—No voy a insistir sobre tu situación familiar. Asunto que no me concierne, ni me interesa. A cada cual, su lío: gordo, chico o mediano. ¡El mío es tan grande que ya ni me acuerdo de él! Je, je…
Reímos.
—Si un problema no tiene solución, entonces ya no es un problema —recordé.
—Es otra cosa, es un problemón.
De nuevo, risas. Continuó:
—Me alegra saber que estás dispuesto a trabajar en lo que sea, que tus manos, tu juventud y tu fuerza servirán para algo, no para darle a la manilla de la vídeo-consola. Lo feo del asunto es que esperas una remuneración a cambio. Algo perfectamente lógico…
—Perfectamente lógico —repetí, a manera de eco.
—Sí. En una sociedad como la que conoces, donde te has criado, has crecido y has experimentado toda suerte de infortunios, cabe esperar que, en efecto, uno trabaja a cambio de un salario. Ningún prosistema discutiría esto. Un antisistema tampoco, se limitaría a exigir que le suban la nómina o que mejoren las condiciones laborales, desde el punto de vista de la seguridad. Pero, ¿qué objetaría alguien que estuviera «fuera» del sistema? ¿Le importaría a esta persona el valor monetario cuando este valor, lejos del sistema, carece de sentido para él, del mismo modo que los animales nacen, viven y mueren sin pedir ni exigir cuentas económicas a nadie? Pues eso es lo que te propongo: no serás ni pro ni antisistema, serás a-sistema, es decir, alguien cuya existencia se mantiene al margen, no interviene en los asuntos sociales, ni para mejorarlos ni para empeorarlos. Actúa así porque considera que no tiene nada que ver con esta sociedad. Sus caminos difieren hasta tal punto que los ciudadanos corrientes ignoran su existencia, y él se despreocupa de la suerte ajena. Dime, ¿has oído hablar de los kanumes?
—No, ciertamente.
—El escritor Lorenzo Garrido los menciona en su relato «El misterio de la casa desaparecida», dentro de la serie del comisario Raúl. Se trata de un pueblo nómada, originario de Yugoslavia, son frugívoros y pasan desapercibidos allí donde se instalan, siempre de forma provisional. Estas gentes funcionan sin dinero. Y nosotros vamos a intentar seguir su ejemplo.
—Perdona que te interrumpa: ¿tú eres uno de ellos? Quiero decir, ¿perteneces a la raza de los kanumes?
—Sí. Pero soy un solitario, no me incluyo dentro de ningún clan o tribu. Cuando era niño, sí. Me crié con ellos. A partir de los veintiocho años, empecé a buscarme las habichuelas por mi cuenta. Y hasta ahora, no me ha ido tan mal.
—¿Un solitario solitario?
—Eso. Amigos, muchos. Compañeros de aventuras, ninguno.
—Perdona mi indiscreción: ¿cuántos años tienes?
—Sesenta y dos. (Espero que no me haya equivocado con las cuentas). Si estamos en 1998, como creo, esa es mi edad, mesecito arriba, mesecito abajo.
—Todos los almanaques lo corroboran: estamos en septiembre de 1998.
—¡Pues eso! Muy feliz de que así sea. Significa que ya he vivido bastante, pero que aún me queda por vivir otro «bastante», con tal de que conserve las ganas de ir guerreando por ahí.
Por tercera vez, hubo risas por parte de ambos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario