9.6.26

DP [58]

Durante varios días, especialmente los que habían precedido a esta fecha fatídica, habíamos estado preparando Elena y yo la entrevista con sumo cuidado. Puesta la atención en las trampas y errores factibles, habíamos acordado ambos que convenía elogiar el oficio de la medicina, como una institución altruista y generosa, no contradecir la escuela alópata, aunque haga uso exagerado de la química y los efectos colaterales aparezcan en los prospectos con letra diminuta (por si a alguien se le ocurre leerlos). Del mismo modo que uno no critica al cirujano que trata de restablecer la posición de dos huesos rotos en una caída, no había que censurar el hábito de tomar una aspirina para combatir el dolor de cabeza, por más que en la mayoría de los casos se autodesvanezca con tan sólo mostrar un poco de paciencia. Opiniones demasiado arriesgadas, atrevidas, casi insolentes, debían ser omitidas a fin de conservar el libre ejercicio de la medicina. Ofrecer una imagen de conformista, de persona que no censura métodos ortodoxos, antes bien, califica la naturopatía, la acupuntura, la musicoterapia y otras extravagancias por el estilo de seudociencia propia de charlatanes, válida únicamente para enriquecer a unos cuantos. La doctrina oficial, por otro lado, cuenta con los apoyos de la ciencia y las instituciones. No se pueden evitar ni la vejez ni la muerte, pero el cuerpo médico y los hospitales, así como las farmacias, están ahí para remitir los sufrimientos y mejorar la calidad de vida del ciudadano medio.

Pese a mi escepticismo, estaba dispuesto a respetar la línea de conducta trazada con el beneplácito de mi esposa. La sinceridad al desnudo, delante de un jurado, representaba un riesgo evidente de ocasionar mi pérdida. No sólo mi puesto en la clínica Santa Ágata, sino la posibilidad de abrir por mi cuenta un gabinete, quedarían vedados por un tiempo establecido en el fallo del tribunal.

La memoria la conservo bastante intacta. Tal vez haya modificado en esta transcripción de preguntas y respuestas el orden, pero la esencia y fidelidad de las expresiones y comentarios se mantienen desde la primera hasta la última palabra…

P1 [interrogador del centro].— Comencemos, pues. El secretario toma nota. Los tecleos de su máquina suenan amortiguados, en absoluto perturbarán el hilo de nuestra conversación. Don José Piqueras, tenga la amabilidad de presentarse con un par de frases sencillas.

JP.— Buenas tardes, hace más de catorce años que ejerzo mi oficio en el centro de Santa Ágata, en Inca, especializado en la recuperación de personas que padecen algún tipo de adicción, desde las drogas y el alcohol, hasta las de índole sicológica, como la excesiva afición a los juegos de azar.

P2 [interrogador del lado derecho].— ¿Alguna queja en su cometido? ¿Algo que señalar?

JP.— Ninguna. Mis relaciones con los compañeros, las enfermeras y los celadores, se han mantenido en todo momento cordiales. El director don Francisco Pérez García y yo somos amigos desde hace años, fuera y dentro del sanatorio. Siempre he contado con su apoyo y respaldo.

P3 [interrogador del lado izquierdo, el cardiólogo con gafas y largas patillas].— ¿Incluso en estos últimos meses, durante los cuales ha introducido usted, al parecer, novedosos cambios?

JP.— No oculto que hemos tenido nuestras desavenencias. Algo normal cuando se trabaja en equipo. Las reuniones están para eso, para resolver las diferencias. Nosotros nos reunimos en torno a la mesa por lo menos una vez a la semana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario