La comparación gusta mucho, suscita incluso el entusiasmo. Para mis adentros, me felicito. El mensaje de fondo tiene que ser comprendido por estas cinco aventureras de la nutrición: la salud está en nuestras manos, depende de la conducta que tomemos para con nosotros mismos.
Margarita, más suspicaz que las otras, realiza la siguiente pregunta:
—Y en el esquema que nos ha mostrado, ¿qué papel interpretarían los medicamentos?
—Recordáis que los habitantes —respondo—, descontentos, se manifiestan, crean alborotos, algarabías dentro de las calles. Esto es lo que la ciencia moderna llama «síntomas»: las células protestan porque trabajan en condiciones pésimas, algunas se declaran incluso en huelga. Entonces aparecen los antidisturbios, enviados por el gobierno central, que se encargan de romper las manifestaciones, impedir los disturbios y obligar a los ciudadanos a volver a sus casas o a sus puestos de trabajo. Estos agentes del orden son el equivalente de los medicamentos. Pero en realidad no han resuelto nada. El descontento crece en el seno de la población. Las tensiones aumentan y la ciudad acaba convirtiéndose en un polvorín que va a estallar el día menos pensado. De este modo, comprendemos que ésta no es la verdadera solución. Los medicamentos disimulan, disfrazan una realidad calamitosa, que por estar oculta se vuelve cada vez más temible.
»Al contrario, se debe atacar el problema de raíz: corregir la alimentación para evitar las inflamaciones y la acumulación de mucus en los intestinos, debajo de la piel y alrededor de la totalidad de los órganos. Hasta el cerebro posee una bolsa envolvente de pus. Toda esta porquería y mucosidad tiene que desaparecer gracias a una higiene de vida que se prolonga por lo menos seis años, dependerá del grado de intoxicación alcanzado en el momento en que el paciente toma consciencia de que se hace preciso actuar.

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