4.6.26

DP [53]

31 de agosto, domingo caluroso.— El día de mañana reaparecen por la clínica el director y otras personas de sumo peso, el intendente y algunos auxiliares de medicina. Con ellas regresan los bedeles, los jardineros, las enfermeras. Se realizan algunas salidas, en tanto que numerosas entradas ocupan las habitaciones temporalmente vacías. Habiendo siempre experimentado un horror insoportable por las despedidas, he procurado reducir a su expresión fundamental las habidas con Virginia e Isabel. La primera, el sábado por la tarde, fue escueta y calurosa. Un taxi había venido a buscarla para conducirla a su domicilio, en un piso céntrico de Palma. Nos hemos dado un fuerte apretón de manos, más como hermanos que como paciente y doctor. La segunda, algo más ardua, también ha resultado breve, sencilla, un apretón de manos, palabras que quieren decir «más adelante», y ese mirar angustiado, que amenaza con hacer zozobrar los estados de ánimo. Pero todo eso lo hemos resistido ambos como valientes héroes de novela de aventuras. «Habrá una próxima vez», suponemos.

Alicia Campos continuará mi dieta estricta, pero no sola en una mesa, ni con horario especial, sino que se incorporará a las antiguas mesas, con el resto de inquilinos. Para ella será fácil limitarse a comer ensaladas, verduras, una porción delgada de almidón, sin atreverse a tocar el pan, menos aún las legumbres, la leche, la carne o el pescado.

Este domingo por la tarde, un poco aliviado de las emociones recientes, me sitúo en lo alto de las escalinatas, al sol cuyo declive ya se anuncia, para conversar un rato con mi buen amigo, el conserje Benito Salgado García. Antiguo de la casa, hombre de bien que a la chita callando actúa en pro de la comunidad, siempre al servicio de los otros desinteresadamente. Con este tipo de personas, los desengaños quedan al margen.

—Don José —me dice en tono confidencial—, se realizan apuestas a propósito de usted.

—¿Apuestas? ¿De qué clase? Explíquese.

—Los pinches de cocina y algún que otro de los de servicio de cocina lanzan habladurías: que si usted experimenta con algunas pacientas, no son muchas en realidad; que si las mata de hambre poco a poco con la excusa de que ése es el método para curarlas. Apuestan si se saldrá con la suya o no. Algunos creen que sí, otros afirman que van a ganar algunos duros a costa de los «ingenuos», que de ésos nunca faltan.

—Y usted, personalmente, ¿qué opina?

—Yo opino que detrás de un qué hay un porqué. ¡Sus motivos tendrá si ahora le ha dado por alimentarlas con esto o con aquello, en lugar de con esto o con lo otro! Barrunto, sin embargo, que el director de la clínica le pondrá chinitas en el camino. Es un hombre de mucho protocolo, a quien no le agrada que se tomen atajos o caminos torcidos, alejados de la senda establecida.

—Buen ojo el tuyo. Has dado con la clave del asunto.

—Entonces, ¿se saldrá con la suya?

—Imposible elucidarlo, puesto que dos de las tres que aún persistían se acaban de marchar. Sólo queda una, y ésta no va a diferenciarse del resto. Me ha asegurado, no obstante, que mantiene la dieta propuesta por mí.

—¿De qué sirven las apuestas, me pregunto, si los resultados permanecen incógnitos! —exclama, fastidiado, el conserje.

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