28 de agosto, tarde agridulce.— Este jueves, durante la merienda, celebramos nuestra reunión semanal, la última. El sábado y el domingo, respectivamente, abandonan el establecimiento Virginia e Isabel. La emoción salta a la vista, la tristeza alcanza su paroxismo. Repetidas veces me agradecen la labor realizada con ellas en materia de alimentación. Sostienen que por fin han abierto los ojos: La salud depende de uno, reside en comer lo justo, lo que corresponde a nuestra fisiología humana. Todo lo que se aparta de esto es intoxicación, acumulación de residuos peligrosos, embotellamiento interno. Y si el joven ni se entera al principio, más tarde paga las consecuencias con toda clase de infortunios.
Insisto en mantener el contacto a través del correo y las llamadas telefónicas. Mis ocupaciones, numerosas, me dan con todo un respiro para poder seguir aconsejándolas. Que no olviden que hay un sólo médico: el cuerpo de cada uno. Que su parecer es el único que cuenta, y que su dictamen, inapelable, va a misa, porque nadie más que él tiene razón. Si desencadena un cáncer es por nuestro bien, pues de otro modo no sobreviviríamos al nivel de toxicidad alcanzado. Las células, mal oxigenadas, se vuelven locas y entonces surge la temible enfermedad. Y es cuando se da una selección natural: el cuerpo resiste o no a la curación por ayuno estricto, reposo absoluto y otras medidas que quizá ayuden a evacuar: las lavativas, los baños de sol, la ingestión de arcilla disuelta en un vaso de agua. Y si el paciente se marcha, hay que aceptar la muerte como parte esencial de la vida. De hecho, el paciente se cura de verdad y de forma duradera cuando le pierde ese miedo atroz a la muerte. Opera a partir de ese momento la magia de la aceptación. Valoramos el presente, adivinamos que un nuevo día no va a pasar en balde y que lo colocado en la mesa servirá de provecho. Saborear y agradecer se vuelven términos equivalentes.

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