4.7.26

ASC [2]

Se colocó frente a mí, en la barra, y le dijo al jefe que yo era el que faltaba, un joven de aspecto agradable. Me sentí halagado por ese elogio a ciegas, puesto que era la primera vez que coincidíamos. El camarero sonrió, recuperó el paño colgado de su hombro derecho y reinició el secado de vasos. De Julián emanaba un aroma campestre, perceptible en las proximidades de su persona. Por así decirlo, «respiraba salud por cada poro de su piel».

—Apúrate la cerveza; será la última.

—¿De veras?

—Por supuesto.

Entendí que se refería a la de esa tarde. Me abstuve de replicar. Mientras la bebía a sorbos que dejaban un bigote blanco, habló de la situación climática en el país. Me costaba prestar atención, sentía los párpados cada vez más pesados. ¿O serían los efectos de la espumosa cerveza? Él se negó a tomar algo. ¿Sería un tacaño de la vieja escuela?

La pareja de franceses continuaba degustando las delicias de la gastronomía peninsular. Verlos en tan noble ocupación despertó mi apetito, de buena gana me habría zampado un bocadillo de tortilla.

Al cabo de unos minutos salimos del local, bastó una despedida con el brazo al camarero. Sólo entonces, al atravesar la puerta acristalada, advertí que no usaba calzado alguno, ni alpargatas, ni las típicas sandalias levantinas, con empeine de tela florida.

Por el gesto extrañado que puse, adivinó que yo había descubierto su secreto. Me dio una palmada amistosa en el hombro y avanzó, sin abrir la boca, hacia la explanada de pavimento blanco, dorada por los rayos oblicuos de la tarde en declive. 

Nos aproximamos, yo guiado por él, a un grupo de árboles escuálidos, frente al extremo occidental del edificio. Ocupamos un banco de madera, adornadas las tablas con las líneas de dibujos aleatorios.

Allí tuvo lugar la famosa conversación, que duró cerca de media hora. Debo aclarar, en primer lugar, que yo había interpretado la situación como una entrevista de trabajo y que mi interlocutor, futuro jefe, ofrecía maneras atípicas, al borde de lo descabellado, aunque dentro de lo creíble.

—Paco me ha hablado mucho de ti —aclaró—. Es un hombre con tendencia a exagerarlo todo, especialmente cuando dedica elogios. No es que tu figura me haya decepcionado… ¡Al contrario!, al camarero le había dicho la verdad cuando sostenía que tu aspecto se me antojaba agradable, simpático.

—Gracias —me limité a decir.

—No obstante, se nota a la legua que eres de los que pisan asfalto. Hum… ¡Estarás acostumbrado a que te lo den todo hecho!… Paco me había avisado de que atraviesas una situación delicada…

—Así es —corroboré—. Por eso estamos aquí, charlando amistosamente.

—Estupendo. Esto nos permite evitar formalismos, ir directamente al grano. Dime, ¿esperas de mí que yo te dé una solución económica?

—Si lo fuese el ofrecerme cualquier trabajo…

—¿Remunerado?

—No exijo cantidades exageradas. A cambio de mi tesón, quisiera ganar lo suficiente para pagar un alquiler y las compras semanales.

—¿Dónde vives ahora?

—En casa de un amigo. Pierde la paciencia. Me da dos semanas de plazo para que busque otro alojamiento.

—¿Y la familia?

—Lejos. Más que las distancias físicas, nos separan las morales. Pertenecen a un ambiente determinado, y yo a otro, en las antípodas.

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