23 de septiembre, durante la siesta que toman los huéspedes de la clínica, en la sala del café.— De las pacientes que formaban parte de la experiencia gastronómica-depuradora no he recibido por el momento noticias: ni a través de llamadas ni por correo. Barrunto que cierta formalidad aprendida en la infancia les impide contactar conmigo, una vez que han abandonado el centro. Se trata de un pudor estético y económico, estamos tan acostumbrados a que cualquier servicio reciba el contrapeso del valor monetario que, si es gratis, opinamos que no tenemos derecho. Ni Carmen Blanco, ni Virginia Sevillano se atreven a importunarme en la distancia, pues, según las normas por todos aceptadas, no cabe la posibilidad de que un doctor atienda a sus pacientes sin mediar una remuneración. Sólo Isabel Alhama parece ajena a esta regla tácita, pues de ella he recibido hoy una carta bastante larga, en la que describe cómo se encuentra. La releo sentado en una de las cómodas butacas:
«Palma, 20 de septiembre de 1988
Apreciado doctor José Piqueras:
En estos momentos me hallo en el convento de la calle Santa Clara, donde ingresé hará dos semanas.
La madre superiora, de la orden de las clarisas, me conoce bien y no ha puesto objeción para readmitirme en el seno de la comunidad religiosa, a la que he pertenecido durante quince años de mi existencia. Mi estancia en el sanatorio ha supuesto un paréntesis de cerca de cinco meses, durante el transcurso de los cuales he tenido la suerte de conocer a personas que me han ayudado a salir del pozo en el que estaba metida. Usted ha interpretado, sin saberlo, un papel fundamental en esta misión de rescate de un alma perdida y azorada. Es algo que no olvidaré nunca y por lo que le estaré agradecida mientras el Señor permita que siga entre los vivos. Sus enseñanzas son eternas y a mí me han servido, en todo caso, de ayuda, guía y consuelo. He reunido las fuerzas para poder contarle el motivo de mi anterior renuncia a la vida monacal:
Visitaba nuestro convento el padre Sebastián Freire, un agustino procedente de Tarragona, quien, aquejado de una tos persistente, había decidido pasar unos meses en Mallorca, movido seguramente por el afán de cura. Este hombre es tan afable como joven, extrovertido y no poco impulsivo. A pesar de que entre nosotros mediaban votos de castidad y una diferencia considerable de años (yo soy bastante mayor que él), mi simpatía y dulzura naturales prendieron en su corazón y una tarde que coincidimos en el claustro se declaró con palabras ardientes, mejillas encendidas y tono de voz que inspiraba más conmiseración que enojo. Yo lo rechacé con términos que no admitían réplicas. Y él insistió algunos días más tarde. Por las noches me revolvía en la cama pensando si no sería yo misma la causa de todo aquello, si de manera inconsciente no le habría incitado a declararme su amor torpe de juvenil atontado. Los remordimientos y la sospecha se apoderaron de mi estado de ánimo y de mi conciencia. Me vi impelida a abandonar el convento, habiendo omitido las verdaderas razones al comité de investigación. Ahora que he vuelto porque por fin he sido capaz de perdonarme las faltas y descuidos que hubiera podido cometer en el terreno de la coquetería, descubro que el padre Sebastián ha regresado a la Península. Nunca más, si así le place a Dios, volveré a tener noticias suyas, por lo que me alegro sobremanera.
He procurado mantener su dieta de frutas en este convento tan pobre y austero. La tarea, complicada, exige no pocas concesiones. En el refectorio comemos todas juntas y comemos lo mismo. Abundan las sopas de repollo, los caldos de vegetales, las patatas hervidas con un trozo de merluza o ala de pollo. La fruta se toma en los postres; en verano, rodajas de melón y de sandía; en invierno alternan las piezas de manzana, naranja y pera. Es una comida frugal, pero se aviene mal a las excepciones y variaciones. Pese a lo cual, como estoy integrada en el grupo de la cocina, he realizado algunos apaños que me permiten consumir sobre todo ensaladas, caldos de verduras y no pocas frutas. Por el momento he logrado evitar las carnes, los lácteos y el pan. Las legumbres entran en mi plato (que Dios me perdone éste y otros deslices). La madre superiora se ha abstenido de intervenir en mis nuevos gustos culinarios. Y yo estoy contenta y me siento dichosa de haber asentado mi alma y mi espíritu en este lugar de paz, vida serena, recogimiento con Dios, con una misma y con los demás.
Por segunda vez, le expreso mi profundo agradecimiento por su labor, no sólo efectuada conmigo sino con los enfermos de Santa Ágata. Que la dicha lo acompañe allí donde vaya.
Sor Isabel Alhama».
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