8.6.26

DP [57]

14 de octubre, en la sala de estar, por la noche.— Había juzgado oportuno no responder a la carta de Isabel. Durante su lectura intuí que serían las últimas noticias que tendría de ella. Los caminos entre personas a veces se cruzan por un breve período, y después se vuelven a separar para siempre. Así debe ser, así ocurre en multitud de ocasiones. La relación entre médico y paciente se basa a menudo en un «hola» de circunstancias y un «adiós» definitivo, con la esperanza de que haya sanado quien había solicitado ayuda en un centro especializado.

La entrevista con el jurado de la calle Blanquerna ha tenido lugar, conforme a lo previsto, a las 16 horas, en los locales de la sede. La sala tenía el tamaño de un aula, con fila de ventanas en la fachada oeste, por donde entraban rayos tímidos de un otoño precoz. En ella había algunos pupitres en los rincones y una tarima en la cabecera, alargada, con una mesa de despacho en la que vi a tres hombres de aspecto honorable, sentados en sillas de respaldo duro. A ninguno de ellos conocía. Salvo el que ocupaba el extremo izquierdo, su edad los acercaba a la de la jubilación, con barbas canas y pelo abundante, aunque igual de blanco. El joven tendría unos cuarenta años, bien afeitado, con gafas y patillas que le daban un aire de bandolero. El traje impecable, lo mismo que el que portaban sus compañeros, desmentía la comparación. Se trataba de tres eminencias de la medicina. El uno, doctor de facultad en la universidad de Barcelona. El otro, cirujano de reconocido prestigio, ejercía en Valencia. Y el más joven, por último, era un destacado cardiólogo afincado en Castellón de la Plana. Con parcas palabras, se presentaron y explicaron el motivo de nuestra presencia allí, tanto la mía como la de ellos. «Lejos de su propósito, aseguraron con mirar relajado, juzgarme ni considerar los motivos que me habían movido a actuar de determinada forma. Su intención era, aclararon, atenerse a los hechos».

Entró en la estancia un secretario provisto de máquina de escribir. Se situó en el fondo, sin provocar apenas ruido. Pretendía mostrarse discreto, al tiempo que completaba su trabajo de copista.

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