Temo saturar la capacidad de atención de mis oyentes de insistir demasiado sobre el tema. Las dosis de información, excesivas, no aprovechan sino que perjudican. Mi propósito es abreviar lo máximo posible. Así, les comunico que ya hemos abordado el qué y el cómo comer: vegetales sin almidón, en comidas simples y naturales, crudas o al vapor. Queda el cuánto. Depende de una serie de factores ligados al estilo de vida del individuo: si es deportista o no, si presenta antecedentes omnívoros o no, si ha estado medicándose o no, etc. Arnold Ehret, a título de orientación, sostenía que había que comer entre uno y tres kilos diarios de alimentos sanos y frescos. El cuerpo mismo previene: sólo comemos cuando tenemos hambre y paramos cuando cunde la saciedad. La persona se levanta entonces de la mesa con la certeza de que «habría podido continuar». No se trata de quedarse con hambre, sino de cumplir las expectativas sin exagerar. La moderación actuará como faro y guía. Más vale quedarse corto que sobrepasarse, incluso si hemos ingerido alimentos de fácil digestión, como las frutas o el repollo hervido. Con el agua ocurre lo mismo: un régimen frugívoro suprime prácticamente la necesidad de beber agua, puesto que las mismas frutas nos procuran las cantidades que el cuerpo precisa.
Como broche final de la reunión, y para divertirlas, les explico el fenómeno de la aerofagia. De forma oficial, es causada por una ingestión de aire que luego expulsamos en forma de flatulencias. Esto no es del todo cierto, falsifica la realidad. Uno no se tira pedos porque coma aire y luego lo expulse intestinos abajo. Los gases proceden, en su mayoría, de las fermentaciones (apenas huelen) y de las putrefacciones (huelen mucho). Para evitar que el cuerpo se infle como un balón, el ano actúa como válvula de escape. Pero no sólo, también la boca y la nariz. El origen de la aerofagia es el siguiente: siendo niños, cuando vamos a la escuela, aprendemos a contener los pedos, pues advertimos que éstos no pueden salir en cualquier momento ni en cualquier lugar. Esto ocurre en la mayoría de los casos, el cuerpo se acostumbra a evacuar los gases a través de la boca y la nariz. Un eructo no es más que un pedo que nos ha salido por la boca. Pero hay niños que se niegan a contenerlos, de una manera u otra continúan expulsándolos por el ano. Es entonces cuando surge el problema de la aerofagia, puesto que el cuerpo no se ha habituado a expulsar los gases de forma equitativa entre el ano, la boca y la nariz. Al contrario, sigue dando prioridad en esta tarea al ano. Y así les va, con el tiempo se convierten en unos pedorros. No los critico, la pedorrea es un indicio claro de exceso de fermentaciones en los intestinos. Para curarla, basta con evitarlas.

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