de las pacientes implicadas. Alicia Campos, la única que continúa internada, ha cedido ante la tentación de los platos vecinos, en los cuales humeaba la carne o el pescado, y brillaban las patatas recién sacadas del horno. A partir del tercer día se dijo: «Porque pruebe un poquito, no me va a pasar nada». Pero quien cae una vez, cae dos, y luego tres, y luego cuatro; pierde por último la cuenta, lo que equivale a retomar la dieta antigua, dejando aparcados, quizá para siempre, los esfuerzos efectuados durante una quincena. Me ha prometido, eso sí, que seguirá comiendo frutas, pondrá un freno a la cantidad y procurará evitar las combinaciones inadecuadas, del mismo modo que dará prioridad a las ensaladas frente a, pongamos, una lasaña de salmón y espinacas.

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